martes, 4 de octubre de 2011

Posible genealogía moral cartaginesa: de conchos, terratenientes y rentistas


De Cartago podemos decir cualquier cosa excepto que es una ciudad proclive a la poesía.  Tampoco se ha caracterizado por sus ejercicios metafísicos, ni por su vida nocturna, ni, mucho menos, por esas frases lapidarias que hacen sonreír a los novelistas y enloquecer a los escritores de discursos presidenciales. Difícilmente uno pueda imaginarse una versión latina de Luis Gerardo Villanueva profiriendo "alea jacta est" al cruzar un suampo en las inmediaciones del río Reventado o en San Isidro de Cucaracha. De igual modo resulta en extremo trabajoso figurarse a Monseñor Ulloa componiendo la oración de San Fracisco de Asis o a Rolando Ferreto diseñando algo parecido la Pedrera de Gaudí.

Cartago es, sin más, un bonito lugar para ir a visitar a las tías enfermas. Quizás por eso la mayoría de las personas seculares lo define como ese vago espacio que se encuentra entre Terramall y La Posada de la Luna, entre el Sanatorio Durán y la Iglesia de Ujarrás. Por supuesto que existe un número nada desdeñable de católicos fervorosos que reconoce a Cartago como ese sitio humedo y ventoso que rodea a la la Basílica de los Ángeles y que alberga, durante una noche interminable de agosto, a insufribles peregrinos y vendedores de baratijas. Valga añadir, por cierto,  que muchos de esos católicos románticos hubieran preferido que La Negrita se apareciera en Naranjo o en Atenas, más allá del oprobio que significa transitar por el puente de la platina o la autopista de Caldera.  

Cartago es, además, un buen lugar para deshacerse de un gato o de un mal novio. No hay duda de que las muchachitas más conservadoras de Cartago sufren una suerte de transmutación moral una vez cruzan el Cerro de Ochomogo. En tal caso, las devotas candidatas a vestir santos se convierten en alucinados zorrones que no tienen reparo en olvidar sus escrúpulos en pos de una buena verga o una billetera. Eso explica que las niñas de "familia bien" siempre ansíen desposar a un josefino, aunque la vida y la dignidad les vaya en ello. Para infortunio suyo, la mayoría de las veces, las niñas de "familia bien" cartaginesa acaban casadas con niños de "familia bien" cartaginesa, protagonizando toda clase de cursilerías y sosadas, muy propias de los episodios finales de "Friends" que nadie pudo ver. Pero también existen las que no lo logran. Regularmente se trata de muchachas que, además de carecer de escrúpulos, carecen de belleza. Hablamos, pues, de las que al chile se quedan vistiendo santos y alimentando gatos ajenos. Sin duda, Cartago es un buen lugar para deshacerse de un gato o de un mal novio.

Las "familias bien" de Cartago regularmente han amasado sus fortunas a través de lo que lo que los marxistas llamarían "acumulación primitiva de capital". Pero no es necesario ir tan lejos. En el contexto cartaginés la acumulación primitiva de capital, en dos patadas, significa tener fincas y estafar peones. Es decir, que no pasan de ser conchos con hijos ilustrados y nietos que estrenaban pantalones guess en las procesiones de semana santa de los años 90. Naturalmente dichas familias han desarrollado una mitología del patriarca en la que éste dista mucho de ser el usurero atorrante que es. El patriarca, según este devaneo mitológico,  es el artífice de remotas abras y potreros que luego fueron fincas, después haciendas y, por último hipotecas o prendas de la banca trasnacional. No es de extrañar que algunos de los hijos del patriarca hayan ido a estudiar al extranjero con los fondos de la banca agrícola y hayan vuelto convertidos en tecnócratas despreciables que reniegan de su origen.

Por otro lado es importante recordar que casi todas las familias principales de Cartago tienen una hija buena para nada. A partir de los años noventa estas curiosas criaturas supieron aprovechar la apertura comercial y capitalizaron sus condiciones privilegiadas para irse a alguna playa del país sabiendo decir “podés venirte adentro” en varios idiomas. Otras de estas familias principales tuvieron hijos aficionados la piscodelia, los cuales se encargaron de transmitir sus conocimientos sobre sustancias piscotrópicas (celosamente aprendidos en el intercambio de AFS) a todos los vecinos. En definitiva, las familias principales casi siempre tienen hijas arribistas e hijos yonquis. Debo decir, sin embargo, que los que más me repugnan son los vástagos ejemplares que dicen trabajar picha y picha en las empresas del papá. Se trata de desagradables personitas con una moralidad intachable y unos genitales apocados. Todos ellos, indudablemente, van a misa y piensan que los adolescentes contemporáneos son playos. Siempre respetan al patriarca porque son los maestros de la mesa gallega.

Existen también los repentinos caciques que llegan de los pueblos aledaños a invertir su dudoso capital en la ruina de las ex familias principales. Son los nouveau riche o los entrepeneur que funcionan como testaferros de sórdidos lavadores de dólares. Tienen pésimo gusto y ocasionalmente desposan a alguno de los descendientes de patriarcas olvidados. Regularmente tienen esposas gritonas a quienes les quitaron un delantal para ponerles un X-Trail.

Una caminata por el centro histórico cartaginés puede ilustrar ese tránsito decadente que experimentan algunas familias principales. Los almacenes con apellido dieron paso a las cadenas de panaderías colombianas o a los parqueos. La casa donde nació el patriarca se convirtió en una boutique con diseños exclusivos para adolescentes periféricas  y madres  propensas al endeudamiento. Las tierras del patriarca, en el mejor de los casos,  fueron vendidas, aunque no son del todo infrecuentes los embargos y remates. La austeridad de los abuelos se trocó en la fastuosidad kitsch de las nueras que usan botox y los yernos con prostatitis temprana. En definitiva, la burguesía seudo aristócrata cartaginesa optó por vender sus modestos medios de producción para convertirse en un conjunto desarticulado de lánguidos rentistas. Algunos, incluso, cometieron apostasía y abdicaron de la fe católica (la única verdadera, por cierto). Otros siguieron esperando ser diputados por  Liberación Nacional y vieron morir a sus abuelas sin recordar que, más de una vez, el Chalet de Rafael Ángel Troyo sirvió de refugio etílico y literario para Ruben Darío y José Santos Chocano. Quizás, porque, en rigor, una provincia de un país centroamericano no es más ni menos que una provincia de un país centroamericano, independientemente de quien se emborrache en ella. Quizás, porque, en sentido estricto, la experiencia del pasado es una finca hipotecada.