
Dicen los estudiosos que, a diferencia de la poesía clásica griega cuya preocupación pareciera ser predominantemente la construcción de sentido respecto al pasado, la poesía clásica hebrea manifiesta un indiscutible cariz profético. Se observa claramente que la punta del iceberg de la cultura occidental moderna se muestra como una síntesis entre estas dos tradiciones. Como si se opusiera una vocación memoriosa frente a otra de tipo auspiciosa. Los sucesivos anuncios de parusías frente al mito de ese otro ciego propenso a soñar con sirenas. Aristóteles diría que la percepción del antes y el después era una mera noción del observador. Para los occidentales transcurrirían algunas decenas de siglos antes de que se desarrollara una consideración del tiempo diversa a la aristotélica. Y la simultaneidad anunciada por ese antepasado de Darwin quedaría corta a los avatares del siglo XX. Toda época, no obstante, luce como una encrucijada de mundos. Aunque en el fondo quede la sospecha, casi borgeseana, de que pese a las sustituciones simbólicas (de un siglo por otro) algo permanece quieto. Se trata, por otro lado, de la posibilidad de conocer. El hecho de que algo queda de esas casas victorianas, demolidas por precoces burguesas y suplantadas por parqueos sucintos. Algo queda que te permite singlar por el entretejido de calles hasta reconocer la casa donde nació tu abuelo o la pulpería en la que compraste bolitas de queso tosty a cinco colones. ¿Qué sería de los viejos si no existiera la inflación? Desde los unánimes palcos de la vejez, ésta es quizás la única muestra de que algo cambia. Y es tal vez el más legítimo motor de la nostalgia. La tristeza se mide por cuños extintos: por los precios de aquellos bienes que nada dicen. Diariamente se rasuran cien mil trescientos veintidós edificios y desaparecen otros tantos. Mueren un millón doscientas cuarenta y dos mariposas cuyos cadáveres inundan las aceras antes de desaparecer con los primeros rayos del día. Un número equivalente de perros fallece en las autopistas y cerca de cuatrocientos treinta y dos mil gatos son objeto de castraciones abusivas. Pero nada de eso afecta la percepción que se tiene del inexorable paso del tiempo: sólo la devaluación. Y en sitios menos escrupulosos se sigue venerando el culto a la liquidez y al aumento en las exportaciones y mientras tanto el Banco Central ignora la existencia de esos viejitos y viejitas que se sientan en sus mecedoras con sus corredores hipotecados y los helechos invadidos de una milenaria sensación de que ya no alcanzan 10 pesos para comprar un bollo de pan. Y sufren. Y algunos lloran en silencio sin comprender que el mundo que habitan, de un modo o de otro, es apenas un juego de seducción entre lo que ya pasó y lo que aún no es.
* La imagen fue tomada de : www.factum.edu.uy/.../anaobs/2001/ano01023.html
2 comentarios:
Van pensar que me memorizo sus metáforas, pero "el miedo es un pequeño juego de seducción entre el pasado y el porvenir" (en Coto Ch., Fabián, ya ni me acuerdo dónde, pero yo lo cité una vez). Pero no era eso lo que quería decir, sino que justamente hoy estuve pensando en esos viejitos de las mecedoras y en el ejercicio de la nostalgia, aunque no sólo el de ellos, ellas, sino el nuestro también, del que obtiene réditos la gallito sacando una edición limitada de violetas. Y todo esto porque caminé una zona de San José que en la que los habitantes deben tener, junto con el carnet de ciudadanos de oro, el de nostálgicos empedernidos.
A la puta que sí, una propuesta menos poética es el decir que este mundo es la síntesis del pasado y el futuro. Algo como "el sueño de los héroes" de Cásares. Si, sigo con eso.
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