martes, 10 de abril de 2012

Posible crónica de una fiesta en casa de Rodrigo Arias: testimonio de un borracho congénito políticamente indescifrable


Me levanté con una goma atroz y fue inevitable recordar a Martin Amis cuando dice que uno puede tomar una cerveza con todos los presidentes de EEUU (hasta Washington) excepto con G.W. Bush. Estoy en el apartamento de Rodrigo Arias en las inmediaciones de La Sabana y solo atino a pensar que, de repente,  en 3 años podré decir que uno podría tomar una cerveza con todos los presidentes de Costa Rica excepto con Luis Alberto Monge. 

Hay un aire de irrealidad flotando de mis sienes a esa ventana desde la cual se domina el Estadio Nacional. Sé bien que en la habitación del lado se encuentra tendido, cuán largo y ancho y excesivo es, Rodrigo, el hermano menor de Óscar Arias. Sé bien que una serie de circunstancias inverosímiles hicieron posible que Rodrigo Arias me invitara a su fiesta y que luego me permitiera dormir en su casa porque mi esposa estaba de un güevo,  porque soy un borracho congénito, porque nadie quería hacerme ride a Chepe Centro y porque soy un weso que casi nunca tiene efectivo para pagar un taxi. Y sin embargo todo me resulta por demás dudoso y frágil. 

Traté de incorporarme para echar un vistazo por la ventana. Si tuviera ánimos para ver más allá de mi propia goma podría detallar algunos aspectos del Estadio Nacional, el absurdamente titánico estadio que los chinos le regalaron a Óscar Arias a cambio de que les permitiera adueñarse del Caribe vía Puerto Limón. Un dolor repentino y punzante se apodera de mi pierna izquierda. Después de los 30 años pegarse una cagona y una hartada de carne asada comporta una suerte de desafío físico que no siempre se logra sortear con buen suceso. Regreso a la cama y pienso que la cojera (junto con la palatoquisis) es una de los padecimientos menos honrosos que conozco. Son frecuentes los casos de mancos ilustres, sordos notabilísimos y ciegos famosos, pero, salvo Enrique El Cojo, Joseph Goebbels, Manuel María Echezuría y los Bichichas del Barrio La Soledad de Cartago, nadie que padezca renquera ostensible corre una suerte venturosa. 

Mientras mi imaginación discurre entre el artesonado cielo raso y los vagos recuerdos de la noche anterior me desentiendo de la resaca (¿será el nervio ciático?, pienso) y me trato de figurar cómo sería una vida de renquera. Pienso en la renquera del actual Ministro de Comunicación, Francisco Chacón, y recuerdo las suspicacias que despierta la consuetudinaria pregunta de:  "Don Francisco, ¿es cierto que a usted lo tocó bailar con la más fea?". Porque todos aquellos que conocen la relación matrimonial entre el Ministro Chacón y Anabel González saben que, en efecto, siempre le toca bailar con la más fea de todas. 

Siento unos deseos inmensos de orinar pero caigo en cuenta de que mis necesidades excretorias pueden dar paso a otro tipo de menesteres. Me lleno de zozobra ante la posibilidad de vertir mis deposiciones "after mica" en el baño de Rodrigo Arias Sánchez pero me hago el chancho. Son las 7:38 a.m. y a esta hora presumo al anfitrión profundamente dormido. Me levanto no sin antes esbozar una mueca de dolor algo exagerada. Me dirijo al baño de visitas y pernocto. El dolor en mi pierna es exasperante y me acongoja la posibilidad de que el nunca desaparezca y que me la pase cojeando el resto de mis días. 

Regreso a la cama. El mundo afuera está imbuido de mi goma y de la irrealidad de la noche anterior. Debo a la conjunción de un feriado y un amigo que supo aprovechar muy bien sus vínculos con la juventud liberacionista (y su afición a los excesos), el favor de comer, emborracharme y amanecer de goma en la casa de Rodrigo Arias. Más allá de eso no tengo manera de explicar la situación en la que me encuentro. En una ridícula tentativa por alejar remordimientos políticos  y asomos de senimentalismo popular  trato de imaginar a Guiselle López en ropa interior preparando tostadas con miel y jugo de naranja. La puedo ver preparando el café  y tomando sus antidepresivos en el desayunador donde ayer Rodrigo Arias reconoció que Popo Jiménez Borbón es, quizás, el hombre más poderoso de Costa Rica y donde también aseguró que Los Picado están cabreados con él por el asunto de la TV Digital. 

Pienso en el Diablo Cojuelo de Luis Velez y me figuro sobrevolando Costa Rica y viendo a través de los techos de las viviendas de las familias respetables del país. Me imagino a Johnny Araya con sus ropas de fin de semana pensando en la modelito de turno que le toca llevar hoy por la noche a cenar. Me imagino a Popo Jiménez Borbón regodeándose en su éxito y saboreando el hecho de que finalmente logró enterrar el plan fiscal de doña Laura. Me imagino a Gloria Gurdián de Florida Products o a Cara ´e Loco González de Tío Pelón leyendo La Nación y pensando en lo mal que la pasan esos pobres empresarios venezolanos y esos pobres empresarios argentinos que tienen gobiernos populistas y pensando en esos pobres empresarios costarricenses que tienen gobiernos sin rumbo que no favorecen la competitividad. 

Mi delirio de Diablo Cojuelo me lleva ahora por el Barrio La Granja y entonces veo la casa de ese tal Ottón Solís que, por tozudez o simple chimazón, persiste en ignorar clamores y razones en la discusión del Plan Fiscal. La rápida inserción de Costa Rica en la economía global provocó que el Estado se viera en la necesidad de obtener la mayoría de los ingresos del comercio exterior y así reducir la presión tributaria sobre el capital; sin embargo, este fenómeno generó una estructura impositiva de lo más regresiva que traslada el peso impositivo a los sectores populares y a los pequeños empresarios locales. Pero Ottón Solís es un idiota cabezón que tiene una esposa super pola y que, como buen perdedor,  no admite disensos de ningún tipo. Por eso traduce operacionalmente su revanchismo en un ciego e irreflexivo apoyo a las aventuras de estadista coconut de Laura Chinchilla. 

No me cabe la menor duda de que Solís, pienso, es un tipo honrradísimo, pero estoy seguro de que debe ser aburridísimo ir a cenar a su casa o tomarse una birra con él viendo un partido del Real Madrid vs Barcelona

Ahora me imaginosobrevolando la casa donde el exministro Fernando Herrero y su esposa toman té en silencio y reciben tibias llamadas de apoyo de los muertos de hambre que los embarcaron en esta travesura. Definitivamente la diferencia entre Los Arias y el gobierno de Chinchilla viene dada por el hecho de que tanto ella como alguna de la gente de su gobierno no pasa de ser una manga de burócratas y vividores bien conectados (con más capital social que patrimonio económico), que necesita de los salarios y las dietas del Estado para poder vivir como los burgueses que les pagaron la campaña. Por eso la Presidente necesita una reforma fiscal que le permita engrosar las arcas públicas y luego transferir, en un marco de legalidad, recursos públicos a sus allegados. Pero le salió el tiro por la culata y quedó, por demás, clarísimo, que los burgueses que le pagaron la campaña no tienen la menor intención de financiar los gastos de vida y las travesuras de sus familiares y amigos. 

En la habitación del lado escucho a Rodrigo Arias toser.  Cuando se tiene más de sesenta años uno se ve en la necesidad de saludar el día con una actividad  fisiológica pueril e insulsa (como toser o caer rendido ante el imperio de la flatulencia) que le permita  convencerse de que verdaderamente sigue vivo. Ahora lo escucho hablar por teléfono. ¿Con quién hablará?, pienso. El demonio o el Leviatán herediano  con el que deliran los universitarios, algunos empresarios, ciertos políticos conservadores y la mayoría de los sindicalistas no pasa de ser un hombre solitario y feo con el que es muy grato meterse unos tragos y comer. Por supuesto que yo no quiero vivir en un país que se maneje como el Ingenio Taboga o como la Liga de la Caña, pero el poder no es susceptible de adquirir propiedades subjetivizantes y Rodrigo Arias no es más que un elemento, si se quiere, accidental de una trama de podredumbre y decadencia. La falsa dicotomía que se expresa en Los Arias,  por un lado, y el lastre de esa ominosa amalgama de la Unidad Social Cristiana y el PLN de Figueres, por el otro, no explica la realidad política, aunque la mayoría del tiempo se aproxime bastante a ella. 

Reviso mi celular y confirmo que mi esposa está de mejor humor y que me propone desayunar en el spoon de Plaza del Sol. Le digo que estoy de goma y que no tengo plata para tomar un taxi. Ella ofrece prestarme 5 rojos para pagar la carrera de La Sabana a Curri. Recuerdo que alguien anoche advirtió que La Nación de hoy tendría un avance más sobre el descalabro de hacienda. Pero esto, pienso, no es sino un "Golpecito de Estadito Consensuadito" o un "Estate Quieto", porque en Costa Rica, de no ser por los aguaceros y el Festival Imperial, no pasa nada De cualquier modo tan pronto como salga de ese apartamento pasaré a comprar un ejemplar del ominoso pasquín de Llorente y un Diario Extra y hablaré con el taxista de política y al llegar a Plaza del Sol le diré a mi esposa que no tiene nada de que preocuparse, que Rodrigo Arias es un tipo insoportable que nunca ganará las elecciones.

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