miércoles, 4 de abril de 2012

Querer ser una chica Almodóvar contemporánea o por lo menos una chica chiva que baile Calle 13



Las chicas Almodóvar de mi adolescencia no querían ser como Lady Gaga ni como Zooey Deschanel: todas querían ser Winona Rider en Reality Bites y deliraban con la posibilidad de amanecer al lado de un aprendiz de Kurt Cobain con ojeras y dolor de mundo. Eran lindas, tristes y anorgásmicas y usaban pantalones guess y para sentirse graciosas trataban de protagonizar un episodio de Friends a la tica. Eran tan modernas y chivas que en ellas percutía una ambición cosmopolita que les prohibía ponerle nombres vernáculos a sus mascotas. Y pese a que esas chicas no tenían el menor conocimiento de historia clásica acostumbraban bautizar a sus perritos o gatitos o pescaditos con entelequias onomásticas como Circe o Safo o Clío. 

Cada vez que pienso en esas chicas tristonas/noventeras siento una curiosidad indescriptible por su ver qué fue de su vida y me da por revisar sus perfiles de facebook y sufro al percatarme de que el mundo les jugó una mala pasada y les pintó una sonrisa (de mariguana, de ansiolíticos o de resignación) y que ahora, en el mejor de los casos, hacen yoga, viven en la playa con un "agente de Real State" y oyen Calle 13 para sentirse sucias y jóvenes. Yo, sin embargo,  siempre quise ser como ellas porque no eran capaces de sonreír en los actos de graduación de secundaria; además siempre eran hijas de señores gentiles y burgueses que  tenían todos los discos de Los Beatles. 

Ahora, por razones obvias, quiero ser como sus primas menores o como sus sobrinas. 

Curiosamente las chicas Almodóvar contemporáneas son expresiones supermodernas que han hecho del pasado y lo criollo un verdadero exotismo. Siempre son guapísimas y simpatiquísimas y flaquísimas y cuando no tienen plata para salir  el mundo las considera humanas y adorables. Perciben la historia de su país con la misma extrañeza de un islandés (quizás por eso les gusta tanto Sigur Rós o cualquiera de esas majaderías del norte) y esa condición les ha permitido echar mano de una plétora de artificios, que se expresan en sus divagaciones creativas y su afición por palabras como zopilote, arepa, chayote, yuplón, chipotle, entre otros. 

Es, por demás, revelador que estas nuevas chicas Almodóvar  tengan tanto en común con las de otrora: no son capaces de sonreír en los actos de graduación de secundaria y son hijas de señores gentiles y burgueses que tienen todos los discos de Los Beatles. Quizás eso explique el hecho de que aún quiero ser una chica Almodóvar como ellas y que existan noches en las que sería capaz de adoptar un niño de la calle o un perrito en vez de ir a Punta Leona con mis amigas (Nota: es que las chicas Almodovar contemporáneas tienen papás y mamás ochenteros que compraron acciones en Punta Leona para ser "sodas").  

Resulta verdaderamente gratificante imaginar que cada época sea susceptible de explicarse a partir de sus chicas Almodóvar. Y también es muy entretenido descubrir e ilustrar los puentes epocales que unen unas chicas Almodóvar con otras chicas Almodóvar. Tal vez por eso resulta tan sintomático constatar que uno de los vínculos intergeneracionales más frecuentes y efectivos es precisamente la coincidencia de casi todas las chicas Almodóvar en que Calle 13 es un grupazo y que la vida en Costa Rica tiene sentido únicamente en la playita. Lo de playita se comprende, a tal extremo es vulgar e ignominiosa cualquier tentativa de ejercicio urbano en un país como Costa Rica, pero lo de Calle 13 se las trae 

Desde antes de que un sector de la "intelectualidad con mosquitero" les diera la bendición, ya era plausible sospechar que los "revolucionarios Sony Music" de Calle 13 no pasaban de ser una manga de oportunistas demagogos, cuyo acento los ubica más cerca del Show de Cristina que de cualquier antología de compositores memorables. No me cabe duda de que el dudoso talento lírico de esos embajadores del coconut no supera los artificios y el malabarismo palabrista de Ricardo Arjona. Es más, si Arjona hubiera coqueteado con la radicalidad política de una manera más audaz y si hubiera tenido la capacidad de poner a bailar a las sociólogas (cosa que reconocemos) y de ponerle los calzones mojados a las feministas (cosa que agradecemos y celebramos), a día de hoy, ninguno de los promotores comerciales  del trovador de Jocotenango se hubiese visto en la necesidad de inventar rumores acerca de persecuciones y censuras islámicas para generar tráfico en internet. Está claro que para eso estaría Sony Music o el director del FIA o La Nación o la intelectualidad tropical, que hoy en día le confiere credenciales incuestionables a Calle 13 en su dimensión ética y estética. 

Calle 13 es una suerte de Molotov de la contemporaneidad, algo así como un revival de la rebeldía guarra, y, sin embargo, a mí se me hace que las chicas Almodóvar se identifican con ellos por razones menos ostensibles. Por supuesto que los asuntos nacionales no tienen mucha vela en un entierro de circuitos socioculturales que no llevan a ningún lado, pero no podemos ignorar que, debido a una extraña coincidencia, éstos poseen una lógica semejante a la de los procesos a partir de los cuales  la intelectualidad empieza a cachondearse con los grupos punk que cuentan con un frontman intelectualizado (como Dead Kennedys o incluso como Joy Division). Cuando las chicas Almodóvar escuchan Calle 13 se sienten como esas patriotas del Caribe suburbano por las que deliran ciertos intelectuales del primer mundo. 

Pero quizás todo tiene que ver con el hecho de que, en términos muy generales, las chicas Almodóvar costarricenses siempre han estado más empeñadas en "ser" que en "hacer". Es comprensible, naturalmente,  que eso suceda en un país en el que, más allá de la televisión por cable o el facebook, las chicas asumen una vida ensimismada, revertida sobre sí misma, con un oficio de sujeto consagrado permanentemente a la construcción de su propio personaje. Es comprensible que eso suceda en un país donde se venera lo que los antropólogos clásicos llamaban la infancia estancada. Así las cosas, se entiende que las chicas Almodóvar sean de esas chicas que pueden pagar la cuenta de un motel pero que no acepten follar por primera vez con la luz encendida. Todo ello a pesar de que escuchen y parafraseen eso de "Vamo´a potarnos mal". 

Es claro que si nuestras chicas Almodóvar fueran unas chicas habaneras de Alamar estarían gozando con Tito "El Bambino" sin preocuparse mucho de bailar un perreo que no contiene critica social ni legitimidad extramusical (extratextual). Es claro, sin embargo, que nuestras chicas Almodóvar nunca dejan de habitar un espacio que ignora los fines exteriores y las constelaciones. Y aún así  yo quiero ser una chica Almodóvar de esas que  bailan Calle 13 frente a sus amigas y colegas pero que en la intimidad de su habitación de solterona triste suena Alejandro Sanz y José Luis Perales. Debe ser que en el fondo no me trago los corolarios de los jacobinos que persisten en anunciar el desteñimiento de los príncipes azules y la muerte de las princesas. 

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