martes, 24 de enero de 2012

Crítica de la racionalidad espacial cartaginesa: una guía melancólica para recorrer sus calles y sus barrios antes de jalar de acá

Ser cartaginés puede ser una credencial ominosa. La racionalidad del espacio físico cartaginés es una proto racionalidad moderna que conjuga un centro histórico de cuadrantes rigurosos con linderos abandonados a su suerte de calle sinuosa y potrero. Es un vestigio de modernidad inoculada y por supuesto no tiene nada de especial: de Xela´j  Ju´j a San Andrés Minas todo es la misma vaina. Ser cartaginés es, acaso, un abuso lingüístico y una sobreexplotación de los delirios cartesianos. Si Nietzsche hubiera nacido en el Barrio La Soledad aún seríamos modernos y Leonel Hernández, en vez de ser el billarista del futbol, sería un burócrata heideggeriano. Ser cartaginés es algo parecido a un proceso inconcluso de entendimiento del mundo a partir de aceras rotas y barrios invadidos por ventas de teléfonos de celular y farmacias donde la gente se sonroja al comprar condones. Ser cartaginés no tiene nada que ver con la cédula 3 o con la devoción a La Negrita o con la propensión al cotilleo: es un carácter que se modela caminando y recaminando calles abrigadas por nostalgias ajenas. Y quizás por eso, ser cartaginés, en efecto,  puede ser una credencial ominosa.

Los viejos y viejas que vieron y escucharon a  Libertad Lamarque en el viejo Teatro Apolo sospechan que el mundo les jugó una mala pasada. Los viejos y viejas que conocieron el viejo Teatro Apolo no saben nada de art decó pero siempre que pueden reniegan de la familia Barguill. Los viejos y viejas que se sentaron en las butacas del viejo Teatro Apolo saben que las operas de Verdi que tanto le gustaban a Don Cleto nunca reverberaron en una ciudad con rostro de villa y altivez  de metrópoli venida a menos. Los viejos y viejas que sufrieron con la transformación del viejo Teatro Apolo se desvelan en las madrugadas mientras se imaginan protagonizando un narco-thrriller producido por la  familia Troyo. Y Jesús Mata Gamboa murió pensando que el viejo Teatro Apolo era, sin más, "nuestro pequeño coliseo".  Perdón, viejos y viejas que se murieron pensando en el viejo Teatro Apolo.

Caminar por las calles de Cartago supone una lectura ligera de  un  texto abstruso lleno de rótulos comerciales y cartografías ruinosas en las que siempre hay un loco que se acuclilla para maldecir a las emisoras actuales porque ya no programan las canciones de sus días más dulces. Uno puede vagar por esas callejuelas inexplicables y redibujar esa misma cabanga que lleva décadas entre los vestigios del calicanto y en medio de los temblores de los piedreros y los cuidacarros.

La luz de enero inventa una Cartago distinta cada año, como si fuera una creación ex nihilo, un complot contra la memoria. Y no obstante, algo que permanece inmóvil posibilita la comprensión de esa sucesión de muchachas que siempre estornudan antes de quitarse la ropa y esos locales comerciales extintos  y esos cuarentones que conducen 4 x 4 sintiendo pena por los perros callejeros. La luz de enero reinventa a los nuevos ricos a quienes los burgueses les permitieron tener carros parecidos a los suyos. Ellos  nunca van  a la Súper Despensa a comprar los productos que compran en el Fresh Market porque son enemigos de los hijos de Arturo Quesada o porque quieren parecerse a las familias made in Lindora. 

Antes de que Tato Mata convirtiera el centro de Cartago en una suerte de Nuevo Golfito y antes de que Catherine von Saalfeld tipificara el délito de comer tacos, existía un localito en el Barrio El Molino con una soda en la que preparaban los mejores tacos ticos del mundo. A menudo siento que la nostalgia de las cosas que están por venir se parece mucho a la palangana de aluminio donde Doña Marta mezclaba repollo con natilla para sus tacos. 

Desde que los PAE´s y las perforaciones arancelarias nos permitieron comprar snickers en el super mercado de Carlos Raabe, la vida de las sodas y los restaurantes se ha tornado mucho más incierta que la de los parqueos y las importadoras de baratijas. Por eso el City Garden se convirtió en una de esas entelequias arquitectónicas que permiten que los neo choriceros y los  buenos para nada tengan hijos que no trabajan. 

Cartago nunca ha sido más que una provincia. Sin embargo, a día de hoy, el provincianismo tiene un correlato abominable. Basta echar un vistazo al rostro ausente de esas gentes que caminan por el centro histórico llenas de bolsas e hijos. Esas gentes dibujan una nueva cartografía cartaginesa en la que las putas, los lavadores de dólares y los pidreros  usufructúan  la anomia de una ciudad en la que no vale la pena sonreír. El tedio de esas gentes tiene un rostro acosado por los vestigios de una adolescencia de abluciones y acné.  Tiene un rostro parecido al de Luis Gerardo Villanueva. Y están tan tristes.

Nadie sonríe. Y cuando uno camina por las callejuelas del Barrio El Carmen las mujeres en los soportales se quedan mirando con la extrañeza de un extraterrestre. A veces saludan. Otras veces solo intentan descifrar qué cosas dicen los mutantes que destruyeron el viejo Teatro Apolo y las casas antiguas. Pero ellas no saben nada ni les importa nada acerca del patrimonio cultural. Tan solo quieren que esa ciudad donde compraron verduras para la olla de carne sea comprensible. Casi todas las mañanas, esas mujeres sienten pena de que un kilo de tomate ya no valga un real y de que Tato Mata convirtiera el kiosco donde “Las Minas” palmeaban tortillas  en una zapatería colosal donde venden unos zapatos muy extraños. Perdón, señoras del Barrio El Carmen

Uno camina por “Siete Pinos" y “El Guayabal” y se topa con la sorpresa de que un  montón de potreros yermos y pelados (cuyas laderas, históricamente,  solo sirvieron para que la gente se tirara resbalada en cartón) fueron convertidos en fincas que reciben pago por sevicios ambientales. Ya nadie puede ir a tirarse resbalado en cartón ni puede ir a cazar palomas moradas. Un potrero no es nada más que un potrero y solo puede ser representado mediante otro potrero. Sin embargo,  los mecanismos de mercado para la protección ambiental no son más que formas aparentemente consensuadas de privatización de los activos ambientales. 

La cabanga es un sentimiento muy semejante a la sensación de morder un helado de churuca cuando se sufre hipersensibilidad dental o caries. La única diferencia es que la cabanga provoca estremecimientos en algún lugar imperceptible (entre el ombligo, los colmillos y los cumpleaños pasados) mientras que los helados de churuca (Helados Granados) tienen objetivos dentarios mucho más precoces.  En estos días graves de clichés y despidas a uno le da por olvidarse de lo tortuoso que puede ser viajar en un bus de Lumaca en hora pico y uno se olvida también del color macilento de las madrugadas en las que solo las meseras  de Apetito´s  pueden servirte un whiskey y se olvida de cuántas veces le cerraron a uno la cocina de un bar  a medio trago, medio cigarro y media cabanga. Quizás por que en el fondo, ser cartaginés, además de una credencial ominosa, puede ser una forma de nostalgia con olor a pollo frito abandonado...

1 comentarios:

C-Regueyra dijo...

La cabanga es un tipo que se sienta frente a una computadora a escribir un texto como este; es leerlo y contagiarme de cabanga por una ciudad a la que aborrezco.