miércoles, 26 de enero de 2011

Recuento ¿a medio palo?


Cumplir 30 años no es algo que me resulte especialmente agradable. No importa que la gente diga que cumplir años es a penas un pormenor simbólico, que las cuestiones etarias no son relevantes, que cada quien define su propia temporalidad o cualquier chorrada de ese tipo. Evitando giros dramáticos excesivos, dejar los veinte se puede considerar, cuando menos, un tránsito incómodo. Ahora, si me permiten caer estruendosamente en la hipérbole y el melodrama debo decir que dejar los veinte es una especie de ensayo de agonía. No comprendo cómo puede existir gente satisfecha en un mundo en el que dejás de ser sujeto cuando dejás de ser joven. No entiendo cómo putas pueden existir esos tipos optimistas que, por si fuera poco, tienen el cinismo de sonreir y sentirse orgullosos cuando cumplen 30 años. Con cierto nivel de duda (la duda siempre es necesaria, según los científicos) podría decir que los únicos 3 tipos de persona que pueden sortear con buen suceso esta condición de suyo angustiante son los hippies; los millonarios; y los estudiantes universitarios, que no son otra cosa más que la combinanción las dos primeras categorías. Es más, me atrevería a pensar que en esta tipología (así como sus ulteriores combinaciones) residen los fundamentos de la felicidad prolongada. A continuación me detendré un poco en cada una de ellas.

Los hippies
No hay duda de que si tuviera que escocoger, preferiría a los hippies contemporáneos en vez de los auténticos sesentayochistas que vivieron la década en la que el mundo se lanzó a las calles. Debe ser que me resulta encantador ese lastre de añoranza y esa ingenuidad histórica que les hace sobreestimar lo que hizo un puñado de cretinos andrajosos que escucharon hablar de un tal Aldous Huxley, un tal Marcuse y un tal Bob Dylan. No tengo duda de que los hippies son la máxima expresión del egoismo y la economía de los sentimientos. Por eso son incapaces de sufrir cuando cumplen 30 años. Por eso las hippies suelen abandonar a sus hijos y acostarse con cualquier imbécil que profese el budismo tántrico. Sus distintas variantes new age comparten un elemento común con su tronco: la promiscuidad. Los he detestado a lo largo de mi vida porque siempre se follaban a las muchachas que yo deseaba. Su primitivismo inconoclasta les permitió construir un tejido social sin cabida para la figura del estupro. Su narcisismo no tiene límites. Eso explica el hecho, sin duda frecuente, de que los instructores de yoga o ejercicios de meditación, indistintamente de la edad que tengan, siempre copulen con muchachitas hermosas.

La obesidad puede concebirse como el par antitético de los hippies. Lejos de ser un suplicio, la calvicie les sienta bien, sobre todo, cuando dejan crecer su diezmadas crenchas. Los hippies odian a los gordos sin amor, por eso son vegetarianos. Usualmente mueren de cáncer y nunca sufren patologías cardiacas. Los detesto en sus distintas variantes: rastafaris, hinduistas, pacifistas, neotribalistas, neochamanistas, lectores de Kerouac, chancletudos con pantalones de manta, ecologistas, ecosocialistas, exóticos, libertinos, jugadores de jaqui, estudiantes de Ciencias Sociales y Bellas Artes, holandeses que se enamoran de Guatemala y vendedores de collares. Es una regla: en cualquier playa de Costa Rica tras los hippies vendrán los argentinos y tras los argentinos las ratas que venden media onza de cajeta de la Leon 13 al precio de 100 gramos de mango rosa. Los hippies traen el germen de la decadencia. Los hippies son los padres de los serial killers de los noventa.

Los millonarios
La única preocupación existencial de un millonario es muy sensata: ser más millonario. Yo no puedo concebir cómo en la actualidad hay gente que todavía cree en esos residuos cristianos (o sus variaciones a través de telenovelas mexicanas) según los cuales la vida de los pobres es mucho más feliz que el vacío opulento y frío de los millonarios. Pareciera que esas gentes viven capturadas dentro de los márgenes de la antigualla popular, pues siguen creyendo que existe algún tipo de mérito en ser pobre y honrado. En nuestro mundo la construcción de la subjetividad tiene como eje axial el consumo de simbolos y mercancías. De ahí que me resulte dificil imaginar que sea posible ser, moderadamente, feliz sin poseer medios de producción de riqueza. Es posible que existan los millonarios cornudos, los frustrados, los malditos y hasta los millonarios sentimentales que no pueden escuchar Julio Iglesias sin esbozar una mueca de dolor. Pero étos no pasan de ser marginales exepciones a la regla de que en el Siglo XXI el dinero compra las hipotecas de la felicidad. A diferencia de los hippies los millonarios suelen morir de cardiopatías, porque en el fondo se parecen mucho a los poetas. Pueden ser malhumorados o pueden tener mal sexo (en eso también se parecen a los poetas). Puede que sus hijas sean unos zorrones y su esposa una anoréxica y su primogénito un idiota que se cree paramilitar. Pese a ello, todo millonario tiene la certeza de que, mientras lo maneje bien, el dinero siempre le va procurar satisfacción. A los millonarios los detesto, sobre todo, porque siempre tienen lo que yo quiero tener y porque, mientras no sean obesos, siempre tienen novias guapas.

Los millonarios son incapaces de sufrir cuando cumplen 30 porque si son millonarios antes de los 30 el mundo se encarga de venerarlos el resto de lo que dure su fortuna. El Diario La República les toma fotos y les hace reportajes en página 2 donde les preguntan cuáles son sus pasatiempos y sus mayores logros. Las millonarias, en caso de que sean feas, pueden pagar cirujías para hacerse las tetas y embellecerse el vientre, de modo tal que acaban convertidas en una mujer cuya imagen le proprociona divertimento a las sesiones onanistas de la servidumbre. A una mujer millonaria le basta con tener un 4 x 4 y saber que uno o dos hombres en el mundo se masturban pensando en ella. Los millonarios son especialmente nefastos cuando deambulan por los pasillos del supermercado. El único tema distendido del que pueden hablar es acerca de sus aventuras en aeropuertos de Europa. Sus diversas manifestaciones son igualmente repugnantes: herederos, hijos de oligarcas, terratenientes, yuppies, ejecutivos de corporación, nouveau riche, artistas, políticos, exportadores, social climbers que abdican de la movilidad social, curas, budistas, musulmanes, comerciantes, judíos, banqueros, abogados, prestamistas, narcotraficantes, lavadores de dólares y médicos especialistas en fabricar patologías. Todos ellos son la expresión de la decadencia capitalista y la mayoría votó a favor del TLC. Es frecuente verlos en Il Panino o en Mi Sala o en los condominios del Pacífico. Todos, invariablemente, tienen miedo de sudar y mandan a sus hijos a estudiar al exterior. Los detesto porque nunca usan el transporte público.

Los estudiantes
Los estudiantes son una suerte de parásito para los padres o los encargados de su tutela. Pero ser estudiante es una maravilla. Te alimentan, te visten, te dan techo y, por si fuera poco, en la mayoría de los casos te dan dinero para que lo gastés a discreción. Hasta hace unos años la figura típica del estudiante vividor se sentaba en una mesa de algún bar de La Calle de la Amargura. En la actualidad podemos encontrar formas muy variadas: desde los estudiantes de historia del arte de la UCR, pasando por los sempiternos estudiantes de diseño en la Veritas, hasta los asiduos tesiarios de la facultad de microbiología. He partido de una concepción excluyente de la categoría de estudiante, en la que no se admiten representantes de universidades como la San Marcos o la Castro Carazo. Sucede que, aún a pesar de que el Ministerio de Hacienda opine lo contrario, la mayoría de los estudiantes de esos centros de estudio debe pagar sus estudios con el trabajo diario. Y por supuesto que una persona que trabaja como cajero en un banco de 8 a.m. a 6 p.m para después ir a un aula a escuchar a un ignorante hablar sobre el debe y el haber, bajo ninguna circunstancia, puede ser feliz.

Como ya lo sugerí antes, el estudiante es una combinación de hippie y millonario: no trabaja, como los hippies, pero está excusado de antemano, como los millonarios. A los estudiantes únicamente les interesa unir sus tubos digestivos con los tubos digestivos de otros estudiantes. Una vez que dejan de ser estudiantes, pueden ser millonarios o bien pueden ser hippies. De este modo, tienen una alta posibilidad de seguir siendo felices. No obstante, existe otra variedad de estudiantes que no es ni hippie ni millonario, cuyo destino, irremisiblemente, siempre es un lugar muy parecido a una oficina en el que hay un rotulo que dice: fracaso. No me ocuparé de esos ex estudiantes. Ahora bien, en la mayoría de los casos los estudiantes más inteligentes optan por prolongar su etapa de estudiante. De bachilleres pasan a licenciados y luego a masters y luego son becados por alguna embajada que les financia un viaje a un país que siempre es más lindo que Costa Rica y donde pueden cumplir 30 años sintiéndose infinitamente orgullosos de no ser como sus amigos. Desde que dejé de ser estudiante empecé a odiar a los estudiantes profundamente.

Combinación de las categorías

De la lectura de los párrafos anteriores se puede colegir que la máxima felicidad se alcanza cuando combinás las tres categorías: Hippie/Millonario/Estudiante. Viéndolo friamente, no creo que exista en el universo algo que odie más que un estudiante millonario que coquetea con la contracultura. A menudo se les puede ver en sitios como el Steinvorth, en algunos bares de Barrio Escalante o en hoteles ecológicos de playa. Sienten una inmensa predilección por el arte y es muy común que defiendan los derechos de los animales. Todos, sin excepción, han sido mochileros y dicen estar cansados de viajar a Europa. Existe una variedad en la que podríamos ubicar a ciertos grupos de hipsters que no necesariamente son hippies pero que sin embargo gozan de los beneficios de ser millonario y estudiante. En este grupo es singularmente significativa la presencia de estudiantes de la Universidad Veritas y ciertas carreras de la UCR (Historia del Arte, más que nada). Todos, indistintamente, conjugan los verbos en segunda persona (de usted ) con una entonación nasal muy evidente. Les fascina el cine de Woody Allen y en navidad viajan a New York. Son hijos de hippies millonarios, razón por la cual, a menudo, se conducen como si fueran decadentes sensualistas sin corazón o serial killers sublimados. Ocasionalmente escogen una sexualidad alternativa y se vuelven maricones exhibicionistas o lesbianas que detestan hacer ménage à trois con un hombre. No obstante, son felices y cuando cumplen 30 años viven en el exterior. Los detesto porque la mayoría de ellos es más joven que yo.

Coda
En unas cuantas horas formalmente tendré 30 años. Pienso que, por otro lado, no hay nada importante en ello. Las ciclos astronómicos y los dioses de hule que imaginaba Emilia Prieto permanecerán imperturbables aunque yo cumpla años. Por la mañana recibiré la llamada de mi madre, el siempre oportuno beso de mi novia, el mensaje de texto de mis amigos (usualmente Cache es el primero en felciitar a sus amigos. Cache es un caballero) y en mi trabajo, afortunadamente, a nadie se le courrirá cantarme cumpleaños.

*Foto de Steven Meisel

3 comentarios:

Cipriana dijo...

Excelente el texto! Muy mordaz, muy de verdad, muy gracioso.

Los millonarios, "los detesto porque nunca usan el transporte público." Creo que esa fue mi frase favorita.

raaul dijo...

Bujajajajajajajajajajajaajaja qué bárbaro! Aplauso!

Los treinta definitivamente te hacen más ácido, pero también más certero! Será por qué sos más desdichado?, dijeron por ahí buajajajajajajajaja

En los hippies te faltó agregar que por cada uno de ellos, hay una adolescente que practica yoga y que se muere por chupársela a su gurú, más por un juego de fetiche-transgresión que por un asunto de sincera atracción hormonal; y que por cada una de ellas, las hippies, hay dos tetas que llegan al suelo por la falta sostenida de soporte a través de los años, sumada a las innumerables mamadas y al número de hijos resultado de su "amor libre" que realmente debería definirse como una patología relacionada con la proyección del amor propio en la cantidad de respuestas afirmativas a los deseos de copulación con otros buajajajajaajajaja

Con los millonarios, lo único que agregaría es que también los obesos tienen novias guapas, porque a ellas también las compra el dinero. En la actualidad, además, hay una ventaja sin parangón para cualquier millonario que quiera a su lado a una guapa mujer: la belleza se hace.

Con los estudiantes, no hay duda de que en el momento en que se deja de ser uno, uno aprende a odiarlos a todos, pero sobretodo a esa burbuja académica dentro de la que se refugian, haciendo como si el mundo fuera una mala reproducción de lo que debería ser la realidad... oh las teorías!

Lo ñultimo, no fui yo la primera que te mensajeó hoy?

Pelele dijo...

Yo sabía que Cache era un caballero!!!
Jajajajajajajajajaja! está de lujo, bocazas!
Lo peor es que si los primeros treinta fueron de una decadencia aséptica y pulcra, en los segundos ya no habrá esperanza, jajaja, como el rotulito de la entrada al infierno.

Me desternillé de la risa, malditos jipis, malditos millonarios y malditos estudiantes.