viernes, 14 de junio de 2013

Unas palabras sobre Johnny

Johnny Araya llegó a la candidatura del PLN como Mijares llegó al baño de mujeres. O, lo que es igual,  como un samuleador roto  que intenta redimirse.  Está claro que Araya tuvo que cargar con la mala fama que heredó de sus parientes.  Por un lado, un tío gordo, borracho y decadente, en cuyo gobierno se engaletaron el Fondo Nacional de Emergencias. Y por el otro, un hermano fracasado y new age que, justa o injustamente,  figuró en medios como icono publicitario de los engranajes de Ricardo Alem. 

Aunado a todo esto, "El Manatí" de Palmares (en virtud de sus dimensiones, no sería verosimil llamarle "El Delfin") se las tuvo que ver, nada más y nada menos, que con los hermanos Arias. Y si bien es cierto que contó con el inestimable apoyo de medios como Telenoticias y La Nación, no podemos negar que haya algo de mérito en su faena. 

En cierto modo, se percibe también una suerte de naturalidad en la candidatura de Araya. Hay, en defintiva, una determinación estructural que explica por qué él debe ser el próximo presidente de Costa Rica.  Y es que Johnny Araya se convertiría en el primer mandatario Combate o el primer presidente chinamero del país.  Por supuesto que dentro de esta perspectiva, el episodio  Laura Chinchilla no pasa  de ser una lamentable y accidental transición hacia formatos de gobierno y  modos de producción de la realidad basados en Zelmirazos y Chinamazos.

Johnny Araya es, en definitiva,  una Laura Chinchilla laicizada, que se permite disfrutar las hazañas de los travestis toreros de Canal 7 sin necesidad de pedirle permiso a Monseñor. Y mientras Óscar Arias representa el anacronismo sigloveintero del líder dudosamente ilustrado, Johnny Araya encarna la premisa básica del populismo de reality show típico del siglo XXI.

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