jueves, 27 de junio de 2013

Especulaciones en torno a una mañana típica en la vida de Johnny Araya y en la vida de Óscar Arias


A Johnny Araya usualmente se le pegan las cobijas. Sin embargo su voluntad palmareña lo impele y lo encumbra de tal modo que va despegando a eso de las 5 y media de la mañana, siempre y cuando, por supuesto,  no se las haya clavado la noche anterior.

Lo primero que Johnny hace en las mañanas es eructar y pensar en su hernia hiatal.

Óscar Arias se despierta con Vivaldi y en la sonrisa de Suzanne Fischel Kopper se dibuja un castillo austriaco rodeado de abedules. Se dijera que en esa sonrisa apenas y se adivinan los vestigios de un animador de noticias cubano y cachondo.  Arias toma un libro de Tagore de su veladora y lee una frase y luego se ducha mientras ella se despereza viendo Buen Día y sintiendo desprecio por Edgar Silva. 

A las 710: a.m. Arias y Suzanne están tomando el desayuno en la terraza de la casa de Rohrmosser.

Son las 6:27 a.m. y Johnny Araya realiza su rutina de ejercicios y suda copiosamente. Él es uno de los pocos políticos centroamericanos a quienes el sudor, lejos de molestarle, le regocija. Johnny corre y suda al tiempo que repasa mentalmente su agenda del día. Se muere de ganas por comer pinto con huevo y salchichón pero la nutricionista se lo prohibió. Recuerda que a las 10: 00 am. tiene una reunión con Rolando que choca con la visita de  la cooperación china

- Voy a llamar a Rolando para que llegue mejor a almorzar- dice con voz entrecortada por el esfuerzo 

Óscar Arias lee el Daily Mirror y Suzanne abre las cortinas de la sala y la luz invade los objetos preciados del Premio Nobel. Las fotos con el Dalai Lama y con Juan Pablo II adquieren una tonalidad celestial y, mientras la Primavera de Vivaldi sigue sonando en toda la casa, la servidumbre tararea y silba con la escoba  y el palo ´e piso.

En la casa de Johnny Araya los sirvientes no cantan porque la casa de Johnny Araya es una guarida, no un templo. Araya termina sus ejercicios y se ducha y luego toma un jugo de naranja y dos tostadas integrales con mermelada. Daría la mitad de su alcaldía por una chorreada con natilla o, por lo menos, un mordisquito de gallo de salchichón. Cada vez que piensa en la palabra "mordisquito" se le viene a la mente la imagen de Frangie Nicolas pidiéndole que no se vaya. 


Arias saluda a su asistente y pide que lo comunique por teléfono con Elie Wiesel. Dirige su rostro hacia Suzzane, que le mira con admiración:

-Es que hace tiempo no lo saludo
.

Ambos siguen sonriendo y alguien del servicio trae te. El asistente informa que el Sr Wiesel no puede atender la llamada. Enseguida Arias pide que, en su lugar,  lo comuniquen con Kofi Annan. Nuevamente dirige su rostro hacia Suzzane, que ahora le mira con una admiración incontenible:

-Es que Koffi y yo tenemos una conversación pendiente
.

Pero el Sr Annan tampoco puede atenderlo.

Arias da vueltas en su despacho y Vivaldi suena al fondo. Pide que lo comuniquen con Mandela, con Serrat, con Jimmy Carter, con Julio Iglesias, con Maripepa o con Steven Seagal. Pero ninguno de ellos puede atenderlo.

Por último se resigna y  habla con Kevin Casas acerca de los últimos aguaceros de Limón y la Refinadora China.

-¿Pero para dónde agarramos don Óscar? Indíqueme, por favor. Es que estamos a fuego cruzado entre el majadero de Otón y el caballo de René Castro- dice Casas con visible preocupación


Johnny Araya llega a su alcaldía y saluda cortésmente a los empleados.

-Hay algo hoy en su papada- piensa la secretaria- que le hace mucho más repulsivo que ayer. Debe ser la colonia

Y es que Johnny hoy anda estrenando una nueva fragancia Antonio Banderas, que le regaló su novia, Sandra León,  para el mesiversario. Se siente pleno, satisfecho, henchido y orgulloso. Llega a su despacho y habla con Rafael Arias y le pide destacar urgentemente una unidad de la policía municipal a fin de que efectúe una limpieza de indigentes en los parques y en las rutas que él y la cooperación china transitarán.

- Los meten en un camión, les dicen que los llevan a vacunar o a desayunar o a lo que sea y los dejan ahí por Tabarcia. Pero tiene que ser ya. Los chinos llegan a las 10.

Ahora Óscar Arias responde correos. El ex mandatario  tiene la costumbre de responder a todos los forward con presentaciones powerpoint que le envían sus contactos. Sus favoritos son los de Franklin Chang, que siempre tienen fotos asombrosas de la tierra y el sistema solar. Entretanto, Suzanne se sienta en una de las sillas de la oficina, llama a sus hijos y diseña el menú del día de hoy. Vivaldi sigue sonando en toda la casa.

- Óscar, ¿vos le devolviste la llamada a Rodrigo? Acordate de llamarlo hoy y preguntarle cómo siguió. A mí me dijo que seguía fregado


Pero Óscar Arias no se toma muy en serio las observaciones de Suzanne. Finge prestar atención, asiente, agradece y sigue entretenido con un powerpoint que le envió Memo Zúñiga.

-Amor, ¿vos sabías que tomar agua fría con las comidas aumenta el riesgo de un infarto? 



Johnny Araya recibe a la cooperación china en el despacho. Con un inglés muy palmareño y pintoresco les da muestras de consideración y respeto y los invita a caminar  por el Paseo Unión Europea. Todo parece indicar que en pocas horas se va a venir un baldazo del demonio. Johnny duda entre referirse a la inminencia del aguacero o saludar a una vendedora de periódicos que se le queda mirando con una mezcla de extrañeza y precaución.


Luego de ver detenidamente la décimo tercera presentación de power point, Arias decide levantarse de su silla y va a la sala donde Suzanne está leyendo revistas.

-¿Ya hablaste con Rodrigo?

Han pasado 2 horas y 37 minutos desde que Suzanne formulara la misma pregunta

- No, amor, todavía no. Mejor lo llamo después de almuerzo o en la nochecita porque a esta hora siempre está en juntas. Imaginate, hoy, que es lunes. Imposible.  No, no, si Rodrigo pasa de un lado a otro. Por eso se enferma. Yo le he dicho montones de veces.

Arias hace una pausa y vuelve con cierto nerviosismo al tema que lo ocupa

- Pero diay, vos has visto que no deja que nadie se meta en las empresas.

Suzanne esboza un gesto lleno de desaprobación y escepticismo. Luego sonríe con ternura

- Yo sé que te da pereza. Yo entiendo.  A mí también me cansa hablar con él. Pero es tu hermano, Óscar. Pobrecito. Sería bueno que vos le des apoyo.


Johnny Araya acaba su encuentro con los representantes de la cooperación china y los deja en el Barrio Chino. Mira su iphone y advierte que Rolando escribió diciéndole que le espera en El Chicote  a las 12. Son las 11:40 a.m. Aun puede llegar a tiempo. Pide al chofer que apure el paso y le recomienda irse por Barrio México porque, según escuchó, en Paseo Colón hay un choque y en Barrio Don Bosco una manifestación de enfermeras del Blanco Cervantes. Por un momento vacila, duda y valora la posibilidad de llegar un poco tarde para ir a ver a las enfermeras. Al final desiste, ya que le bastó noche cuidando a su abuelita para comprobar que las enfermeras de la CCSS no se parecen a las de Graýs Anatomy.


Poco antes del almuerzo, Arias está jugando angry birds a escondidas de Suzanne. Se encierra en el baño de visitas, pone el ipad en mute y juega a despecho de su túnel carpiano. Desde la última vez que sufrió una inflamación en la muñeca derecha, Suzanne le prohibió jugar y mandar mensajes de texto. Pero el ex mandatario y Premio Nobel de la paz no resiste la tentación.

- ¿Dónde está Óscar? ¿Alguien me puede decir dónde anda?

Pero la servidumbre tiene claras directrices de no informar nada acerca del paradero del patrón. Y mucho menos a la Sra Fischel, que ya en varias oportunidades se ha mostrado poco condescendiente y media arrancada.

- ?Cómo es posible que nadie lo haya visto

Y Suzanne se marcha al cuarto sin decir palabra alguna. Ella no puede creer que el mismo político pacifista que se retira del teatro cuando empieza la Obertura de 1812, esté ahora escondido en alguna pieza de la casa entretenido con un juego donde alguien estrella pajaritos contra unas estructuras de lo más ridículas.


Rolando saluda con un fuerte y sonoro abrazo a su hermano. De inmediato Johnny dirige la vista a la mesa y se topa con la sorpresa

- ¡Tío! ¡Qué bueno verlo!

Luis Alberto Monge se sienta, cuan ancho es, en una de las sillas de la mesa 17 del Chicote y sonríe temblorosamente, como sonríen todos los ex alcohólicos cuando se muestran en sociedad. Después de intercambiar algunas palabras los tres miran el menú y resuelven pedir sopitas de entrada y lomo a la parrilla con yuca de plato fuerte. Los tres toman coca cola. 

A menos de un kilómetro de distancia, Óscar Arias almuerza pollo, verduras al vapor y puré de camote. Él y Suzanne, además,  toman vino blanco italiano. No hablan. Suzanne está ligeramente molesta por el asunto de angry birds. Y Arias solo puede pensar que los pajaritos rojos del nivel por el que va, se parecen mucho a Luis Alberto Monge cuando llegaba hasta el fusil al Balcón Verde a pedir puestos para sus sobrinos.

viernes, 14 de junio de 2013

Unas palabras sobre Johnny

Johnny Araya llegó a la candidatura del PLN como Mijares llegó al baño de mujeres. O, lo que es igual,  como un samuleador roto  que intenta redimirse.  Está claro que Araya tuvo que cargar con la mala fama que heredó de sus parientes.  Por un lado, un tío gordo, borracho y decadente, en cuyo gobierno se engaletaron el Fondo Nacional de Emergencias. Y por el otro, un hermano fracasado y new age que, justa o injustamente,  figuró en medios como icono publicitario de los engranajes de Ricardo Alem. 

Aunado a todo esto, "El Manatí" de Palmares (en virtud de sus dimensiones, no sería verosimil llamarle "El Delfin") se las tuvo que ver, nada más y nada menos, que con los hermanos Arias. Y si bien es cierto que contó con el inestimable apoyo de medios como Telenoticias y La Nación, no podemos negar que haya algo de mérito en su faena. 

En cierto modo, se percibe también una suerte de naturalidad en la candidatura de Araya. Hay, en defintiva, una determinación estructural que explica por qué él debe ser el próximo presidente de Costa Rica.  Y es que Johnny Araya se convertiría en el primer mandatario Combate o el primer presidente chinamero del país.  Por supuesto que dentro de esta perspectiva, el episodio  Laura Chinchilla no pasa  de ser una lamentable y accidental transición hacia formatos de gobierno y  modos de producción de la realidad basados en Zelmirazos y Chinamazos.

Johnny Araya es, en definitiva,  una Laura Chinchilla laicizada, que se permite disfrutar las hazañas de los travestis toreros de Canal 7 sin necesidad de pedirle permiso a Monseñor. Y mientras Óscar Arias representa el anacronismo sigloveintero del líder dudosamente ilustrado, Johnny Araya encarna la premisa básica del populismo de reality show típico del siglo XXI.

martes, 14 de mayo de 2013

De una no tan repentina aversión a viajar

A mí me da pereza viajar. Lo digo de manera categórica y enfática: me da pereza, me aburre. Y es peor cuando se trata de viajes de brete. No entiendo por qué la gente es capaz de despellejarse en pos de que la manden de viaje aunque sea una semana a Tegucigalpa. A mi forma de ver, un viaje de brete es como cambiar de maceta a una flor fea.  

No me gustan los aeropuertos y los trámites migratorios me ponen sumamente tenso. Las  dimensiones de mis piernas  me impiden acomodarme en uno de esos tormentos universalmente conocidos como asientos de clase turística. Reconozco que cuando viajo disfruto la comida y me genera una enorme fascinación transgredir la ley federal y abrir subrepticiamente una botella de whiskey de la tienda duty free durante el vuelo. También disfruto ir a las librerías de una ciudad nueva y comprar de esos libros rarísimos con los que luego presumo frente a mis amigos. Sin embargo, si metemos todos estos elementos en una ecuación, sigue imponiéndose mi aversión por la modita esa del cosmopolitismo de millas de viajero.

Ciertamente, en otro momento de mi vida disfrutaba muchísimo cada vez que salía del país. Pero, claro, eran otros tiempos:  tenía veintipico de años,  10 libras menos y una profusa cabellera de color castaño. Cabe aclarar, por otro lado, que a penas y he visitado  algunos países latinoamericanos y un par de naciones europeas. Es decir, tampoco es que soy un Ryszard Kapucinski o Juan Pablo II. No obstante, creo, sin ánimo de exagerar, que una  modesta experiencia me asiste a la hora de decir que, aun en primera clase, cualquier vuelo de más de 5 horas es una completa mierda.

Viví casi un año fuera de Costa Rica, en una ciudad enorme, y acabé convencido de que soy un provinciano, un aldeano cuya vida adquiere sentido a partir de los almuerzos familiares, las rutas de bus con nombres incomprensibles, los encuentros casuales con amigos y las pequeñas certezas de un país en el que no ocurre nada. No me interesa nada más. Me basta con tener un salario que me permita seguir comprando libros  y salir a cenar de vez en cuando. Quizás por esa razón no logro comprender de qué va eso de la ambición y la vanidad profesional.

Uno de los corolarios de la globalización tiene mucho que ver con esta nueva nomenclatura del éxito: tanto más cuánto se viaja, mejor ponderada se encuentra nuestra posición en un brete. Es decir, siguiendo esa lógica, la próxima Presidenta de nuestro país podría ser una aeromoza de Taca.

Hoy en la mañana un compa me hablaba acerca de un artículo en el que se cuestionaba la eficacia de los viajes como herramienta de conocimiento. Pues yo pensaría que la mayoría de la gente que viaja, en efecto,  no amplía su panorama del mundo ni su acervo cultural.

Por poner un caso, hablemos de la Presidenta de Costa Rica. Laura Chinchilla sale de su casa en Escazú, digamos que toma uno de esos aviones que le presta alguna empresa generosa, vuela, se echa un rol,  llega a otro país latinoamericano y se hospeda en el Escazú de ese otro país latinoamericano. Imaginemos a la Presi, rodeada de hoteles tipo Escazú, restaurantes tipo Escazú, autopistas tipo Escazú, gente tipo Escazú y problemáticas tipo Escazú. Es decir, nunca salió de Escazú y sospecho que esa peculiaridad espacial es extrapolable a los linderos de su mentalidad.  

Y de repente todo es culpa de las divagaciones dialécticas y de las mamadas de Heráclito,  descendidas al sótano del Siglo XXI. Porque, dejémonos de varas, el barco de Teseo es, en rigor, el mismo barco, aunque sus maderos de pino hayan sido sustituidos por maderos de ceiba o de balsa. O dicho de otro modo, el hacha del abuelo sigue siendo el hacha del abuelo aunque haya tenido 3 mangos y 2 cabezas distintas.

Laura Chinchilla puede ir mil veces a Perú, sea en vuelo comercial o en charter, y seguirá siendo la misma trepadora arribista que es, la misma lastimosa cazafortunas que precisa del Estado para viajar como burguesa sin comprometer su patrimonio. Anabel González puede haber ido a pasear a medio mundo para buscar votos con plata de todos nosotros y sigue siendo la misma pelirroja, la misma abogada fea cuya visión de Estado queda reducida a una dudosa experiencia como hacedora de mandados para trasnacionales. Y estoy convencido de que los mochileros europeos que naufragan en las Rave Parties de Goa y los casi yuppies centroamericanos que viajan semanalmente a Guatemala o D.F., en definitiva, mantienen sus mismos límites cosmogónicos después de cada viaje. Porque, como decía Cafavis dirigiéndose a un viajero: la vida que destruiste acá, la has destruido en todo el mundo.

martes, 9 de abril de 2013

De mi aversión a los chiquitos gordos: un caso de bullying en la Escuela Winston Churchill en 1993


Nunca he sentido un especial cariño por los carajillos gordos. Es más, diría que los detesto. En principio, mi rechazo, que bien puede catalogarse como un transtorno de adipofobia severa,  se debería al hecho de que durante mi infancia fui víctima de frecuentes abusos y agresiones en las que siempre había un gordo peleón y pecoso.

Ciertamente en el patio de mi infancia los bravucones eran mocosos gordos con pantaloneta y corte de pelo tipo militar. Se me viene a la cabeza el ominoso nombre de Lisandro, un compañero de kinder cuyas bravuconadas me acompañaron, incluso,  hasta una tarde de sábado en el Cine Cartago en la que yo trataba de poner atención a un extraterrestre pendejo que se ganaba el cariño de Elliot. Lisandro se pasó toda la película hablándome e interrumpiendome y yo, preso de un miedo atroz, no me atrevía a ignorarlo. Mi papá estaba cabreadísimo porque era la primera vez que él me llevaba al cine y yo me debatía al filo de la butaca, intentando reivindicar una masculinidad maltrecha.

Al final, nunca supe muy bien de qué iba E.T. y mi papá no volvió a sacrificar sus fines de semana de cacería en pos de una matinée infantil.

Ahora pienso en Roy, un compañero de sexto grado, gordo, pecoso y matón, que se regocijaba con mi miedo. Roy acostumbraba pasar todo el día sentado al lado mío, copiando mis apuntes y asignaciones (dado que él era un auténtico caballo). Cualquier observador hubiera dicho que éramos mejores amigos. Sin embargo, cuando se aproximaba la hora de salida, inexplicablemente, él cambiaba de ánimo y se inventaba alguna excusa ridícula para amenazarme y decirme que sus puños me iban a infligir una vergueada legendaria. ¿Yo qué iba hacer?. No quedaba otra alternativa.  Me cagaba y entraba en pánico, pues Roy era un auténtico volador de pichazos y sus hazañas eran reconocidas más allá del circuito escolar al que pertenecíamos.

Todas estas situaciones me obligaron a desarrollar una habilidad extraordinaria para mentir.

En el caso de los abusos de Roy hice acopio de todos mis encantos y le metí una chana a la Niña Rosario Cabrera (que así se llamaba nuestra maestra), según la cual yo estaba tomando un tratamiento médico muy estricto que requería mi presencia en casa a las 5:30 p.m., es decir, 10 minutos antes de la hora de salida. La Niña Rosario, por supuesto, creyó todo lo que dije y no puso el menor reparo ante mis demandas.

En septiembre todavía la cosa iba super bien. Mi conducta evitativa demostraba ser más exitosa que cualquier tentativa de enfrentar a Roy o, por lo menos, de acusarlo a la Niña o a la Directora, con quien tenía también una excelente relación, luego de que yo pusiera en el alto el nombre de la escuela en el concurso de geografía. Estoy seguro de que todo el resto del sexto grado hubiera transcurrido con normalidad de no ser porque, debido a alguna extraña razón, un jueves de fines de septiembre mi papá decidió ir a recogerme a la Escuela.

A las 5:32 p.m. mi papá y yo nos topamos en la esquina noroeste del Vicente Lachnner. Esa fue la primera vez que me quedé sin argumentos.    

En defintiva, se hizo un burumbún. Mi familia fue a hablar con la Niña Rosario y con la Directora y me confrontaron y me presionaron hasta que yo, hecho un mar de mocos y verguenzas, confesé que le tenía miedo a Roy porque él me quería romper el hocico. Al principio sentí mucho alivio porque todos me apoyaron y, sobre todo, mis compañeras se encargaron de velar por mi integridad. Luego me sentí miserable. Naturalmente era previsible que Roy estuviera furioso debido a mi sapada. No obstante, su reacción fue bastante peculiar. Me dijo que no entendía, que él todo lo hacía vacilando, que hubiera bastado que yo le dijera que no me cudraban esas bromas y que no quería hacerme sentir mal. Al final, Roy si creía que era mi amigo.

Cuando llegué a la casa, mi abuelo Memo me dio uno de los regalos que más atesoro y uno de los mejores consejos que alguien me ha dado. Me dio una daga paskitaní y me dijo: "vea, uno siempre va a tener que pelear con alguien y no siempre va a poder echarse para atrás; cuando eso pase usted tiene que plantarse y no arrugarse, si le están ganando entonces lo muerde, le tira una piedra, le pega con el paraguas, lo patea en los tosteles y si ya la cosa no tiene solución, entonces saca la cuchilla y lo corta".

A partir de ese día y hasta la fecha, en alguno de los compartimentos de mi bulto hay una cuchilla.

No sé qué ocurrió con Roy, con Lisandro y con todos los gordos de mi infancia. Alguna vez, cuando tenía ya 15 años, salí de mi casa con la resuelta intención de ir a buscar a Roy a su casa en el Bosque de Churuca  para pegarle un par de manazos y perforarle el bazo con un Walther P38. Afortunadamente no lo encontré. Sospecho que ese lamentable acto de reivindicación, a la postre,  habría acabado sepultando cualquiera de mis presunciones de masculinidad.

Alguien me dijo que Roy, actualmente, se desempeña como conductor de un camión. De cualquier modo estoy seguro de que, encaso de toparnos alguna vez,  ninguno de los dos sería capaz de reconocer al otro. A menudo, cuando veo las noticias de Corea me imagino que si Kim Jong-un hubiera crecido en el Bosque de Churuca, de fijo, se hubiera parecido mucho al Roy que me intimidaba en el año 1993.    

miércoles, 6 de febrero de 2013

El índice de muertehambrismo (IMH)

Para nadie es un secreto que los aparatos estadísticos contemporáneos han quedado debiendo en todo lo que atañe a la descripción efectiva de nuestra  realidad social. Está claro que la complejidad de los procesos que experimentan la sociedades actuales muchas veces exceden las timoratas ecuaciones tradionales y el cálculo frío de las variables cuantitativas ordinarias. Por otro lado, las limitaciones que imponen las categorías de análisis clásicas impiden desarrollar estudios complejos e integrales de fenómenos como el desempleo, la especulación financiera, las estrageias de productividad, la desigualdad social, la territorialidad y las oportunidades educativas. 
Por esa razón hemos diseñado un nuevo indicador estadístico que, si bien no pretende ofrecer soluciones a todos los vacíos heurísticos que tenemos hoy en día, si por lo menos aspira a facilitar una perspectiva de análisis novedosa e interdisciplinaria. Se trata del Ínidice de Muertehambrismo (IMH) para una territorialidad determinada, el cual se define a partir de variables como panderetismo, porcentaje promedio de melanina en la piel de los habitantes (o índice de morenidad), número de individuos con nombre polo (o coeficiente de polada onomástica), índice de endeudamiento para compra de vehículos y/o casas rostipollescas  y valor absoluto de libros de autoyuda que circulan. Es decir, partimos de una matriz multicausal e integral que permite describir las diversas aristas de los procesos socialies de una territorialidad, incorporando tanto elementos propiamente físico-biológicos (índice de morenidad) como elementos cualitativos, tal es el caso del coeficiente de panderetismo o polada onomástica. 
A continuación ofrecemos una breve presentación de los rudimentos matemáticos en los que se fundamenta nuestra propuesta. Bástenos añadir que el caracter divulgativo de este artículo nos disuade de explayarnos en las disquisiones teóricas correspondientes, razón por la cual no ofrecemos demostraciones matemáticas que exijan conocimientos avanzados por parte del lector.

Sean

R, una región específica

P, panderetismo = \Sigma de habitantes panderetas de una región R

Im , índice de morenidad = promedio del índice de melanina  de los habitantes de una región R

Cop, coeficiente de polada onomástica =  proporción de las áreas en el diagrama de la curva de Lorenz. Si el área entre la línea de perfecta igualdad y la curva de Lorenz es a, y el área por debajo de la curva de Lorenz es b, entonces el coeficiente polada onomástica es a/(a+b). La perfecta igualdad lo constituye una región R con la totalidad de habitantes con nombres cristianos en castellano

Ie,  índice de endeudamiento para compra de vehículos 4 x 4 y/o casas rostipollescas = porcentaje de créditos de una región R que se disponen para los fines establecidos en la definición de este índice

Laa = \Sigma de libros de autoayuda circulando en una región R

De modo que

IMH de R se define 


IMH (R) =   Cop * (P + Im + le + Laa)


Ejemplo

Sean

R,  Granadilla de Montes de Oca
P= 854
Im= 0.7
Cop = 0.1
Le= 10
Laa = 2

Entonces

IMH (R) = 0.1*(854 + 0.7 + 0.1 + 10 + 2) = 0.1 * 866.8 = 86.68

Tal y como se muestra arriba, el IMH es un indicador que incorpora el análisis de trasnversalidad de clase social a partir del uso de un vector  de simbolos de estatus. Por ejemplo, en el caso anterior tenemos una región como Granadilla en la cual existe un número importante de panderetas, morenos y gente con nombre polo, pero donde hay pocos libros de autoayuda y poco endeudamiento para casas Rostipollescas o autros 4 x 4. De este modo evitamos el sesgo clasista tan propio de los análisis convencionales que reproducen la segregación de poblaciones a partir de simbolos de estatus e ingresos. Es decir, que si aplicamos el análisis de IMH a un lugar como Lindora eventualmente podríamos a obtener un valor tan significativamente alto como Granadilla. Cabe recordar que un indicador como el IDH únicamente arroja resultados que nos permiten identificar  donde vive  la gente con plata.  Por el contrario, el IMH es un indicador que revela elementos que trascienden los ingresos brutos y simbolos de estatus tan propios de los nuevos sectores pujantes de la economía del consumo. Para finalizar ofreceremos algunos valores de IMH para cantones de Costa Rica


Desamparados: 145.5
Santa Ana: 160.6
Curridabat: 60.6
San José: 20.32
San Pedro: 40.87
Cartago: 120.01
Belén: 131.4
Nandayure: 8
Talamanca: 89.97
Golfito: 114.3
Escazú: 138. 65
Alajuelita: 145.7

martes, 8 de enero de 2013

Especulaciones acerca de las preferencias musicales de los políticos costarricenses: Toledo y nuestra marca país



Empecemos por decir que casi todo mundo podría imaginar a Laura Chinchilla escuchando esa abusiva entelequia conocida universalmente como "nueva canción latinoamericana". Me la figuro (a la Presi) en una sesión de alcohol ligero y fraternidad católico-lasciva, cautiva en medio de ese binomio "Mercedes Sosa-Malpaís" del que nunca renegarán todos quienes creen que la Declaración Universal de los Derechos Humanos sirve para algo. 

Pienso, ahora, en su esposo. Lo veo en la casa de playa de Harry Zürcher o de Francis Durman, escuchando Los Churumbeles de España o alguna otra agrupación franquista y pensando que, después de todo, América latina es un buen lugar para envejecer y granjearse una uremia.

A Anabel González la puedo mirar en el carro de COMEX escuchando Peter Gabriel, mientras se convence de que, gracias a sus gestiones, este país es un ejemplo de atracción de inversión extranjera eficiente. Ella está segura de que le basta eso para ser la próxima directora de la OMC. Me la imagino, en seguida,  pidiéndole al chofer que suba el aire acondicionado e indicándole que es mucho mejor irse por Barrio México. Después se hace un silencio del tamaño de una zona franca y suena la voz de Amelia Rueda. Anabel traga saliva.

A  Fernando Ocampo me lo figuro escuchando Toto y delirando con las piernas de la secretaria nueva. Lo veo pensando en el entrenador de la Liga  y reprochándose  su pésimo regalo de amigo secreto. Después suena una impresora de pines y un aire acondicionado dañado. Fernando Ocampo recuerda los ejercicios que le recomendaron para no tartamudear. Respira hondo y decide que la semana entrante volverá al gimnasio.

A René Castro lo observo en el desayunador de su casa, un sábado, en pantalones cortos, con la panza inflada, oyendo Diego El Cigala y sintiendo que es un tipo muy cosmopolita. Abre twitter y piensa que, en efecto, algunos funcionarios deberían cotizar por  tweets. Publica alguna trivialidad sobre cierto colegio técnico de la periferia que recibió bandera ecológica y luego toma una ducha tarareando "Niebla del riachuelo".

Una mañana de domingo Leonardo Garnier le pregunta a sus hijos cuál es el grupo nacional más chiva. Lo busca en su computadora apple y escucha un par de piezas. Acto seguido abre su cuenta de tiwtter y publica un comentario.  Chorrea café y abre un libro, digamos, de Nick Hornby. Él está seguro de que es el único ministro de Costa Rica que escucha rock progresivo. Él está seguro de que es el ministro más chiva de Costa Rica. Garnier de repente escucha una sonoridad degradada y se sobresalta. ¿Será acaso reguetón? piensa.  Garnier se siente agredido y valora la posibilidad de escribir un cuento sobre el sufrimiento. Luego se recuerda a sí mismo que él tiene temperamento de artista y que tales prerrogativas lo excusan de sentir ganas de ordenarle a su empleada que, en adelante, use audífonos cuando oiga música en el celular. Definitivamente Garnier es el ministro más chiva porque tiene pelo largo, le dice "por favor" a sus sirvientas y oye Floriand Droids.

A Carlos Ricardo Benavides se le puede imaginar bailando El Cangrejo y arrimando a alguna pasante del ICT. Se le puede imaginar escuchando canciones de Sabina y su tristeza tiene la textura de los tonos altos de Montaner. A Carlos Ricardo Benavides se le puede imaginar como cualquier cosa (incluso como un churchil o un ceviche)  excepto como un ministro de la presidencia. 

A Berrocal lo veo en una gallera de Pérez Zeledón cantando eso que cantaba Luis Péreza Meza y que decía algo de una palma con las ramas caídas donde iban a llorar los que no encuentran consuelo. Lo veo lloriqueando, abrazado al mae que le entrena los gallos, con un vaso de whiskey en una mano y un amasijo de plumas sanguinolentas en la otra. Sin duda, Berrocal es el más sentimental de todos. 

Rodrigo Arias se levanta una mañana de enero y claudica ante los chantajes de cierta televisora. Se ducha y siente que la soledad tiene el color de las ballenas muertas. Ha decidido retirar su candidatura. En su apartamento de La Sabana suena esa canción de Julio Iglesias que tanto le gusta y que habla de una mujer que fue suya, solo suya, suya, suya.  

Me imagino, por último, a Johnny Araya. Recién acaba de enterarse de que los métodos persuasivos de sus socios fueron efectivos. Sale de la Municipalidad y llega a su casa y siente una súbita y extraña necesidad de poner The Safety Dance de Men Without Hats mientras se proyecta con la banda presidencial en el tope de Palmares.  Él está convencido de que será siempre el hijo predilecto de un cantón para ser amigos.

Una banda sonora del poder político en Costa Rica sería, ante todo, ecléctica. Uno incluso puede imaginarse a los artífices de la publicidad del ICT escuchando Top a Top Productions y diseñando una marca país bajo el auspicio de los célebres apotegmas de Toledo según los cuales,  en Tiquicia se vive a cachete inflao. Posiblemente, sería más efectivo y más barato, mandar a un negro a cantar en los metros de Europa "quién es esa rica, tiene que ser tica"con videos  de lapas y perezosos, en vez de pagar las dietas y salarios del ICT. 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Pequeña apología de la navidad: reivindicación de la inconsciencia social




Más allá de todo, cómo me gusta este país en diciembre. ¡Cuánto lo quiero! Es más, lo quiero a pesar de sus políticos, que, de por sí, son iguales en todos lados. Y me gusta, a pesar de los aguaceros, que, de por sí, no son más que la evocación de un paraguas perdido. Definitivamente hay pocos lugares donde la culminación simbólica de un año se acompañe de un tiempo tan agradable. En el Norte hay frío atroz  y en el Sur calor insoportable, mientras que acá la gente siempre tiene una excusa a mano para invitarlo a uno a comer tamales. Y entran ganas de caminar por Chepe y andar su cartografía y ver las ventanas en la Avenida Central y jugar a que existe en el mundo un sitio muy lejano y feo que se llama realidad social. Y en Alajuela y Heredia los atardeceres son iguales a los que imaginaba Carlos Salazar Herrera. Y en Cartago todo se pone como fresco y frágil, como que todo tintinea en medio de la neblina. Y las playas se llenan de muchachas con los ombligos llenos de arena y bronceador, de muchachas que tienen los dedos arrugados y los hombros poblados de pellijitos viejos y pecas encendidas. Tengo 31 años y confieso que en diciembre me pongo de buen humor. Cuando vengo del brete y paso por La Sabana y veo que hay un concierto y una feria y una muchacha guapa haciendo pic nic con un perro, un novio y una licra siento que vale la pena vivir en Costa Rica. Desde mi oficina, que está en un 5to piso, puedo ver una parte de la Cordillera Volcánica Central embarrada de nubes y campos cultivados.Y cuando voy en  bus para Cartago veo el sol estrellándose contra las faldas del Irazú y veo las estribaciones de la Cordillera de Talamanca y tengo plena certeza de que en este momento hay decenas de viejillos de campo sacando guaro de contrabando y soasando hojas de tamal. En diciembre soy capaz de soportar las presas de Escazú, los editoriales de La Nación, la fascinación por los moles que tienen las familias rostipollescas y que Heredia sea campeón. En diciembre soy capaz de soportar el optimismo de los motivadores,  la piedad oportunista del "Sueño de Navidad" y el narcisismo de las diferencias menores que manifiestan los que se toman las cosas siempre en serio. Condenar la navidad por su exaltación del consumo deviene apodíctico. Y, sin duda, sucumbir sin resistencia ante los elementos ideológicos-ideologizantes de diciembre es semejante a comer queque de navidad con rompope: sabe feo, engorda y es un desperdicio de licor (porque ni emborracha), pero que pereza da cuando la gente con quien lo comés persiste en recordártelo. De modo que no me jodan con La Trocha ni con Johnny Araya ni con el consumismo de Colacho, por lo menos, de aquí a enero que cumplo 32 años