No
quiero gastarla ni excederme en conjeturas baldías. Pero nadie
podría negar que los ejercicios retóricos de Chema suponían un
tratamiento diferente del lenguaje, que reducía la enunciación política
a una posibilidad de sentido dada por los modismos y los artificios:
pronunciar como hablaban los peones de la finca o diferenciar el
“ellos” del “ellas”.
En
Chema el sentido era el envoltorio, el envoltorio era la retórica, y la
retórica era decir “srhres” y “cuashro” y meterse a las cocinas de las
casas humildes a destapar ollas . Y si eso no es posmo, que le atribuyan
a Heidegger el último plan quinquenal de Stalin.
Está
claro, entonces, que Figuerillos era un jugado y que, ante cámaras,
comía gallos de papa y se preciaba de tener un bigotazo, que lo mismo
podía pertenecer a un chapeador de León Cortés, que a un marinero danés o
a un catalán xenófobo.
Recuerdo
bien su campaña. Yo cursaba el último año de primaria en la escuela
Winston Churchill de Cartago y Snow y Jerry Rivera sonaban en casi todos
los bailes de mi generación. Sería imperdonable prescindir de una de
esas imágenes inconfundibles de la época: las maestras con vestidos
largos y floreados o con motivos tropicales (un estampado de frutas, tal
vez un aguacate), las conserjes con delantal a cuadros (acomodando
alguna silla o una "olla de arroz con pollo"), los carajillos jugando
"canchitas pequeñas" con un tarro de HiC (porque los días de baile no se
valía, del todo, llevar bola) y las carajillas emulando alguna
coreografía de dudosa dificultad.
Predominantemente,
los “niños bien” de mi escuela tenían papás que votaban por el PLN,
mientras que el resto tenía papás que votaban al calderonismo por un
asunto de “principios” o “resentimientos”. Nadie tenía papás comunistas
y, en los marcos de la ambigüedad del “bienestar capitalista”, podría
decirse que, pese a los pesares, por ese entonces, las cosas funcionaban
bien en Costa Rica y en la escuela Winston Churchill de Cartago.
Ahora,
si me permitiera una digresión adicional diría que si los hijos de
Gianni Vatimo hubieran ido de intercambio a mi escuela, la diferencia no
sería, en rigor, una aventura ni una "posmo-verdad", sino un "no saber
bailar" o un "no poder jugar jupitas" y, con certeza, los retoños de
Vatimo hubieran dicho que su papá le iba a Figueres. Sucede que aún en
los 90, en determinados escenarios, ser calderonista era un accidente
susceptible de interpretaciones hostiles y sospechas, casi tan atroces
como ser pandereta.
Pero
en Chema, por primera vez, el ámbito de tensionalidades asociadas a la
búsqueda de la equidad se traslada a una dimensión estrictamente
lingüística. No estaría de más añadir que, ya a fines del siglo XX, en
muchas partes del mundo (los países de lengua germánicas son una notable
excepción), se empezaba a generalizar ese temita de la neutralidad en
el lenguaje e, incluso, comenzaba a percibirse como una moda más. En
nuestro continente, por ejemplo, la algarabía de la conmemoración del
5to centenario en 1992 también permeó las aristas del discurso político,
provocando una profusión, casi absurda, de términos neutros para
designar a los que antes fueron conocidos como “cholos”.
Pero
no nos quedemos en los ejercicios correlativos. En cierto modo se todo
esto se trata de un asunto coyuntural y difícilmente podamos encontrar
en Figuerillos, o en otro mandatario de turno, elementos suficientes
como para ofrecer una explicación satisfactoria, acerca de las
determinaciones estructurales que subyacen en este proceso. Es decir,
resulta perfectamente lícito decir que, a simple vista, la
institucionalización de la ambición de neutralidad en el lenguaje
político deviene circunstancial.
Sin
embargo, a mí eso también se me hace cuento. Prefiero pensar que hay
una suerte de teoría de las variables culturales ocultas que explica,
entre otras cosas, por qué existe esa ambición de neutralidad y por qué
los reos ahora deben nombrarse “privados de libertad”. Ante la soberbia
del relativismo cultural o el agotamiento del materialismo histórico,
se me ocurre que, quizás, no hay nada mejor que echar mano al viejo
positivimo determinista y coquetearle a la tozudez de los físicos de
principios de siglo XX. Sucede que yo, como todo cartago, soy un
reaccionario epistemo-ilógico.
Así,
sin más, la existencia de tales parámetros adicionales (ocultos o
desconocidos) permitiría construir una teoría completa de la cultura. En
principio, esta teoría de las variables ocultas explicaría algunas
paradojas de la cultura contemporánea, como, por ejemplo, por qué las
generaciones de la retromanía no comen mondongo ni leen a Pérez Galdós
(por cierto, resulta particularmente llamativo que la obra de Pérez
Galdós siempre se encuentre en los anaqueles de 2 x 1 de las Compra y
Venta o en la categoría de “free kindle books” de Aamazon). Y, por
supuesto, una teoría que permita construir una matriz de interpretación
para fenómenos tan aparentemente diversos (a saber, el gusto por la sopa
de mondongo y la literatura de Benito Pérez Galdós), es, en efecto, un
articulador de la completitud epistemológica y ontológica.
De este modo, se abre la posibilidad para la comprensión del fenómeno de la platina y los partidos panderetas, los hermanos Arias y Karina Bolaños, Laura Chinchilla y Guimaraes, Laureano Albán y Lavolpe, la comida para celiacos y el índice de felicidad, entre otras cosas. Básteme añadir, por último, que la teoría de las variables ocultas entrelaza desde una perspectiva analítica (más allá de lo correlativo) el triunfo de Figuerillos en el 94 y los ulteriores disuasivos que surgen cuando uno le va a decir “negro” a un afrodescendiente o “mensajero” a “un facilitador de comunicación personalizada”


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