
Felipe conoció a don Fernando porque el papá de Felipe siempre colaboró con el partido. Sin ser, en sentido estricto, un pegabanderas, el papá de Felipe supo decir y hacer las cosas que debía decir y hacer en el momento oportuno. Además utilizó distintivos los días de votación y una vez fue electo síndico de su distrito. De la misma manera, Felipe, que siempre fue un niño adelantado tanto en primaria como en secundaria, sentía inmensa simpatía por los asuntos políticos e incluso una vez fue presidente de la Asociación de Estudiantes de su Facultad. Podríamos convenir que Felipe era, como llaman las señoras de antaño, un tipo empunchado o, dicho de otro modo, un precursor de sí mismo que, desde jovencito, fue amigo de ganarse el cinco. Esas condiciones lo hacían merecedor atributos para la función pública y para el cabildeo de influencias. Por otro lado, era un tipo apuesto que siempre supo acompañarse de muchachitas cuyas gracias, por otro lado, las hacían beneficiarias de apellidos extranjeros y de properties en la playa. Transitó por la universidad como suelen transitar los muchachos de su vocación y estuvo en los bares apropiados en los momentos apropiados. La suma de sus modestos triunfos, aunado a las severas infusiones de halagos provenientes de su madre, hicieron que Felipe, además, fuera un tipo, como dicen, ególatra. Tales condiciones, sin embargo, nunca le impidieron comportarse como un auténtico cipayo de los señores que, como don Fernando, sumaban a sus bolsillos lo que restaban del erario público. Además, conviene señalar que don Fernando era un buen viejo que le permitió firmar cartas a su nombre y que, de vez en cuando, le autorizaba visitar a los mayores accionistas de algunos bufetes importantes. Felipe leía los periódicos a diario y preparaba informes para don Fernando. Curiosamente, los episodios en que Felipe difería de lo que don Fernando quería escuchar, eran, así sin más, aislados. Y Felipe opinaba de la guerra con escrupuloso rigor de aprendiz de diputado oficialista. Y sus amigos, a menudo, le consultaban respecto a la economía y las finanzas, así como sobre la conveniencia de tal o cual opción laboral. Para Felipe el mundo era similar a un mall en el que algunos aprovechan las oportunidades y otros (aunque sean la mayoría) no. Para ser justos, convendría subrayar que Felipe incurría en ciertas imprecisiones toda vez que opinara sobre cuestiones que iban más allá de su periférica visión de mundo. En pocas palabras, a Felipe la política internacional se le presentaba del mismo modo que a un centroamericano que vio a Mickey Mouse de niño y que creció, al igual que muchos otros latinoamericanos, con pac man y con la NBA. No obstante, podía ser categórico en sus intervenciones y aprovechaba cada oportunidad para desplegar su verborrea de leguleyo. En Felipe se reunían esas características, tan propias de las mentes obtusas, según las cuales la ley es la verdad. Pero las compañeras de Felipe, poco habituadas estimular su actividad mental, opinaban que Felipe era un buen partido y que, además, era muy divertido. Y en verdad lo era. Las pocas oportunidades en las que Felipe adquiría libros, sin excepción alguna, optaba por las ediciones que tenían la pasta más brillante. Él y sus amigos querían parecerse al canciller y cuando veían a los jefes de negociación del TLC sentían estremecimiento. Y se figuraban luciendo un sobretodo en Davos o en Washington y hasta programaban sus anuncios de facebook con el mismo rigor de un presupuesto nacional bianual. Naturalmente, Felipe gusta del ocio como cualquier mortal. Por eso, Guanacaste para él es un paraíso con altos condominios y, aunque pocas veces puede sufragar los gastos que representa vacacionar en tales sitios, tan pronto le cae dinero extra se marcha para allá con su novia de turno. Pese a que muestra una profunda sensibilidad respecto al medio ambiente (sobre todo si se trata de animales foráneos) cree que la inversión extranjera es la única alternativa ante el subdesarrollo. Felipe quiere resolver los problemas de su país y, a lo mejor, muy en el fondo, quiere que la posteridad lo agasaje con una escuela que lleve su nombre. La mayoría de mamás de este país quisiera un yerno como Felipe. La mayoría de muchachitas solteras cuya edad acaricia la treintena quisiera un novio como Felipe. La mayoría de diputados de este país quisiera súbditos como Felipe. La mayoría de electores de este país quisiera un diputado como Felipe. Él es el típico perfil alto del servidor público que sirve para servir a sus superiores. Y don Fernando se siente tan orgulloso de su discípulo. Aún a pesar de que las disposiciones presupuestarias le asignen suficientes recursos como para contar con los servicios de cuatro o cinco Felipes en su despacho. Para don Fernando ninguno de ellos es mejor que Felipe. Los problemas más fundamentales de la humanidad, en palabras de Felipe, tienen que ver con asuntos volutivos. Y piensa que en Latinoamérica la gente ya no quiere trabajar y que los musulmanes son una constelación de imbéciles capaces de autoinmolarse tan sólo porque no entienden la noción democracia. Y Felipe recuerda sus años infantiles cuando se conmovía con los caza F-117 y los apache que bombardeaban Irak y hasta tuvo un suéter que decía Desert Storm. En tiempos de bonanza es neoliberal y en tiempos de crisis cree que el Estado debe salvar a los inversionistas. Aunque no entiende un ápice de cálculo infinitesimal cita los índices macroeconómicos oficiales para legitimar la gestión del presidente. Aunque no entiende un ápice de la geometría del poder cursará un postrado y quizás su tesis tendrá citas bibliográficas de Michele Foucault. Para Felipe las personas se miden por metros o por títulos académicos. Alguna vez estuvo en el gimnasio e hizo promesas que nunca cumplió. Felipe conoció a don Fernando y así selló su futuro exitoso. Dentro de unos años, cuando viaje al supermercado, tendrá rostro grave y una estaca clavada en el ceño. Y mientras conduzca el auto a su casa preferirá ignorar esas huestes que continuamente se mudan de universo. Y seguirá opinando de política aunque el mundo sea una gigantesca chimenea donde crepitan todos esos panes que nunca se cocieron bien. Y llevará flores a la tumba de don Fernando
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