lunes, 27 de agosto de 2012

Los lunes y la epistemología: Cartago perdió ayer en casa contra Carmelita

Los lunes es frecuente amanecer sin café y eso suele ponerme de mal humor. Y es que los lunes, apesar de lo que digan algunos psicólogos contemporáneos, siguen siendo como lentes que amplifican el tedio y la nostalgia. 

Los martes son peores, sin embargo los lunes me duelen  más. En definitiva, odio los lunes. Bastaría, tal vez, tomar la precaución de comprar café el domingo por la noche o diseñar un presupuesto de compras cuyos topes y empalmes ronden la media semana. No obstante hay algo más.

Quizás lo que más me molesta de los lunes es esa imposibilidad de agredirlos directamente. Es decir, la fortaleza e imbatibilidad de los lunes viene dada por su propio carácter intangible y convencional. Esta sensación de impotencia, ciertamente, se vincula con una extraña forma de relacionar mi vida y mis actos con los objetos que me rodean. 

De niño tenía la impresión de que los objetos inanimados estaban provistos de una suerte de espíritu que los volvía susceptibles de ciertas exigencias éticas. Por ejemplo, cada vez que me golpeaba un dedo con la pata de la cama descargaba toda mi furia contra ella. De acuerdo con mi cosmogonía de boronas de pan y carritos matchbox: la cama era la responable. Y aunque también solía prodigar un cariño extremo a ciertas cosas a las cuales les atribuía virtudes y propiedades superiores a la de cualquier amiga o familiar, en su mayoría, la exigibilidad ética se reducía al reproche. 

De este modo, pienso, si los lunes fueran una cosa, digamos parecida a un lapicero o un mueble, podría levantarme al inicio de semana y entrarle a patadas y reprocharle abiertamente por el café o por el frío o por los mensajes de motivación de facebook o por los idiotas de la radio y la tele que persisten en hacernos creer que la semana puede ser buena y feliz.  

Ahora que lo pienso, también me molesta esa propensión gnoseológica que todos tenemos, según la cual todo conocimiento es una ontogenesis o una arqueología. De hecho, eso acabo de hacer cuando me puse a azotar los recuerdos de infancia, tratando de encontrar, digamos, una historicidad a mi conducta, prodigando dudosas singularidades que, a lo mejor, solo existen en mi mente y en mi debilidad por las diferencias menores. Yo creería  que esa es una de las mayores trampas de la epistemología: la búsqueda de legitimidad a través de la historicidad. 

De cualquier modo, volviendo a lo de los lunes, lo cierto es que son referentes espaciales a partir de los cuales se proyecta un cómputo de tiempo al que llamamos semana y que, la mayoría de las veces, está rodeada de vacío y pequeños fracasos. Esta es es la epistemología de los seres humanos que habitan una realidad sin diferencias ni aventuras: los lunes. Todo lo demás es mierda y no me importa. Y, por si fuera poco, Cartago perdió ayer en casa contra Carmelita

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