miércoles, 28 de abril de 2010

Repensar el transporte público para repensar la territorialidad


A menudo me asalta la idea de que los infortunios están acechándome al final de las jornadas laborales. Según se observa soy un egocétrico con tintes de paranoico que no tiene reparos en caer estruendosamente en las exageraciones. Pero se trata de los aguaceros que reafirman la reputación de mayo y los abejones que aparecen de la mierda y de los entrevistos potreros que adornan esta rara variedad de ciudad. Al aproximarse las 5 de la tarde hago lo que (como dice mi amigo Alejandro) cualquier funcionario mediocre y sensato hace: mear, lavar los tupperwares donde hubo un almuerzo amoroso, preparar el playlist del ipod, desperezarse, cerciorarse de borrar el historial de navegación (sobre todo si el dichoso funcionario es aficionado a los sitios sicalípticos), chequear el menudo para el bus, apagar la compu, entre otras cosas. En mi caso basta que me ponga el bulto y que tome el libro de turno y el ipod para que se desate el mismo concierto hostil de goterones que vaticinan incomodidades y gente colándose en las filas. Siempre ocurre lo mismo cuando es mayo o septiembre o julio o lo que sea. Esta condición de suyo insportable auna esfuerzos a la industria de la frustración, sobre todo, cuando se labora en el sitio predilecto de la burguesía criolla costarricense. Ciertamente Escazú es un despropósito. Pero el capitalismo requiere que sus centros-de-economia estén localizados en sitios climaticamente adversos para así capitalizar la adversidad. Escazú es, además, un enclave de conexión geopolítica entre las elites centroamericanas y la ya de por sí lamentable comunidad de exiliados venezolanos autoconvocados. Pero el asunto que me ocupa tiene que ver con otras cosas. Costa Rica es un país donde se suele incurrir en los ejercicios nostálgicos con insistente reiteración. Cuando nos desempeñamos como anfitriones casi todas las enunciaciones empiezan con "pero no siempre fue así, hacer unos años....". Y salta una duda no exenta de interés: cuánto de esto se relaciona con el hecho de lo que vivido y lo posteriormente narrado se confunden, muchas veces, con indudables amagos de ideología. Al aproximarnos a la cuestión del transporte público desde una perspectiva estructural nos topamos con las cosas de siempre: que lo único que importa es el lucro empresarial, no el bienestar ni los intereses ciudadanos; que es un ámbito estratégico para el desarrollo nacional (en los planos económico, social y cultural) y sin embargo el Estado no tiene mayor capacidad de intervención y regulación, salvo la que se refiere a los subsidios y el otorgamiento de permisos de línea; que el sistema de transporte público y su funcionamiento escapan al control estatal, pues está bajo el control de un sector particular de la sociedad (disperso, diverso y siempre en aumento) que es el de los empresarios del transporte colectivo. En un textito oportuno que pienso robarle a mi amigo Eduardo (Rusia 1931) César Vallejo se plantea estas cuestiones y concluye lo que los urbanistas del siglo XVIII nunca hubieran podido concluir, por obvias razones: que mientras prevalezca la protección de la propiedad privada nunca será posible resolver los problemas del transporte público. Más allá de lo encantadora que pueda parecernos esta frase (máxime proviniendo de Vallejo) conviene preguntarse ¿qué putas puede hacerse entonces mientras encontramos un procedimiento para cultivar sociedades sin propiedad privada en las áreas verdes de los parques? Yo diría que un país como Costa Rica no tiene solución a corto plazo. En primer lugar debemos recordar que las características topográficas, históricas y financieras de una ciudad como San José vuelven prohibitiva una solución a la europea. No tendría sentido expropiar una franja del ancho de una cuadra y hacer una Gran Vía desde Paseo Colón a La Galera. No es materialmente posible construir viaductos que en 10 años serán obsoletos. Lo interesante de todo esto es que repensar el sistema de transporte público supone otra tarea fundamental: repensar la territorialidad en la ciudad. Quizás no sea necesario ser beneficiarios de una imaginación como la de Italo Calvino para imaginar una ciudad en la que se conciba una territorialidad que integre las microcuencas en vez de entubar las acequias y pavimentar las zonas de recarga hídrica. Entretanto, no queda más que cumplir horarios y maldecir este país donde nos tocó nacer.

Imagen tomada de Infobus

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