Johnny Araya llegó a la
candidatura del PLN como Mijares llegó al baño de mujeres. O, lo que es
igual, como un samuleador roto que intenta redimirse. Está claro que
Araya tuvo que cargar con la mala fama que heredó de sus parientes. Por
un lado, un tío gordo, borracho y decadente, en cuyo gobierno se
engaletaron el Fondo Nacional de Emergencias. Y por el otro, un hermano
fracasado y new age que, justa o injustamente, figuró en medios como
icono publicitario de los engranajes de Ricardo Alem.
Aunado a todo esto, "El Manatí" de Palmares (en virtud de sus
dimensiones, no sería verosimil llamarle "El Delfin") se las tuvo que
ver, nada más y nada menos, que con los hermanos Arias. Y si bien es
cierto que contó con el inestimable apoyo de medios como Telenoticias y
La Nación, no podemos negar que haya algo de mérito en su faena.
En cierto modo, se percibe también una suerte de naturalidad en la
candidatura de Araya. Hay, en defintiva, una determinación estructural
que explica por qué él debe ser el próximo presidente de Costa Rica. Y
es que Johnny Araya se convertiría en el primer mandatario Combate o el
primer presidente chinamero del país. Por supuesto que dentro de esta
perspectiva, el episodio Laura Chinchilla no pasa de ser una
lamentable y accidental transición hacia formatos de gobierno y modos
de producción de la realidad basados en Zelmirazos y Chinamazos.
Johnny Araya es, en definitiva, una Laura Chinchilla laicizada, que
se permite disfrutar las hazañas de los travestis toreros de Canal 7
sin necesidad de pedirle permiso a Monseñor. Y mientras Óscar Arias
representa el anacronismo sigloveintero del líder dudosamente ilustrado,
Johnny Araya encarna la premisa básica del populismo de reality show
típico del siglo XXI.
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Hace 11 años
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