jueves, 9 de febrero de 2012

Tarde japonesa y sopor de COMEX: reflexiones baldías en torno a la güesada de nuestros políticos




El aire era tan pesado que daba la impresión de que bastaba sacar una mano por la ventana para capturar una papaya cayendo del cielo. El color de las paredes, propio de una institución gubernamental, contribuía a la industria del aburrimiento y la mala leche. El sonido de una impresora de pines me trajo de vuelta a esa sala en la que había dos japoneses hablando ceremoniosamente. "¿Cómo es posible que aún existan impresoras matriciales?", me pregunté al tiempo que encerraba en un circulito la última palabra "integral" que había encontrado en el Plan Nacional de Desarrollo del Gobierno. La impresora se detuvo y la voz de los japoneses constituía un acertijo de mal gusto. Para ese momento ya había encerrado cerca de 487 círculos con la palabrita "integral" en un documento de 30 páginas.


"¿De qué hablará este par de hijue putas?" pensaba mientras miraba por la ventana y escuchaba el crujir de los vidrios de la Sala 1 del 5 piso de COMEX. "Posiblemente hablan del viaje de la presidenta, o de que China  los está vergueando o de que la guerra en Irán sería un buen pretexto para cerrar mi oficina, que, por cierto,  no sirve para una picha". Yo continuaba con mis  divagaciones y la impresora sonaba de nuevo y el calor me agobiaba y los dos japoneses hablaban ceremoniosamente y me ignoraban con una elegancia atroz. "En este momento", pensé,  "tengo la relevancia de una grapadora".

El tedio también se decía en otro idioma. Sin duda "overseas" podía ser una categoría susceptible de adquirir infinidad de significados. En esa oficina de COMEX "overseas" era un país con su premio nobel y sus real states, con sus call centers, sus presas, sus parques nacionales, sus cañales, sus plantaciones de piña y sus exportaciones de llantas usadas y chatarra. Un país en el que los think tanks creían posible distribuir la riqueza con garrotazos fiscales y donde las decisiones más importantes las toma un conciliábulo de mercachifles y perforadores de aranceles. Pero también era una tarde llena de sopor y un mae aburridísimo, sentado en una de esas oficinas gubernamentales que destilan un pasado ruinoso y tienen un aparato de aire acondicionado deficiente.

Hace un par de años COMEX era la cartera gubernamental que más muchachas ricas y tartamudos tenía en planilla.  Pero la titular actual, que es una vieja tonta y fea,  pecosa y antipática, decidió quedarse con los tartamudos y cambiar a las muchachas ricas por lesbianas feas y abogadas histéricas. Quizás eso deba al hecho de que el esposo de la ministra es un renco hartero  y moreno que amasó su patrimonio defendiendo trasnacionales y tartamudeándole al Estado. O tal vez porque la ministra tiene una mamá esnob que pretende que las familias costarricenses de clase media coman plátano maduro gurmet y ensaladas de pejibayes con rúgula (a pesar de que sea practicamente imposible encontrar rúgula en los supermercados ticos). La ministra y su madre, quizás, deberían hablar más a menudo sobre las limitaciones en el acceso a ciertos productos importados de primer orden.

Si los dos japoneses estaban decidiendo el futuro de las relaciones comerciales entre Japón y Costa Rica  o si estaban urdiendo un plan para asesinarme era imposible saberlo. Llevaba casi 2 horas ahí sentado. "Ni siquiera las viejas más ricas del cole me ignoraban de un modo tan atroz". Creí escuchar que uno de los japoneses pronunciaba el nombre de René Castro. Enseguida pensé en el excanciller: un completo imbécil cuya manera de articular las palabras (tan propia de los políticos  que quieren parecerse a José María Figueres Olsen) no es más que una impostura de folclorismo y una hiperactividad de bigote. Por otro lado es verdaderamente risible constatar que el correlato del tránsito de René Castro de la Cancillería al MINAET es una cuenta de twitter degradada en la  que los mensajes cosmopolitas dieron paso a algo parecido a una agenda de funcionaria regional del MEP. “Rene Castro pasó de las reuniones en Doha a las inauguraciones de Programas de Bandera Verde en el Liceo  de Tabarcia”  me dije a mí mismo  poco antes de que una señora entrara a la oficina para ofrecernos algo de beber

- Sin azúcar, por favor, negro y sin azúcar - esas fueron las únicas palabras que había pronunciado desde que entré a la oficina

"Ese mal parido siempre me ha parecido un completo freak" pensé luego de ofrecerle un sobre de splenda. A menudo me figuraba a mi jefe  trabajando 70 horas a la semana y masturbándose mientras veía videos de pies de colegiales en youtube. En definitiva era imposible dialogar con un sujeto como  ese.  

“Diálogo es, sin duda, una bonita palabra" pensé luego. Naturalmente "diálogo" dista mucho de ser como esas malas palabras de las que hablaba Fontanarosa y que uno se las imagina grandotas y peleonas. Por el contrario, “diálogo” es una palabra que se nos antoja simpática y buena gente.  Por supuesto que es susceptible de sufrir saturaciones lingüísticas e indiscriminados manoseos. Los políticos contemporáneos, por ejemplo, le han dado un uso particularmente reiterado. Sucede que hoy en día el liderazgo político no se concibe como una vocación para contagiar multitudes sino, precisamente, como la capacidad de “dialogar” con los presuntos enemigos y los detractores coyunturales a efecto de establecer alianzas y propiciar algo que han dado en llamar "gobernabilidad".  “Laura Chinchilla,” mascullé disimuladamente,  “es una de esas brutas-ingenuas que se tragó el cuentazo de que un país se gobierna dialogando”.  

La Presidenta llegó al poder porque un señor muy cachondo y adinerado, que ha sido dos veces Presidente,  así lo dispuso. La Presidenta proviene de una familia sin mayor capital económico pero ella y algunos de sus allegados tienen suficiente capital social como para ser beneficiarios de ciertas minúsculas cuotas de poder. Quizás por eso la Presidenta, y las personas como el excanciller, necesitan que unas cuantas instituciones del Estado sean máquinas de despilfarro de recursos, pues de otro modo, se verían en la necesidad de trabajar para poder vivir como burgueses.  Podría decir fríamente que, de no ser por las consultorías o los puestos en juntas directivas o las contrataciones en despachos ministeriales, las personas como el excanciller no pasarían de ser ingenieros de cuarta y aficionados al alcohol, a quienes se les infla la panza cuando consumen productos con lactosa y harina de trigo; es decir, que su condición de celiaco, puede considerarse, en rigor, un asunto de Estado.

Y pese a todo yo estaba seguro de que los japoneses se sentían más cómodos con la Presidenta actual que con el señor cachondo y adinerado que fue Presidente dos veces y que le quiso regalar el país a los chinos. Además, la Presidenta había preparado un viaje oficial a Japón, el cual fue particularmente importante para lucir sus vestidos de invierno. A los ellos les importaba poco que la Presidenta creyera que su visita iba a ser la antesala de una negociación de TLC que, a decir verdad, no representa ni siquiera una remota posibilidad de interés  para Japón. Sin embargo, repito, a ellos les resultó agradable que ella fuera a pasear, a estrenar abrigos y a cenar a Genyadana Hadaya.  

Durante la cobertura del viaje de la Presidenta a Japón, la pulpería panfletaria de René Picado se dejó decir que la Toyota no quería invertir en Costa Rica debido a la incertidumbre jurídica que genera la propuesta de plan fiscal del gobierno. “Que concha de hijos de puta” pensé mientras veía que los japoneses empezaban un nuevo rito, que bien podía ser una despedida o un duelo. La reforma fiscal, sin duda,  obedece a la necesidad de transferir recursos a ciertos sectores de la economía que permanecen deprimidos y a ciertos ejes de chantaje y clientelismo político necesarios para que Rigo Arias o Johnny Araya ganen las elecciones. Está claro que si la Presidenta hubiese sido nieta de Juan Rafael Arias Bonilla y si René Castro hubiese tenido una cónyugue que se llame Laetitia Bayle no tendríamos discusión alguna sobre reforma tributaria.  En definitiva, la reforma fiscal de la Presidenta entraña un propósito familiar muy legítimo: darle de comer a los muertos de hambre guana bi que tiene por hermanos y girar un cheque mensual para la gente como René Castro que les permita comer en el restaurante para celiacos que tiene doña Gloria Bejarano.

Ahora estoy seguro. Los japoneses se están despidiendo. Pero como es usual son incapaces de tocarse. En el fondo sé bien que ellos detestan todo aquello que tiene nombre, apellidos,  pasaporte y ganas de ser feliz.  Quizás por eso pueden llegar a ser tan cortésmente hostiles como un cobro judicial y tan dulcemente inoportunos como un condón roto. El ambiente, según los ellos,  seguirá caluroso por y gracia del carácter caribeño de los funcionarios públicos. A lo mejor alguno de los japoneses se irá a casa pensando que, pese a todo, las cosas iban mejor cuando los otros jerarcas canjeaban ascensos por felaciones. Eso me tiene sin cuidado. En lo que a mí respecta sé que debo llamar un taxi para que mi jefe vaya al Hotel Corobici y debo preparar una minuta en la que no podré decir nada sobre esta tarde. Y mañana ire a Matsuri con mi esposa y pediré una sopa negra antes de escupir el piso.