martes, 21 de febrero de 2012

Critica de la racionalidad global/ticaza: de la nostalgia del gallo pinto y la fraternidad patriótica en el exterior





La racionalidad global/ticaza supone que en cada una de las ciudades del mundo, cuando menos,  hay uno o dos ticos arrechos que se las sabe de todas todas. Son los batmans o los chapulines colorados de las grandes ciudades. Son expeditos, solidarios y poseen una capacidad extraordinaria para identificar situaciones de infortunio, siempre y cuando, por supuesto, se constate la participación de individuos con su mismo pasaporte.


Casi todo mundo los conoce y quizás tengan una bandera de Costa Rica en la sala de su apartamento. Si fuera posible contarían con el favor de un soplón de las autoridades migratorias que les informe acerca del ingreso de posibles compatriotas. Son sospechosamente atentos y tienen una mezquindad espiritual tan atroz  que su cuota de paraíso resulta perfectamente conmutable por un par de volados sobre alquileres o unas tres o cuatro referencias de hostales baratos. Cuando los veo en algún bar, inevitablemente pienso que preferiría ir a realizar un gesto humanitario (por ejemplo asear los estigmas al Padre Pío con agua oxigenada)  antes de invitarlos a mi casa a tomar un whiskey y a escuchar a mi papá cantar boleros (y posiblemente ni les interese ir).


Más allá de los escollos históricos que ha enfrentado nuestro proceso de construcción de Nación, debemos reconocer que, en la actualidad, en caso de existir tal cosa,  el “ ser costarricense” tiene mucho que ver con esos batmans o chapulines colorados de las ciudades extranjeras. Curiosamente, a día de hoy nuestro país es incapaz de propiciar espacios de interlocución fraterna entre sus habitantes, que permitan crear sentido en torno a la idea de una comunidad-nación. Y pese a los los bailarines de salsa y reguetón que se rasgan las vestiduras por los garrotazos que Johnny Araya  le manda a vendedores ambulantes, las relaciones sociales en Costa Rica cada vez se parecen más a la  carnicería que tenía Macho Coto a un costado del Mercado Central de Cartago. Sin ser, en rigor, un país con apabullantes oleadas de inmigrantes, Costa Rica, en tanto refugio y abuso semántico,  existe por obra y gracia de los que viven en el extranjero con cabangas y ganas de atún sardimar. Por eso los padres de la patria posmoderna, en el mejor de los casos,  alquilan un piso cerca de Alfonso XIII o un monoambiente en Palermo.


Los desmitificadores de nuestro país (cuyo adalid estrella es, sin duda, Iván Molina) han persistido tanto en descalificar cualquier arrebato de identidad nacional (haciéndola coincidir, indiferentemente, con procesos  enajenantes y mecanismos ideológicos/ideologizantes) que ya no somos capaces de reivindicar nada parecido al Estado-Nación sin ser tildados de sindicalistas obtusos o de liberacionistas cooptados. Y sin embargo, para la mayoría de aquellos quienes se han visto beneficiados de la charlatanería de la cooperación internacional y las becas diplomáticas, la noción de la patria sigue siendo un regazo cálido a la hora de bailar bachata, escuchar Malpaís o hablar de la comida del Caribe.


Los costarricenses que viven en el exterior (debido a motivos de estudio o enamoramiento)  resucitan un patriotismo idealista que se conecta con el vacío simbólico que provocaron las invasiones napoleónicas. Independientemente de que Costa Rica no haya conocido de comuneros ni juntas de gobierno, cuando alguno de estos inmigrantes felices  acaricia el anhelo de un plato de cubaces o un chifrijo, en realidad, está clamando por el anacronismo sentimental del retorno de Fernando VII, El Rey Bueno. Y, aunque cueste trabajo creerlo, todos ellos son más plenos cuando Nery Brenes obtiene una medalla que cuando logran darle un orgasmo a su pareja.


Más allá de las sofistificaciones y las filiaciones partidarias, los batmans o chapulines colorados de las grandes ciudades son conscientes de que habitan un mundo propicio para el revisionismo laxo y la melancolía. Si Costa Rica no fuera esa marginal acumulación de sedimentos, suampos, rocas intrusivas, charrales, potreros, plantaciones de piña, rotondas, parqueos, casas rostipollescas, tugurios  y moles, de seguro tendríamos un episodio a lo Iruña Veleia y los batmans o chapulines colorados se inventarían sus propios Cantos de Ossián. Y sin duda, ese sería un buen momento para clonar a Carlos Gagini y urdir un nacionalismo tico jacobino, destacando la grandeza ética de los indios que sembraron yuca y tiquisque en Ujarraz.


Los batmans o chapulines colorados ticazos son susceptibles de asumir la pose retrofuturista de apoyo al desarrollo de una sociedad con gobiernos integrados por cuasi robots,  excomunistas, neohippies y personas con orientación sexual y estado civil diverso. Abogan por la intervención del Estado en los asuntos de los ciudadanos porque, ante todo, son nostálgicos que glorifican los poderes sentimentales del nuevo milenio: nostalgia del Estado Benefactor, del Parque de Diversiones, de los anuncios de Comelón de Harrick´s, de las canciones de La Pandilla, del ácido wash, del Hotel Tioga, de la Soda Palace y de Macho Carazo, en caso de simpatizar con el socialismo de mercado.


Estos pilares de la neonacionalidad costarricense son, a su vez, expresiones timoratas del homo ethicus contemporáneo. Cuando pasan por la Plaza de Mayo sienten fascinación ética por los infortunios del mundo aunque no sepan cómo interpretar las carpas miserables de los veteranos de Las Malvinas, que preparan bifes a la intemperie para desafiar a los presidentes que se van. Cuando pasan por Sol se conmueven con los indignados del 15-M, cuyas credenciales, aptitudes cívicas y reivindicaciones de pequeños burgueses les resultan familiares y llenas de ternura. Cuando ven a las feministas catalanas (tan llenas de orgasmos y maestrías) escupir y despreciar a las mujeres gitanas que las increpan con ramitas de romero no saben qué pensar. No obstante,  si tienen que pasársela 3 horas en La Uruca, porque un grupo de señoras conservadoras está protestando por el retorno de la jareta de algún profesor del MEP, sienten que se los lleva puta y maldicen y despotrican contra Albino Vargas.


Es posible que el siglo XXI haya resucitado y mistificado la deriva germánica del nacionalismo, abstrayéndolo de historia y tiempo. Los batmans y chapulines colorados ticazos son militantes del ahora y el acá porque no saben qué hacer con la historia. Por eso, en el mejor de los casos, leen las guarradas de los sucedáneos de Jung y creen en las psico terapias alternativas y le dicen a la gente que “viva el presente” y que le haga caso a las pasiones. Son seres multimediáticos que cuando consumen un producto cultural sienten que participan de una experiencia planetaria. Para ellos las fronteras no existen siempre y cuando puedan comer un kebab en Times Square o un vigorón en Granada. Y cuando escuchan Calle 13 y bailan salsa son más latinos que la desigualdad social.


Nadie sería capaz de construir una impostura tan ético/políticamente correcta como la de los batmans y chapulines colorados ticazos. Si fuera posible conmutar opiniones inocuas y perogrullescas por deuda griega, ellos salvarían la eurozona y comprarían un starbusck´s en alguna remota población de Tesalia para alimentar corzos huérfanos. No se sabe a ciencia cierta qué ocurrirá cuándo todos estos superhombres y supermujeres eticamente infalibles regresen (si es que regresan). Quizás para ese entonces en Costa Rica ya sea un sitio mucho más cosmopolita donde existan cafés con mesitas en la acera donde sea prohibido fumar y decirle piropos a las chicas.



*Imagen tomada de Ticos por el Mundo

2 comentarios:

Filisteo dijo...

La crítica tiene evidentemente una alta dosis de lucidez, ácida también. Las observaciones sobre la romantización de lo detestable son agudas y precisas. La invención de un ser-tico embotellado en una fanta kolita, en una salsa lizano, o encerrado en una cajetilla de Derby suave (que no lo mencionás porque te rompe el alma, jaja), es sin duda correcta, en especial para ciertos seres que no se daban cuenta en su propio charco de lo que es tener una identidad. Son esos a los que llamás bátmanes.
No obstante, la crítica confunde al ticazo-patraña con el ticazo-patraña-latinoamericanista-de-izquierda. Y quizá eso sea porque el tico jugado-indignado-sabinero es una especie hozable en Buenos Aires (no lo sé). En todo caso, si bien dicha quimera es identificable en estas zonas-euro, parece ser mucho menos común. El tico-parisino (que son alrededor de veinticinco, todos conocidos) consiste en dos grupos elementales, a saber: el mayero 68 que estudió en el Franco(que quizá se parezca al indignado, pero no es jugado, ni amigable, ni fraternal, ni devoto de Jorge Luis Pinto). Se vino de dieciocho años a París y lo único que se acuerda de Costa Rica fue su primera birra en Caccio's o su primer clásico en Rio, y sin embargo cohabita con su novia parisina y lo que conoce de la vida universitaria son sólo las tardes de révision, los ángulos del barrio latino, los bares de Odéon y las cantinas del XIXe. A ese tico le encantaría que CR pudiera efectivamente reducirse a un partido de Saprissa y a una Imperial, cada 22 días. Este tico-franchute extraña de lo que apenas se acuerda, siempre con una muy clara idea de que todo fuera de esa maravillosa idea del domingazo no es sino una manifestación algo ingenua de una falta de voluntad para el desarrollo y de una larga vicisitud de portamís haciendo las veces de nata en una sopa de negligencia.
Enseguida, está el posgraduado, quien siente una aguzada obligación por obliterar esas birras de caccio's y alegrarse de que puede beberse una copa en el chat noir o en le point ephemère, e ir al jardín de Rodin o a leer La Caída de Satán de Victor Hugo al abrigo del hangar de la Ste Géneviève. Este último baila la bachata que mencionabas, y en Calle 13 y Orishas, y hasta en la Mala Rodríguez percibe caros accesos de latinoamericanidad. El primero en cambio se ve obligado a bebérse el baile en las botellas de guaro cacique que le mandan los compas pues no le dio tiempo de perfeccionar la danza en los quinceaños de sociedad.
Este tico-posgraduado se siente un Max-Jiménez-Miguel-Àngel-Asturias que desde el segundo día que está en parís siente que va a llegar a conquistar Centroamérica en todos sus avatares, armado con la última edición de la correspondencia entre Deleuze, Guattari y Foucault acotada por Michel Onfray.
Por lo demás, en Alemania muchos de los tico-doctorantes son una especie de párvulo Max-Weber-Freud-Adorno que buscará a toda costa entrar en el grupo de crítica de música clásica del Dr. Henning Jehnsenn, y que desmayará las dos primeras veces que ingrese en un autobús de Guadalupe. Ese es el tico negacionista que evitará, a fuerza de peinados actuales, ropa asimilable y la cultivación de un acento quasiperfecto, que se manifiesten sus orígenes de indio.
Ya se hizo muy largo el comentario, pero falta toda la tropa de tico-migrante-de-adeveras que se fue a EEUU por razones otras que el amor o los estudios, y que de lo que se acordará son de los planos de Upala, de la barriada de Platanares o de las borracheras en la Fiesta del Pejibaye. Muy difícilmente las elucubraciones de Garnier o la urdimbre de I. Molina median este otro tipo de nostalgia.
Sin duda, el jugado urbano (el batman) tico en Illinois debe estar demasiado cerca de un grupúsculo de Maras o de negros raperos como para ocuparse del tendero de Exarjia que no puede dar de comer a sus hijos. Y, a todas luces, le sigue haciendo falta la salsa lizano en el picadillo de papa de doña Kimberly Lucía.

Jenaro dijo...

jajajajaja! De repente si, igual esto, desde una perspectiva semántica, no lo escribo desde Buenos Aires... Aunque creo que tus observaciones son harto valiosas (las incluiré, de hecho) debo reconocer que no me propongo realizar un escrutinio riguroso, según país y según condición socioeconómica, del sentido de patria que construyen los ticazos del extranjero... Por otro lado es cierto que se confunden ciertos perfiles, pero yo lo que quiero es caricaturizar esa propensión de la izquierda con suerte que siempre logra salirse con la suya y largarse del país para dar venir mesiánicamente a darnos lecciones de vida... A la gente de derecha se lo perdono porque, de repente, suelen tener mejor gusto y mejor humor, jajajajajaja

Un abrazo, pendejete, se te quiere