
Porque ser un estúpido latinoamericano de esos enloquecidos por las fotografías en sepia y las canciones de antihéroes no significa, en sentido estricto, que pueden llegar y entrar a tu casa y patear a tu perro y estropear tu jardín. Y recordar, acaso, aquella vez en que estuviste apunto de escapar por tu ventana adolescente no equivale a sentir que la ventana era una suerte de frontera mística de tu edad. Pero de repente un ensordecedor torbellino de ladridos sepultó toda posibilidad de escapar con una guitarra desafinada al hombro y un paquete de cigarrillos derby suave. Eran los tiempos en los querías ser un rock star y te estremecías con los sencillos del ok computer y MTV hacía las veces de una panacea para tu acné y tus botas rotas. Asechabas el ropero de tu abuelo y sustraías prendas que bien podrían haber sido enterradas sentimentalmente con Kurt Cobain y adquirías otras tantas en las tiendas de ropa americana usada. Era sencillo y era sencillo también reprocharle a tu profesor de orientación no permitirte usar cabello largo. Pero todo eso no es más que un eco pueril que se escapó del hocico de un hippie remanente. Y quizás sólo aparece cuando intentás agredir tus recuerdos. A decir verdad tus años colegiales no fueron otra cosa que una alcancía de frustraciones y eras un sujeto que se masturbaba a escondidas de sí mismo y a despecho de su novia. Preferirías haber dicho que leías a Julio Cortazar y que tenías una camisa con la foto del Ché. Pero no. Eras un provinciano que hacía la romería con sus amigos y que se sentía muy rebelde cuando encendía un cigarrillo en el Alto de Ochomogo. Y no te preocupaba que las campanas de la tarde fueran eyaculaciones de pájaros taciturnos pero sí te avergonzabas de que tu madre, en temas de moda, fuera prácticamente una analfabeta. Eras un estúpido pero eso no significa que puedan llegar y echarte a patadas de tu empleo. Tampoco quiere decir, en sentido estricto, que tengás que ceder tu asiento a las mujeres que cargan niños para estimular la conmiseración del mundo. Cada vez que te apocás se te encoje el pene de tan triste. Y no basta adquirir docenas de cajas de te verde para desterrar la posibilidad de que un cangrejo te crezca en los pulmones y te suba por la garganta y te salga por la boca en forma de suspiro. Siempre al lado tuyo hay personas con ofertas curriculares mejores a las tuyas. Heredaste eso de tu padre y de tu abuelo y de tu bisabuelo quienes fueron desplazados, respectivamente, por la reforma del Estado, por los muebles euromobilia y por el Mercado Común Centroamericano. ¿Qué les ofrecés a los hijos que no has tenido? Venir a un mundo en cuyas calles es perfectamente factible que un sujeto le perfore el vientre a efecto de conseguir otra dosis de crack. O ser un funcionario de la gran burocracia globalizada de las trasnacionales y sentirte orgulloso de que tenga una jarra de la compañía. Ser un lector de Borroughts y un seguidor de Tom Waits que una tarde decidirá lanzarse del punte Los Anonos debido a tanta incomprensión. O un inmigrante que esconderá las boronitas del subdesarrollo bajo la alfombra de su sala. O un izquierdista chantilly de esos que pretende hacer de las transacciones comerciales un nicho de solidaridad y amor. De acuerdo, podés ser un estúpido pero eso quiere decir que tengan licencia para darte coscorrones cada vez que te equivocás. Porque vivir como un típico Latinoamericano, quizás, consiste en conferirle sentido a un espejismo. Aunque eso no quiere decir que, necesariamente, tenés que acreditar tu idoneidad en alguna oficina migratoria del primer mundo. Tener recuerdos de conciertos ska y de partidos de fútbol y del mundial Italia 90 no basta para que vengan y te digan que es absolutamente indispensable que aprendás a usar phtoshop. Por que quizás en 80 años el valle central de tu país será un reducto de parias, obreros de maquilas y ejércitos de desempleados acosados por desastres naturales. Mientras que los ganadores de este juego vivirán en Guanacaste junto a los nietos de Brad Pitt. Entonces, el presidente no podrá vivir sin aire acondicionado y ya nadie querrá darle de patadas a las amapolas de tu tumba.
1 comentarios:
Que bueno me recordo los domingos o sabados que salia de hatillo hacia la finca en Cartago con escala en el paruqe Keneddy con 5 tejas en la bolsa para comprar la pacha de guaro que me tomaba en la fila del concert y pagar el pase de vuelta junto a las ordas sudadas, olidas, borrachas y fumadas, que bajaban heridas, otra vez para sus cuevas, despues del carrucel de las patadas y codazos que en aquel tiempo le decian slam.
hoy muchas de esas bestias deben trabajar en Intel o sikes si no es que ya estan desempleadas y estoy seguro, hacian fila para ver a Vicente Fernadez hace 15 dias en el saprissa
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