Más allá de todo, cómo me gusta este país en diciembre. ¡Cuánto lo quiero! Es más, lo quiero a pesar de sus políticos, que, de por sí, son iguales en todos lados. Y me gusta, a pesar de los aguaceros, que, de por sí, no son más que la evocación de un paraguas perdido. Definitivamente hay pocos lugares donde la culminación simbólica de un año se acompañe de un tiempo tan agradable. En el Norte hay frío atroz y en el Sur calor insoportable, mientras que acá la gente siempre tiene una excusa a mano para invitarlo a uno a comer tamales. Y entran ganas de caminar por Chepe y andar su cartografía y ver las ventanas en la Avenida Central y jugar a que existe en el mundo un sitio muy lejano y feo que se llama realidad social. Y en Alajuela y Heredia los atardeceres son iguales a los que imaginaba Carlos Salazar Herrera. Y en Cartago todo se pone como fresco y frágil, como que todo tintinea en medio de la neblina. Y las playas se llenan de muchachas con los ombligos llenos de arena y bronceador, de muchachas que tienen los dedos arrugados y los hombros poblados de pellijitos viejos y pecas encendidas. Tengo 31 años y confieso que en diciembre me pongo de buen humor. Cuando vengo del brete y paso por La Sabana y veo que hay un concierto y una feria y una muchacha guapa haciendo pic nic con un perro, un novio y una licra siento que vale la pena vivir en Costa Rica. Desde mi oficina, que está en un 5to piso, puedo ver una parte de la Cordillera Volcánica Central embarrada de nubes y campos cultivados.Y cuando voy en bus para Cartago veo el sol estrellándose contra las faldas del Irazú y veo las estribaciones de la Cordillera de Talamanca y tengo plena certeza de que en este momento hay decenas de viejillos de campo sacando guaro de contrabando y soasando hojas de tamal. En diciembre soy capaz de soportar las presas de Escazú, los editoriales de La Nación, la fascinación por los moles que tienen las familias rostipollescas y que Heredia sea campeón. En diciembre soy capaz de soportar el optimismo de los motivadores, la piedad oportunista del "Sueño de Navidad" y el narcisismo de las diferencias menores que manifiestan los que se toman las cosas siempre en serio. Condenar la navidad por su exaltación del consumo deviene apodíctico. Y, sin duda, sucumbir sin resistencia ante los elementos ideológicos-ideologizantes de diciembre es semejante a comer queque de navidad con rompope: sabe feo, engorda y es un desperdicio de licor (porque ni emborracha), pero que pereza da cuando la gente con quien lo comés persiste en recordártelo. De modo que no me jodan con La Trocha ni con Johnny Araya ni con el consumismo de Colacho, por lo menos, de aquí a enero que cumplo 32 años
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