Ser
cartaginés puede ser una credencial ominosa. La racionalidad del
espacio físico cartaginés es una proto racionalidad moderna que conjuga
un centro histórico de cuadrantes rigurosos con linderos abandonados a
su suerte de calle sinuosa y potrero. Es un vestigio de modernidad
inoculada y por supuesto no tiene nada de especial: de Xela´j Ju´j a
San Andrés Minas todo es la misma vaina. Ser cartaginés es, acaso, un
abuso lingüístico y una sobreexplotación de los delirios cartesianos. Si
Nietzsche hubiera nacido en el Barrio La Soledad aún seríamos modernos y
Leonel Hernández, en vez de ser el billarista del futbol, sería un
burócrata heideggeriano. Ser cartaginés es algo parecido a un proceso
inconcluso de entendimiento del mundo a partir de aceras rotas y barrios
invadidos por ventas de teléfonos de celular y farmacias donde la gente
se sonroja al comprar condones. Ser cartaginés no tiene nada que ver
con la cédula 3 o con la devoción a La Negrita o con la propensión al
cotilleo: es un carácter que se modela caminando y recaminando calles
abrigadas por nostalgias ajenas. Y quizás por eso, ser cartaginés, en
efecto, puede ser una credencial ominosa.
Los
viejos y viejas que vieron y escucharon a Libertad Lamarque en el
viejo Teatro Apolo sospechan que el mundo les jugó una mala pasada. Los
viejos y viejas que conocieron el viejo Teatro Apolo no saben nada de
art decó pero siempre que pueden reniegan de la familia Barguill. Los
viejos y viejas que se sentaron en las butacas del viejo Teatro Apolo
saben que las operas de Verdi que tanto le gustaban a Don Cleto nunca
reverberaron en una ciudad con rostro de villa y altivez de metrópoli
venida a menos. Los viejos y viejas que sufrieron con la transformación
del viejo Teatro Apolo se desvelan en las madrugadas mientras se
imaginan protagonizando un narco-thrriller producido por la familia
Troyo. Y Jesús Mata Gamboa murió pensando que el viejo Teatro Apolo era,
sin más, "nuestro pequeño coliseo". Perdón, viejos y viejas que se
murieron pensando en el viejo Teatro Apolo.
Caminar
por las calles de Cartago supone una lectura ligera de un texto
abstruso lleno de rótulos comerciales y cartografías ruinosas en las que
siempre hay un loco que se acuclilla para maldecir a las emisoras
actuales porque ya no programan las canciones de sus días más dulces.
Uno puede vagar por esas callejuelas inexplicables y redibujar esa misma
cabanga que lleva décadas entre los vestigios del calicanto y en medio
de los temblores de los piedreros y los cuidacarros.
La
luz de enero inventa una Cartago distinta cada año, como si fuera una
creación ex nihilo, un complot contra la memoria. Y no obstante, algo
que permanece inmóvil posibilita la comprensión de esa sucesión de
muchachas que siempre estornudan antes de quitarse la ropa y esos
locales comerciales extintos y esos cuarentones que conducen 4 x 4
sintiendo pena por los perros callejeros. La luz de enero reinventa a
los nuevos ricos a quienes los burgueses les permitieron tener carros
parecidos a los suyos. Ellos nunca van a la Súper Despensa a comprar
los productos que compran en el Fresh Market porque son enemigos de los
hijos de Arturo Quesada o porque quieren parecerse a las familias made
in Lindora.
Antes
de que Tato Mata convirtiera el centro de Cartago en una suerte de
Nuevo Golfito y antes de que Catherine von Saalfeld tipificara el délito
de comer tacos, existía un localito en el Barrio El Molino con una soda
en la que preparaban los mejores tacos ticos del mundo. A menudo siento
que la nostalgia de las cosas que están por venir se parece mucho a la
palangana de aluminio donde Doña Marta mezclaba repollo con natilla para
sus tacos.
Desde
que los PAE´s y las perforaciones arancelarias nos permitieron comprar
snickers en el super mercado de Carlos Raabe, la vida de las sodas y los
restaurantes se ha tornado mucho más incierta que la de los parqueos y
las importadoras de baratijas. Por eso el City Garden se convirtió en
una de esas entelequias arquitectónicas que permiten que los neo
choriceros y los buenos para nada tengan hijos que no trabajan.
Cartago
nunca ha sido más que una provincia. Sin embargo, a día de hoy, el
provincianismo tiene un correlato abominable. Basta echar un vistazo al
rostro ausente de esas gentes que caminan por el centro histórico llenas
de bolsas e hijos. Esas gentes dibujan una nueva cartografía
cartaginesa en la que las putas, los lavadores de dólares y los pidreros
usufructúan la anomia de una ciudad en la que no vale la pena
sonreír. El tedio de esas gentes tiene un rostro acosado por los
vestigios de una adolescencia de abluciones y acné. Tiene un rostro
parecido al de Luis Gerardo Villanueva. Y están tan tristes.
Nadie
sonríe. Y cuando uno camina por las callejuelas del Barrio El Carmen
las mujeres en los soportales se quedan mirando con la extrañeza de un
extraterrestre. A veces saludan. Otras veces solo intentan descifrar qué
cosas dicen los mutantes que destruyeron el viejo Teatro Apolo y las
casas antiguas. Pero ellas no saben nada ni les importa nada acerca del
patrimonio cultural. Tan solo quieren que esa ciudad donde compraron
verduras para la olla de carne sea comprensible. Casi todas las mañanas,
esas mujeres sienten pena de que un kilo de tomate ya no valga un real y
de que Tato Mata convirtiera el kiosco donde “Las Minas” palmeaban
tortillas en una zapatería colosal donde venden unos zapatos muy
extraños. Perdón, señoras del Barrio El Carmen
Uno
camina por “Siete Pinos" y “El Guayabal” y se topa con la sorpresa de
que un montón de potreros yermos y pelados (cuyas laderas,
históricamente, solo sirvieron para que la gente se tirara resbalada en
cartón) fueron convertidos en fincas que reciben pago por sevicios
ambientales. Ya nadie puede ir a tirarse resbalado en cartón ni puede ir
a cazar palomas moradas. Un potrero no es nada más que un potrero y
solo puede ser representado mediante otro potrero. Sin embargo, los
mecanismos de mercado para la protección ambiental no son más que formas
aparentemente consensuadas de privatización de los activos ambientales.
La
cabanga es un sentimiento muy semejante a la sensación de morder un
helado de churuca cuando se sufre hipersensibilidad dental o caries. La
única diferencia es que la cabanga provoca estremecimientos en algún
lugar imperceptible (entre el ombligo, los colmillos y los cumpleaños
pasados) mientras que los helados de churuca (Helados Granados) tienen
objetivos dentarios mucho más precoces. En estos días graves de clichés
y despidas a uno le da por olvidarse de lo tortuoso que puede ser
viajar en un bus de Lumaca en hora pico y uno se olvida también del
color macilento de las madrugadas en las que solo las meseras de
Apetito´s pueden servirte un whiskey y se olvida de cuántas veces le
cerraron a uno la cocina de un bar a medio trago, medio cigarro y media
cabanga. Quizás por que en el fondo, ser cartaginés, además de una
credencial ominosa, puede ser una forma de nostalgia con olor a pollo frito abandonado...
1 comentarios:
La cabanga es un tipo que se sienta frente a una computadora a escribir un texto como este; es leerlo y contagiarme de cabanga por una ciudad a la que aborrezco.
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