martes, 14 de mayo de 2013

De una no tan repentina aversión a viajar

A mí me da pereza viajar. Lo digo de manera categórica y enfática: me da pereza, me aburre. Y es peor cuando se trata de viajes de brete. No entiendo por qué la gente es capaz de despellejarse en pos de que la manden de viaje aunque sea una semana a Tegucigalpa. A mi forma de ver, un viaje de brete es como cambiar de maceta a una flor fea.  

No me gustan los aeropuertos y los trámites migratorios me ponen sumamente tenso. Las  dimensiones de mis piernas  me impiden acomodarme en uno de esos tormentos universalmente conocidos como asientos de clase turística. Reconozco que cuando viajo disfruto la comida y me genera una enorme fascinación transgredir la ley federal y abrir subrepticiamente una botella de whiskey de la tienda duty free durante el vuelo. También disfruto ir a las librerías de una ciudad nueva y comprar de esos libros rarísimos con los que luego presumo frente a mis amigos. Sin embargo, si metemos todos estos elementos en una ecuación, sigue imponiéndose mi aversión por la modita esa del cosmopolitismo de millas de viajero.

Ciertamente, en otro momento de mi vida disfrutaba muchísimo cada vez que salía del país. Pero, claro, eran otros tiempos:  tenía veintipico de años,  10 libras menos y una profusa cabellera de color castaño. Cabe aclarar, por otro lado, que a penas y he visitado  algunos países latinoamericanos y un par de naciones europeas. Es decir, tampoco es que soy un Ryszard Kapucinski o Juan Pablo II. No obstante, creo, sin ánimo de exagerar, que una  modesta experiencia me asiste a la hora de decir que, aun en primera clase, cualquier vuelo de más de 5 horas es una completa mierda.

Viví casi un año fuera de Costa Rica, en una ciudad enorme, y acabé convencido de que soy un provinciano, un aldeano cuya vida adquiere sentido a partir de los almuerzos familiares, las rutas de bus con nombres incomprensibles, los encuentros casuales con amigos y las pequeñas certezas de un país en el que no ocurre nada. No me interesa nada más. Me basta con tener un salario que me permita seguir comprando libros  y salir a cenar de vez en cuando. Quizás por esa razón no logro comprender de qué va eso de la ambición y la vanidad profesional.

Uno de los corolarios de la globalización tiene mucho que ver con esta nueva nomenclatura del éxito: tanto más cuánto se viaja, mejor ponderada se encuentra nuestra posición en un brete. Es decir, siguiendo esa lógica, la próxima Presidenta de nuestro país podría ser una aeromoza de Taca.

Hoy en la mañana un compa me hablaba acerca de un artículo en el que se cuestionaba la eficacia de los viajes como herramienta de conocimiento. Pues yo pensaría que la mayoría de la gente que viaja, en efecto,  no amplía su panorama del mundo ni su acervo cultural.

Por poner un caso, hablemos de la Presidenta de Costa Rica. Laura Chinchilla sale de su casa en Escazú, digamos que toma uno de esos aviones que le presta alguna empresa generosa, vuela, se echa un rol,  llega a otro país latinoamericano y se hospeda en el Escazú de ese otro país latinoamericano. Imaginemos a la Presi, rodeada de hoteles tipo Escazú, restaurantes tipo Escazú, autopistas tipo Escazú, gente tipo Escazú y problemáticas tipo Escazú. Es decir, nunca salió de Escazú y sospecho que esa peculiaridad espacial es extrapolable a los linderos de su mentalidad.  

Y de repente todo es culpa de las divagaciones dialécticas y de las mamadas de Heráclito,  descendidas al sótano del Siglo XXI. Porque, dejémonos de varas, el barco de Teseo es, en rigor, el mismo barco, aunque sus maderos de pino hayan sido sustituidos por maderos de ceiba o de balsa. O dicho de otro modo, el hacha del abuelo sigue siendo el hacha del abuelo aunque haya tenido 3 mangos y 2 cabezas distintas.

Laura Chinchilla puede ir mil veces a Perú, sea en vuelo comercial o en charter, y seguirá siendo la misma trepadora arribista que es, la misma lastimosa cazafortunas que precisa del Estado para viajar como burguesa sin comprometer su patrimonio. Anabel González puede haber ido a pasear a medio mundo para buscar votos con plata de todos nosotros y sigue siendo la misma pelirroja, la misma abogada fea cuya visión de Estado queda reducida a una dudosa experiencia como hacedora de mandados para trasnacionales. Y estoy convencido de que los mochileros europeos que naufragan en las Rave Parties de Goa y los casi yuppies centroamericanos que viajan semanalmente a Guatemala o D.F., en definitiva, mantienen sus mismos límites cosmogónicos después de cada viaje. Porque, como decía Cafavis dirigiéndose a un viajero: la vida que destruiste acá, la has destruido en todo el mundo.

3 comentarios:

Filisteo dijo...

Todo cierto, pero sobró tanto Heráclito. El prestigio del cosmopolitanismo se lo debemos a quienes surfearon la colonia, Conrad, Hemingway y James Bond.

Uno que mira dijo...

Qué buen texto, entretenido. Casi lo volvería a leeer.

Jenaro dijo...

Lo de heráclito está circunscrito a un párrafo y no tiene nada qué ver con el cosmopolitismo; es decir, no se establece correlación entre esos elementos, sino que se plantea para ilustrar el asunto del barco de teseo y el "todo cambia"...