
“Quiero gritar, quiero implorar
y ya no puedo
tanto sufrir, tanto llorar, por ti.
Siento latir, tu corazón
cerca del mío,
oigo tu voz y tu no estás
dime por qué”
Enrique Guzmán
Siguiendo las premisas escorzadas por Claudio Fernando Díaz en su trabajo Cuerpo, ritual y sentido en el rock argentino: un abordaje sociosemiótico, resulta plausible afirmar, sin ningún temor, que efectivamente la cultura juvenil asociada al rock durante la década del sesenta, ostenta cierta propensión al primitivismo o tribalismo. Los usos y desusos corporales, ligados a todo un corpus de significados y previas estigmatizaciones, ciertamente constituyeron un motivo para la censura y el convite de damitas fililí. Si bien ya se abordado profusamente el discurso construido en torno a diversas manifestaciones musicales, tanto como a su correspondiente experimentación corporal (esto es el baile), no está de más decir unas palabras acerca del canon corporal implementado a propósito de la música en los sesenta.
En primer lugar, debemos considerar las disputas acaecidas en este periodo, como expresiones de una naturaleza muy distinta a las de la vieja dicotomía popular-liberal o popular-oficial, de por sí bastante trasnochadas y difusas. No hablamos aquí de aquel ilustrativo episodio invocado por Carlos Luis Fallas en su cuento El Taller, en donde los obreros expresamente se identifican con el tango mientras que el pequeño burgués, pretencioso y ridículo, aboga por la opera. No. En la medida en que la juventud se configura como un vago e inocuo espectro del mercado, por lo demás muy jugoso, los clamores querellantes y moralizantes se enfrentan a algo muy distinto.
Debemos, ante todo, tomar en cuenta que en la variante rockera de la música de los sesenta, predomina lo rítmico y la estridencia del sonido por sobre cualquier fruición armónica-melódica. Este punto resultó en harto polémico para los melómanos defensores de la buena música. Los partidarios de La Nueva Ola, por ejemplo, legitimaban su preferencia y su filiación, amparados en la certidumbre del cambio y del jugarle la talla al tiempo. Ante la pregunta de ¿no le parece que todo debe evolucionar de acuerdo a las necesidades del mundo en que se vive?, un adversario de La Nueva Ola, el joven Orlando Piedra Bolaños, respondía:
“Estoy de acuerdo enteramente pero siempre hay que conservar lo bueno. ¿Qué pasaría hoy si los griegos o los romanos no hubieran desarrollado cultural como las que nos legaron?. Por eso considero que la evolución, el desarrollo de una sociedad o toda una generación debe preservar ciertas cosas y hechos de las generaciones anteriores” (La Prensa Libre Lunes 6 de abril de 1965, pp. 4)
y luego agrega cuando se le interpela a propósito de lo que ha perdido la música actual:
“ Se ha perdido el sentido del ritmo (...) Todo lo que tenía de melodioso y culto ha desaparecido de la música actual ” (La Prensa Libre Lunes 6 de abril de 1965, pp. 4)
En seguida el señor Piedra Bolaños arguye que ni siquiera es lícito hablar de evolución, más bien debe llamársele devolución, pues según él, la música no ha evolucionado: los signos (son) Los Beatles, Elvis Presley y otros”. ¿Y los culpables?, continúa el férreo opositor: “Los medios de divulgación. Ya no se puede leer ni un periódico ni una revista ni mucho menos escuchar la radio. Sólo tonteras de la nueva ola hablan” Todo lo anterior fue publicado en la columna La Calle de La Prensa Libre, un diario abiertamente partidario de La nueva Ola, de tal suerte que puede resultar tendencioso cualquier juicio emitido. Creemos que existía cierta confabulación entre Radio Atenea y los editores de la sección La Nueva Ola. Esto debe tomarse en cuenta.
La segunda interpelada fue la señorita Mercedes Chacón Guerrero quien afirmó:
“Yo estoy con “la nueva ola” (...) Es un medio mediante el cual los jóvenes podemos expresar nuestros sentimientos externos.” (La Prensa Libre Lunes 6 de abril de 1965, pp. 4)
Y ante la pregunta de si le parece una forma un poco fuera de tono la señorita responde:
“Francamente no. Una generación nueva necesita música nueva. La música representa el estado de ánimo presente de quienes la escuchen y la escuchan. El compositor tiene que estar a tono con la situación del momento. No debe ser romántico y volver la mirada al pretérito”. (La Prensa Libre Lunes 6 de abril de 1965, pp. 4)
Por último, la sabiduría de la dialéctica arroja el testimonio sintético del joven Antonio Mena Solano quien agrega:
“El hecho de que pertenezcan a un nuevo movimiento en mi opinión no debe ser motivo para que hagan desmanes. Me refiero lógicamente a un sector de la juventud. Algunos que han convertido la “nueva ola” en vagabunderia, pachuquismo y vulgaridad” (La Prensa Libre Lunes 6 de abril de 1965, pp. 4)
A la mejor guisa de la posteridad, la publicación incluye tres testimonios: uno a favor, uno en contra y otro complaciente con todo. Sin embargo todos coinciden en que se trata de un movimiento nuevo. Aquí está lo esencial. Las disputas de partidarios o no de la “nueva ola” no son más que meras asperezas a nivel superficial. Pero aquí uno de ellos asocia la dilección por la nueva ola con ciertas manifestaciones menesterosas y poco a pegadas a la moral: pachuquismo y vulgaridad. Entretanto, una partidaria de la nueva ola invoca y condena lo pretérito: el compositor no debe ser romántico. Pero.. ¿qué quiere decir romántico? Hasta donde nos ha permitido conocer la cruel posteridad, hemos notado que la ruptura con la música popular de antaño (esa de inspiración romántica según la jovenzuela), no ha sido si no en ámbito musical, pues los temas de la nueva ola rayan en el más chillón sentimentalismo y cursilería. Tomemos por ejemplo un tema de Alberto Vázquez:
Comprometida ah, ah, ah,
toda la vida siempre estarás.
Desde que te vi en mi corazón sólo para ti
y por eso estás comprometida
A decir verdad no creemos que la estrofa anterior diste mucho de aproximarse a esa supuesta música romántica de antaño, que más bien, exaltaba la vida bohemia y maldita del bebedor y trovador latinoamericano. Acaso vale evocar a Julio Jaramillo o Daniel Santos para ilustrar mejor...
El canon corporal inaugurado por los seguidores de la nueva ola es cuestionado de diversas formas. El baile, representado como una instancia ritual en la cual convergen prolijamente distintas líneas de sentido, despliega un nuevo uso e interacción de los cuerpos que constituye una oposición con el canon corporal tradicional. Es preciso subrayar la importancia que, a la luz de los guardianas de la moral, reside en el cortejo:
“Ya pasaron aquellos tiempos rosados de idilios cuando el galán cortejaba a su dama a través de una verja tejida de veraneras o de una ventana perfumada de claveles. Hoy las parejas se lanzan a la calle, a los jardines y parques de manera un poco prosaica. Los jóvenes salen a la avenida, al paseo, simplemente para pasear y ver y comentar... Por otra parte la gente va perdiendo el miedo y –porque no decirlo- el respeto al público, fácilmente se arroja a la calle, la frivolidad y el descaro, si no el vicio” (La Prensa Libre Jueves 19 de mayo de 1966 pp. 10 – A. Este fue un texto publicado en El Eco Católico)
Así mismo, sería en alto grado reprobable obviar los comentarios que asocian el nuevo canon corporal con elementos propiamente femeninos:
“No te imaginas lo que siento cuando te miro convertido en una masa amorfa, tirado sobre las gradas de la casa de tu “amiguita”, escuchando música de “nueva ola” (...)
¡Qué sencillo contorsionarte sin sentido y sin elegancia, en poses femeninas de actrices baratas de cine de montón!
¿Es que no puedes bailar moderno, sin dejar de aparentar que no eres de tu sexo?
¿Se te olvidó que la moda extravagante la seguían las mujeres que sienten interés en llamar la atención
¿No te ha dado tu época gente de valor, jóvenes de temple, a quienes imitar?
Será por eso que buscas modelo en cuatro fracasados oportunistas que, no solo no son de tu continente, ni de tu talla, ni de tu ambiente, sino que, además, no son ni serán nunca exponentes de tu época” (La Prensa Libre Viernes 20 de mayo de 1966 pp. 2 – C)
La carta de un “joven moralista”
La última de las citas es una carta de un joven a otro joven publicada en La Prensa Libre. Ésta refuerza la tesis de un cuerpo sometido a reglas, prolija y pacientemente modelado por las coerciones sociales, o lo que es igual, concebirlo como resultado de una serie de relaciones sociales y de poder, tanto como de una historia personal. Tal como se puede apreciar en las referencias anteriores, desde puntos diametralmente opuestos se condena el proceder de los jóvenes. Unos por mera nostalgia y añoranza moralista, los otros imputan el no asumir cabalmente los desafíos, que según ellos, presentaba la época. Este último criterio nos interesa aún más, pues obedece a ese consabido discurso de izquierda (es firmado por la Célula Centro) según el cual existe una misión histórica de la juventud: hacer la revolución. Entonces, cuándo el anónimo interpela acerca de si la época “no ha dado jóvenes de temple a quienes imitar”, ¿acaso esperarán que todos los jóvenes tomen un fusil y se vayan a enfrentar la muerte en Bolivia? ¿O qué el cabello largo sólo es posible usarlo cuando se combate en la Sierra Maestra?
Ciertamente la tutela de los jóvenes ha sido disputada por numerosos núcleos de poseedores-de-la-verdad. En realidad podemos afirmar que cuando aparecen las primeras expresiones de jóvenes afectos a la “nueva ola” estamos presenciando el ascenso de un tipo distinto de canon corporal, el cual se opone abiertamente a los pautas de esos “núcleos de poseedores-de-la-verdad”. ¡De ahí procede su visible irritación! El cuestionamiento de esas pautas adquiere su mayor relevancia en el baile, como expresión de una fiesta ritual colectiva. Éste, de un modo o de otro, constituye una suerte de colonización del espacio público, en tanto el baile es la única situación en la que los jóvenes de “la nueva ola” se reúnen en un terreno propio y exclusivo. Con seguridad podríamos suponer que toda esa parafernalia de moda va encaminada a acortar distancias y favorecer el contacto.
Por otro lado, los elementos sexistas expuestos en la cita de la célula centro revelan una interesante vinculación: feminización y presente. Cuando el enunciado indica que las mujeres solían ostentar una propensión a la extravagancia, de alguna manera sugiere que existe una feminización de los patrones de socializar en la actualidad. A la vez, el enunciado muestra una notoria apelación a los buenos valores de ayer en el momento de recontar esas contorsiones sin sentido y sin elegancia y esas poses femeninas de actrices baratas de cine de montón. De seguro aquí se evoca, añorante y melancólicamente, los bailes de antaño: tan elegantes y decentes.
Los Beatles fue quizás la agrupación que más críticas severas recibió por parte de las autoridades morales. En Latinoamérica, luego de proclamar su célebre: “we are bigger than Jesús” su escasa aceptación se vio aún mayormente trastocada. La carta de firmada por el joven de la célula centro hace una tímida referencia a los chicos de Liverpool: cuatro fracasados oportunistas y, además, aboga tácitamente por una suerte de criollismo pues añade que esos melenudos ni siquiera son de nuestro continente. Pero no sólo eso: no son verdaderos exponentes de su época... Esta carta venía acompañada de otra: una estaba dirigida a un héroe de la juventud y otra a un anti-héroe.
En ambas, sumariamente, se apela a cierta misión, la cual consiste en continuar con lo preestablecido. Quien escribe la carta emplea el término nueva ola de varias formas, entre ellas contamos aquélla que lo asocia con la renovación de la generación anterior a dichos jóvenes. La obligación de un compromiso urgente con la época se hace ostensible de forma contundente, de ahí, deviene imperativo que estos jóvenes asuman tal reto. El enunciante se ve visiblemente ofendido por la “irresponsable” actitud de los jóvenes, pues le atañe tanto más cuanto él mismo pertenece a ese momento histórico. Según vimos, quien escribió la carta emplea estrategias retóricas bastante trasnochadas tales como la persuasión a través de la culpa. Como ya antes dijimos, los rasgos femeninos no son celebrados, pues éstas características están asociadas al sin sentido y a la falta de elegancia, o peor aún: a la debilidad. En definitiva, no sabríamos hasta donde cuestionar la veracidad etaria del firmante, a saber: no sabemos sí es un joven o no. Pese a todo, la carta no deja de ser un interesante documento a propósito de las inquietudes que despertaba la nueva ola...
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