No me gustan los aeropuertos y los trámites migratorios me
ponen sumamente tenso. Las dimensiones de
mis piernas me impiden acomodarme en uno
de esos tormentos universalmente conocidos como asientos de clase turística. Reconozco
que cuando viajo disfruto la comida y me genera una enorme fascinación transgredir
la ley federal y abrir subrepticiamente una botella de whiskey de la tienda
duty free durante el vuelo. También disfruto ir a las librerías de una ciudad nueva
y comprar de esos libros rarísimos con los que luego presumo frente a mis
amigos. Sin embargo, si metemos todos estos elementos en una ecuación, sigue imponiéndose
mi aversión por la modita esa del cosmopolitismo de millas de viajero.
Ciertamente, en otro momento de mi vida disfrutaba muchísimo
cada vez que salía del país. Pero, claro, eran otros tiempos: tenía veintipico de años, 10 libras menos y una profusa cabellera de color castaño. Cabe aclarar,
por otro lado, que a penas y he visitado algunos países latinoamericanos y un par de naciones
europeas. Es decir, tampoco es que soy un Ryszard Kapucinski o Juan Pablo II.
No obstante, creo, sin ánimo de exagerar, que una modesta experiencia me asiste a la hora de
decir que, aun en primera clase, cualquier vuelo de más de 5 horas es
una completa mierda.
Viví casi un año fuera de Costa Rica, en una ciudad enorme, y
acabé convencido de que soy un provinciano, un aldeano cuya vida adquiere
sentido a partir de los almuerzos familiares, las rutas de bus con nombres
incomprensibles, los encuentros casuales con amigos y las pequeñas certezas de
un país en el que no ocurre nada. No me interesa nada más. Me basta con tener
un salario que me permita seguir comprando libros y salir a cenar de vez en cuando. Quizás por esa
razón no logro comprender de qué va eso de la ambición y la vanidad
profesional.
Uno de los corolarios de la globalización tiene mucho que
ver con esta nueva nomenclatura del éxito: tanto más cuánto se viaja, mejor ponderada
se encuentra nuestra posición en un brete. Es decir, siguiendo esa lógica, la
próxima Presidenta de nuestro país podría ser una aeromoza de Taca.
Hoy en la
mañana un compa me hablaba acerca de un artículo en el que se cuestionaba la
eficacia de los viajes como herramienta de conocimiento. Pues yo pensaría que
la mayoría de la gente que viaja, en efecto, no amplía su panorama del mundo ni su
acervo cultural.
Por poner un caso, hablemos de la Presidenta de Costa Rica. Laura
Chinchilla sale de su casa en Escazú, digamos que toma uno de esos aviones que
le presta alguna empresa generosa, vuela, se echa un rol, llega
a otro país latinoamericano y se hospeda
en el Escazú de ese otro país latinoamericano. Imaginemos a la Presi,
rodeada de hoteles tipo
Escazú, restaurantes tipo Escazú, autopistas tipo Escazú, gente tipo
Escazú y
problemáticas tipo Escazú. Es decir, nunca salió de Escazú y sospecho
que esa peculiaridad espacial es extrapolable a los linderos de su
mentalidad.
Y de repente todo es culpa de las divagaciones dialécticas y
de las mamadas de Heráclito, descendidas
al sótano del Siglo XXI. Porque, dejémonos de varas, el barco de Teseo es, en
rigor, el mismo barco, aunque sus maderos de pino hayan sido sustituidos por
maderos de ceiba o de balsa. O dicho de otro modo, el hacha del abuelo sigue siendo el hacha del abuelo aunque haya tenido
3 mangos y 2 cabezas distintas.
Laura Chinchilla puede ir mil veces a Perú, sea en
vuelo
comercial o en charter, y seguirá siendo la misma trepadora arribista
que es,
la misma lastimosa cazafortunas que precisa del Estado para viajar como
burguesa
sin comprometer su patrimonio. Anabel González puede haber ido a pasear a
medio mundo para buscar votos con plata de todos nosotros y sigue
siendo la misma pelirroja, la misma abogada fea cuya visión de Estado
queda reducida a una dudosa experiencia como hacedora de mandados para
trasnacionales. Y estoy convencido de que los mochileros europeos
que naufragan en las Rave Parties de Goa y los casi yuppies
centroamericanos que
viajan semanalmente a Guatemala o D.F., en definitiva, mantienen sus
mismos
límites cosmogónicos después de cada viaje. Porque, como decía Cafavis
dirigiéndose a un viajero: la vida que destruiste acá, la has destruido
en todo el mundo.
3 comentarios:
Todo cierto, pero sobró tanto Heráclito. El prestigio del cosmopolitanismo se lo debemos a quienes surfearon la colonia, Conrad, Hemingway y James Bond.
Qué buen texto, entretenido. Casi lo volvería a leeer.
Lo de heráclito está circunscrito a un párrafo y no tiene nada qué ver con el cosmopolitismo; es decir, no se establece correlación entre esos elementos, sino que se plantea para ilustrar el asunto del barco de teseo y el "todo cambia"...
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