martes, 9 de abril de 2013

De mi aversión a los chiquitos gordos: un caso de bullying en la Escuela Winston Churchill en 1993


Nunca he sentido un especial cariño por los carajillos gordos. Es más, diría que los detesto. En principio, mi rechazo, que bien puede catalogarse como un transtorno de adipofobia severa,  se debería al hecho de que durante mi infancia fui víctima de frecuentes abusos y agresiones en las que siempre había un gordo peleón y pecoso.

Ciertamente en el patio de mi infancia los bravucones eran mocosos gordos con pantaloneta y corte de pelo tipo militar. Se me viene a la cabeza el ominoso nombre de Lisandro, un compañero de kinder cuyas bravuconadas me acompañaron, incluso,  hasta una tarde de sábado en el Cine Cartago en la que yo trataba de poner atención a un extraterrestre pendejo que se ganaba el cariño de Elliot. Lisandro se pasó toda la película hablándome e interrumpiendome y yo, preso de un miedo atroz, no me atrevía a ignorarlo. Mi papá estaba cabreadísimo porque era la primera vez que él me llevaba al cine y yo me debatía al filo de la butaca, intentando reivindicar una masculinidad maltrecha.

Al final, nunca supe muy bien de qué iba E.T. y mi papá no volvió a sacrificar sus fines de semana de cacería en pos de una matinée infantil.

Ahora pienso en Roy, un compañero de sexto grado, gordo, pecoso y matón, que se regocijaba con mi miedo. Roy acostumbraba pasar todo el día sentado al lado mío, copiando mis apuntes y asignaciones (dado que él era un auténtico caballo). Cualquier observador hubiera dicho que éramos mejores amigos. Sin embargo, cuando se aproximaba la hora de salida, inexplicablemente, él cambiaba de ánimo y se inventaba alguna excusa ridícula para amenazarme y decirme que sus puños me iban a infligir una vergueada legendaria. ¿Yo qué iba hacer?. No quedaba otra alternativa.  Me cagaba y entraba en pánico, pues Roy era un auténtico volador de pichazos y sus hazañas eran reconocidas más allá del circuito escolar al que pertenecíamos.

Todas estas situaciones me obligaron a desarrollar una habilidad extraordinaria para mentir.

En el caso de los abusos de Roy hice acopio de todos mis encantos y le metí una chana a la Niña Rosario Cabrera (que así se llamaba nuestra maestra), según la cual yo estaba tomando un tratamiento médico muy estricto que requería mi presencia en casa a las 5:30 p.m., es decir, 10 minutos antes de la hora de salida. La Niña Rosario, por supuesto, creyó todo lo que dije y no puso el menor reparo ante mis demandas.

En septiembre todavía la cosa iba super bien. Mi conducta evitativa demostraba ser más exitosa que cualquier tentativa de enfrentar a Roy o, por lo menos, de acusarlo a la Niña o a la Directora, con quien tenía también una excelente relación, luego de que yo pusiera en el alto el nombre de la escuela en el concurso de geografía. Estoy seguro de que todo el resto del sexto grado hubiera transcurrido con normalidad de no ser porque, debido a alguna extraña razón, un jueves de fines de septiembre mi papá decidió ir a recogerme a la Escuela.

A las 5:32 p.m. mi papá y yo nos topamos en la esquina noroeste del Vicente Lachnner. Esa fue la primera vez que me quedé sin argumentos.    

En defintiva, se hizo un burumbún. Mi familia fue a hablar con la Niña Rosario y con la Directora y me confrontaron y me presionaron hasta que yo, hecho un mar de mocos y verguenzas, confesé que le tenía miedo a Roy porque él me quería romper el hocico. Al principio sentí mucho alivio porque todos me apoyaron y, sobre todo, mis compañeras se encargaron de velar por mi integridad. Luego me sentí miserable. Naturalmente era previsible que Roy estuviera furioso debido a mi sapada. No obstante, su reacción fue bastante peculiar. Me dijo que no entendía, que él todo lo hacía vacilando, que hubiera bastado que yo le dijera que no me cudraban esas bromas y que no quería hacerme sentir mal. Al final, Roy si creía que era mi amigo.

Cuando llegué a la casa, mi abuelo Memo me dio uno de los regalos que más atesoro y uno de los mejores consejos que alguien me ha dado. Me dio una daga paskitaní y me dijo: "vea, uno siempre va a tener que pelear con alguien y no siempre va a poder echarse para atrás; cuando eso pase usted tiene que plantarse y no arrugarse, si le están ganando entonces lo muerde, le tira una piedra, le pega con el paraguas, lo patea en los tosteles y si ya la cosa no tiene solución, entonces saca la cuchilla y lo corta".

A partir de ese día y hasta la fecha, en alguno de los compartimentos de mi bulto hay una cuchilla.

No sé qué ocurrió con Roy, con Lisandro y con todos los gordos de mi infancia. Alguna vez, cuando tenía ya 15 años, salí de mi casa con la resuelta intención de ir a buscar a Roy a su casa en el Bosque de Churuca  para pegarle un par de manazos y perforarle el bazo con un Walther P38. Afortunadamente no lo encontré. Sospecho que ese lamentable acto de reivindicación, a la postre,  habría acabado sepultando cualquiera de mis presunciones de masculinidad.

Alguien me dijo que Roy, actualmente, se desempeña como conductor de un camión. De cualquier modo estoy seguro de que, encaso de toparnos alguna vez,  ninguno de los dos sería capaz de reconocer al otro. A menudo, cuando veo las noticias de Corea me imagino que si Kim Jong-un hubiera crecido en el Bosque de Churuca, de fijo, se hubiera parecido mucho al Roy que me intimidaba en el año 1993.    

2 comentarios:

Gustavo Solórzano-Alfaro dijo...

Volvemos con la onomástica. Desde un Roy en Churuca, yo recuerdo a dos gordos de mi infancia: Minor y Jonathan. Menudos nombres.

El primero compañero del kínder, donde mi mejor amigo me hacía llorar contándome el apocalipsis. Era mi primera excursión al mundo y Minor era vecino y hasta buena gente. Una vez en el "play" me quitó mi lonchera. Yo me quedé desconsolado llorando, hasta que llegó Carlos, vio lo que pasaba y se fue a perseguirlo. Yo no vi lo que pasó, pero Carlitos me contó que delante de la mama de Minor le pateó los güevos, rescató mi lonchera y le quitó la suya.

Ese acto quedó grabado en mi memoria y esta es la prueba.

El otro era compañero de la escuela, y como todos, nos llevábamos bien hasta que surgía una que otra pelea. No sé como, pero en esos simulacros que son nada más rodar agarrados por el piso, siempre le pude.

Siempre he sido chiquitillo y nunca fui peleador, pero por alguna razón nadie se metía conmigo... por suerte, porque hay otras historias, algunas vergonzantes por ridículas o por mi cobardía; otras porque una vez ya muy, muy adulto hube de recurrir al mordisco que te aconsejó tu abuelo.

Saludos

Jenaro dijo...

jajajaja!! Mae Tavo, es que "los chiquitillos" siempre son habilidosísimos para los mecos. Mi papá siempre me dijo "güevón, siempre tenga cuidado cuando le toque pelear con un taponcillo, esos son los peores" jajaja