lunes, 13 de agosto de 2012

Una posible teoría de las variables ocultas en el ámbito de la cultura (o del mondongo y la ambición de neutralidad del lenguaje correcto)

Existe un amplio consenso en cuanto al hecho, ya de por sí dudoso, de que José María Figueres Olsen puso de moda la equifonía de género en la oratoria política costarricense. En cierto modo eso es comprensible, pues no cabe la menor duda de que Figuerillos introdujo una serie de elementos posestructuralistas y deconstructivistas en su campaña.

No quiero gastarla ni excederme en conjeturas baldías. Pero nadie podría negar que los ejercicios retóricos de Chema suponían un tratamiento diferente  del lenguaje, que reducía la enunciación política a una posibilidad de sentido dada por los modismos y los artificios:  pronunciar como hablaban los peones de la finca  o diferenciar el “ellos” del “ellas”.

En Chema el sentido era el envoltorio, el envoltorio era la retórica, y la retórica era decir “srhres” y “cuashro” y meterse a las cocinas de las casas humildes a destapar ollas . Y si eso no es posmo, que le atribuyan a Heidegger el último plan quinquenal de Stalin.  

Está claro, entonces, que Figuerillos era un jugado y que, ante cámaras, comía gallos de papa y se preciaba de tener un bigotazo, que lo mismo podía pertenecer a un chapeador de León Cortés, que a un marinero danés o a un catalán xenófobo.

Recuerdo bien su campaña. Yo cursaba el último año de primaria en la escuela Winston Churchill de Cartago y Snow y Jerry Rivera sonaban en casi todos los bailes de mi generación. Sería imperdonable prescindir de una de esas imágenes inconfundibles de la época: las maestras con vestidos largos y floreados o con motivos tropicales (un estampado de frutas, tal vez un aguacate), las conserjes con delantal a cuadros (acomodando alguna silla o una "olla de arroz con pollo"), los carajillos jugando "canchitas pequeñas" con un tarro de HiC (porque los días de baile no se valía, del todo, llevar bola) y las carajillas emulando alguna coreografía de dudosa dificultad.

Predominantemente, los “niños bien” de mi escuela tenían papás que votaban por el PLN, mientras que el resto tenía  papás que votaban al calderonismo por un asunto de “principios” o  “resentimientos”. Nadie tenía papás comunistas y,  en los marcos de la ambigüedad del “bienestar capitalista”, podría decirse que, pese a los pesares, por ese entonces, las cosas funcionaban bien en Costa Rica y en la escuela Winston Churchill de Cartago.  

Ahora,  si me permitiera una digresión adicional  diría que si los hijos de Gianni Vatimo hubieran ido de intercambio a mi escuela, la diferencia no sería, en rigor, una aventura ni una "posmo-verdad", sino un "no saber bailar" o un "no poder jugar jupitas" y, con certeza, los retoños de Vatimo hubieran dicho que su papá le iba a Figueres. Sucede que aún en los 90, en determinados escenarios,  ser calderonista era un accidente susceptible de interpretaciones hostiles y sospechas, casi tan atroces como ser pandereta.

Pero en Chema, por primera vez, el ámbito de tensionalidades asociadas a la búsqueda de la equidad se traslada a una dimensión estrictamente lingüística. No estaría de más añadir que, ya a fines del siglo XX, en muchas partes del mundo (los países de lengua germánicas son una notable excepción), se empezaba a generalizar ese temita de la neutralidad en el lenguaje e, incluso, comenzaba a percibirse como una moda más. En nuestro continente, por ejemplo, la algarabía de la conmemoración del 5to centenario en 1992 también permeó las aristas del discurso político, provocando una profusión, casi absurda, de términos neutros para designar a los que antes fueron conocidos como  “cholos”.

Pero no nos quedemos en los ejercicios correlativos. En cierto modo se todo esto se trata de  un asunto coyuntural y difícilmente podamos encontrar en Figuerillos, o en otro mandatario de turno, elementos suficientes como para ofrecer una explicación satisfactoria, acerca de las determinaciones estructurales que subyacen en este proceso. Es decir, resulta perfectamente lícito decir que, a simple vista, la institucionalización de la ambición de neutralidad en el lenguaje político deviene  circunstancial.  

Sin embargo, a mí eso también se me hace cuento. Prefiero pensar que hay una suerte de teoría de las variables culturales ocultas que explica, entre otras cosas,  por qué existe esa ambición de neutralidad y por qué los reos ahora deben nombrarse “privados de libertad”. Ante la soberbia del relativismo cultural o el agotamiento del materialismo histórico, se me ocurre que, quizás,  no hay nada mejor que echar mano al viejo positivimo determinista y coquetearle a la tozudez de los físicos de principios de siglo XX. Sucede que yo, como todo cartago, soy un reaccionario epistemo-ilógico.

Así, sin más, la existencia de tales parámetros adicionales (ocultos o desconocidos) permitiría construir una teoría completa de la cultura. En principio, esta teoría de las variables ocultas explicaría algunas paradojas de la cultura contemporánea, como, por ejemplo, por qué las generaciones de la retromanía no comen mondongo ni leen a Pérez Galdós (por cierto, resulta particularmente llamativo que la obra de Pérez Galdós siempre se encuentre en los anaqueles de 2 x 1 de las Compra y Venta o en la categoría de “free kindle books” de Aamazon). Y, por supuesto, una teoría que permita construir una matriz de interpretación para fenómenos tan aparentemente diversos (a saber, el gusto por la sopa de mondongo y la literatura de Benito Pérez Galdós), es, en efecto, un articulador de la completitud epistemológica y ontológica.

De este modo, se abre la posibilidad para la comprensión del fenómeno de  la platina y los partidos panderetas, los hermanos Arias y Karina Bolaños, Laura Chinchilla y Guimaraes, Laureano Albán y Lavolpe, la comida para celiacos y el índice de felicidad, entre otras cosas. Básteme añadir, por último, que la teoría de las variables ocultas entrelaza desde una perspectiva analítica (más allá de lo correlativo) el triunfo  de Figuerillos en el 94 y los ulteriores disuasivos que surgen cuando uno le va a decir “negro” a un afrodescendiente o “mensajero” a “un facilitador de comunicación personalizada”

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