Los
lunes es frecuente amanecer sin café y eso suele ponerme de mal humor. Y
es que los lunes, apesar de lo que digan algunos psicólogos
contemporáneos, siguen siendo como lentes que amplifican el tedio y la
nostalgia.
Los martes son peores, sin embargo los lunes me duelen más.
En definitiva, odio los lunes. Bastaría, tal vez, tomar la precaución de
comprar café el domingo por la noche o diseñar un presupuesto de
compras cuyos topes y empalmes ronden la media semana. No obstante hay
algo más.
Quizás lo que más me molesta de los lunes es esa imposibilidad
de agredirlos directamente. Es decir, la fortaleza e imbatibilidad de
los lunes viene dada por su propio carácter intangible y convencional.
Esta sensación de impotencia, ciertamente, se vincula con una extraña
forma de relacionar mi vida y mis actos con los objetos que me rodean.
De niño tenía la impresión de que los objetos inanimados estaban
provistos de una suerte de espíritu que los volvía susceptibles de
ciertas exigencias éticas. Por ejemplo, cada vez que me golpeaba un dedo
con la pata de la cama descargaba toda mi furia contra ella. De acuerdo
con mi cosmogonía de boronas de pan y carritos matchbox: la cama era
la responable. Y aunque también solía prodigar un cariño extremo a
ciertas cosas a las cuales les atribuía virtudes y propiedades
superiores a la de cualquier amiga o familiar, en su mayoría, la exigibilidad ética se reducía al reproche.
De este modo, pienso, si
los lunes fueran una cosa, digamos parecida a un lapicero o un mueble,
podría levantarme al inicio de semana y entrarle a patadas y reprocharle
abiertamente por el café o por el frío o por los mensajes de motivación
de facebook o por los idiotas de la radio y la tele que persisten en
hacernos creer que la semana puede ser buena y feliz.
Ahora que lo
pienso, también me molesta esa propensión gnoseológica que todos
tenemos, según la cual todo conocimiento es una ontogenesis o una
arqueología. De hecho, eso acabo de hacer cuando me puse a azotar los
recuerdos de infancia, tratando de encontrar, digamos, una historicidad a
mi conducta, prodigando dudosas singularidades que, a lo mejor, solo
existen en mi mente y en mi debilidad por las diferencias menores. Yo
creería que esa es una de las mayores trampas de la epistemología: la
búsqueda de legitimidad a través de la historicidad.
De cualquier modo,
volviendo a lo de los lunes, lo cierto es que son referentes espaciales a
partir de los cuales se proyecta un cómputo de tiempo al que llamamos
semana y que, la mayoría de las veces, está rodeada de vacío y pequeños
fracasos. Esta es es la epistemología de los seres humanos que habitan
una realidad sin diferencias ni aventuras: los lunes. Todo lo demás es
mierda y no me importa. Y, por si fuera poco, Cartago perdió ayer en
casa contra Carmelita
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Hace 11 años

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