
Ejercicios como este no son de suyo intrascendente. Son licencias que nos permitimos únicamente los aficionados a la literatura que no nos vemos en la obligación de ser celosos con lo que se dice de nosotros. A decir verdad ésta es una posición mucho más cómoda (acaso oportunista) que la que ocupan otros escritores, de quienes se habla en corillos y en facebooks y en revistas y en blogs y en mesas de bar. Por supuesto que padecemos ciertas privaciones pero no creo que ninguna de ellas sea motivo para gimoteos ni berrinches. Mientras los otros, tan afectos como son a creer en la inmortalidad del alma a través de sus obras, se encomiendan todas las noches a la posteridad, a los arqueólogos y a los editores del futuro, nosotros simplemente nos encomendamos a los santos y a las ánimas del santo purgatorio. Nadie podría negar, por otro lado, que resulta mucho menos oneroso pagarle misas a las ánimas que dispensar sonrisas, cenas y mesas de tragos, toda vez que sea preciso agenciarse una edición de lujo con cierta editorial. Los conciliábulos literarios, sean perpetrados por escritores malditos o por eunucos del oficialismo, no son un buen negocio. Antes bien, para nosotros escribir no representa nada parecido al goce estético ni mucho menos es resultado de una religiosidad trasladada. ¿Un Jesucristo gramatical? No. Escribimos porque nos gusta emular lo que leemos. Somos plagiadores clandestinos o detectives salvajes que buscan la paleta con la que Roberto Bolaño pintó sus novelas. No somos perseverantes ni precursores de nosotros mismos aunque hacemos de nuestro aislamiento un autobombo marginal. Y nadie nos escucha y nos preciamos de ello. Los más pretensiosos nos atrevemos a mostrar papelitos, poemarios o blogs. Sin embargo la mayoría transita por el ministerio de la vida como estudiante mediocre, ocupando puestos laborales, más o menos, atractivos y visitando librerías, ferias de libro y conferencias donde ningún panelista es amigo nuestro. Hacemos de la poesía y el texto corto (de menos de una cuartilla) una predilección casi febril pero aseguramos dedicar nuestros afanes a la producción de algo mayor. Nos gustaría escribir una novela como la de Alexander Obando o publicar en Tusquets como Luis Chávez. Nos encantaría recibir invitaciones para congresos literarios en el exterior porque los que se celebran en Costa Rica no nos hacen gracia. Somos holgazanes autoconvocados que nos jactamos de pasar las madrugadas releyendo a Manuel Puig, pero en realidad hacemos del insomnio un lugar propicio para las retransmisiones de Friends o para enlazar páginas culturales a nuestro facebook. Nuestros perfiles de blogger a menudo son una suerte de alterego y a veces no reparamos en caer escandalosamente en hipérboles de nosotros mismos. ¿Adictos a la literatura o a las etiquetas? Adictos, no más. Por supuesto que casi todos tenemos un blog y escribimos según la línea que tenga nuestro post más comentado. Presumimos de nuestras lecturas y en el fondo somos una especie de wiki-intelectuales. Si las muchachas guapas que antes leían a Bergson ahora leen a Deleuze nosotros lo leemos. No obstante, en la intimidad de nuestra habitación despotricamos contra la posmodernidad y nos sentimos románticos. En el fondo nos gustaría vivir en la pulp era y escribir aventuras como las de Lobo del Aire o novelas como Corazón. Si bien profesamos un respeto casi estruendoso por la figura del sabio decimonónico, nos gusta más la idea de ser un Hunter Thompson delirante que se inyecta mientras mira a Susan Sontag de la mano de Annie Leibovitz. Somos hijos de los beatniks y los hipsters porque nos tocó ser jóvenes después del rock ´n roll, el glam y el punk. Por eso somos devotos del indie rock. Por eso tenemos franelas como las de Kurt Cobain. Por eso nuestro sueño, más que darnos a conocer, consiste en ser descubiertos. Soñamos ser descubiertos como Los Beatles o Los Ramones y después anularnos en el olvido, en el mito de un traficante de armas de Harar, como Syd Vicius o como Dee Dee Ramone en Buenos Aires. Somos una generación de escritores enclosetados que tiene miedo de envejecer sin tener hijos y sin parecerse a sus padres.
3 comentarios:
Me gusta la caracterización, le faltó mas bar y mas vicio... pero claro todo son gustos, jajaja. Abrazos.
¡La puta que te llevó entre las patas! Esto es propaganda feroz pero de buen gusto, ¡JA JA JA!
Yo calzo en el molde hasta la parte en que hablás de indie rock y no sé qué otras yerbas digestivas, ah sí, el principito divino ese que se suicidó.
Sin padres y sin hijos... qué angustia.
Salud
Carlitos: yo creo que le faltó bar y vicio precisamente porque a la generación que representa le falta bar y vicio, más allá de la pose, por supuesto (jajaja)
Flaco: Ahora que se habla de anti-todo digamos entonces que se trata de anti-propaganda. Yo también calzo en el molde más o menos hasta donde decís. Claro, la idea era no retratarse del todo porque ese es el chiste de la propaganda y de la anti-propaganda jajajaja
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