viernes, 10 de abril de 2009

Primera entrega


Los domingos parecen pertenecer a las mascotas. Ningún propósito secular de los domingos ha alcanzado tantísima jerarquía como las mascotas. Ni siquiera las heces abandonadas en la acera parecieran obstar a tan pomposas representaciones. Ni siquiera el calor que hace su nido siempre en las cloacas del domingo. Los hoteles, sin embargo, son mustios en día domingo y la alegría de sus fuentes es, básicamente, una anuncio del pasado. Pero muchas mascotas enloquecen cuando contemplan la oratoria de las fuentes, e incuso muchas se prestan a inútiles faenas tales como propinar dentelladas a sus chorros. Y eso que los domingos acostumbra faltar el agua porque, según dicen, a cada año nuestra autosuficiencia hídrica se pone en entredicho. En todo caso, tanto las fuentes como los homenajes públicos reciben siempre su cuota de agua y de milagros. En algunos sitios los domingos, además de pertenecer a las mascotas, también pertenecen a las bicicletas. En otros, según se observa, pertenecen a brujos y chamanes. Una vez leí un aviso en el que alguien manifestaba su deseo de adquirir un domingo que perteneciera al futuro. Un domingo digital que bien pudo figurar en cualquier inventario de programa televisivo de los ochentas (acaso en Una ventana hacía el futuro). Un domingo del futuro en el que cosas tan pedestres como las naciones apenas y aparecieran en la sección de sucesos. Un domingo inteligente que funcione con energía limpia como esos semáforos inteligentes que hay en la capital. La industriosa inyección de moralidad luterana ha tenido como resultado que las gentes no sepan bien qué hacer con sus domingos. Del mismo modo, pareciera que tales días son particularmente susceptibles de propiciar ejercicios nocivos de la memoria: quizás no hay un día de la semana en el que la nostalgia sea un sentimiento tan reiterado y en el que a soledad sea tan hostil. De ahí deriva la relación entre domingos y fútbol, como un desesperado paliativo contra la tristeza de los años. Y aún así, con frecuencia, surte efectos desafortunados. Los viejos acabados acarician las geometrías de las plazas de fútbol y miran a los más jóvenes desplegar su mocedad a grandes zancadas. Los solterones amargados se emborrachan atacando de una vez su acostumbrada resaca con severas infusiones de alcohol. Las familias mutiladas se juntan brevemente en ocasión de la visita del padre que se fue o del amante socarrón. Hay un sospechoso disfraz de júbilo y acá vuelvo al asunto de las mascotas: los domingos se pasean soberbiamente por el oblicuo ruedo del mundo arrastrando su correa. Y las señoras solteronas, que de vez en vez llevan su mano hasta lo que tienen entre sus piernas, suspiran doblemente. Los domingos son globables y se alejan de todo romanticismo. Hablo, pues, de domingos modernos que hicieron delirar a muchos de los poetas encargados de ubicar a los dioses griegos en las filas del proletariado. Ahora son piezas de arte conceptual también y tal comisión supone un conocimiento extraordinario del lenguaje contemporáneo. Hay todo tipo de saliveo travestido de domingo en esos sórdidos lugares donde se corrompe a los menores. Dispensando prerrogativas, por demás muy discutibles, una variedad de bailarines marginales usurpa tardes de domingo y oficia raros sacrificios. En las inmediaciones de cierta pizzería se les ve celebrando ritos antiquísimos en honor del sol y algunos beben mezcal adulterado con semen de toro. Nada qué decir de esa tremebunda misa de 8 donde la luz de la mañana toca los objetos de un modo harto sospechoso. Mucho menos debería erogarse cosa alguna a esa otra variedad de burócrata privatizado que lava el coche en día domingo. Y los pobres y los frustrados que en las tardes procuran regatear bostezos a las paredes para sustraerse del domingo y de su vocación melancólica. No es que los miserables ejerzan una fascinación ética compulsiva. No es que los mendigos se cuelguen de los faroles (los nuevos) pretensiosamente clásicos. Nada más hay un domingo afuera lleno de hambre y de conductores neuróticos. Nada más hay una autopista y una rotonda subdesarrollada donde alguien dejó grafitis olvidados. Pero son aún más terribles aquellos domingos en los que al mes le da por acabar…, el fin de mes con sus reputadas carestías. Son particularmente frecuentes las crisis existenciales en las que se apela al sistema, al capitalismo, a los padres, a la incomprensión…. Y las brigadas de nihilistas, decidida y confesamente fracasados, atiborran de pagarés las cajas de los bares y las pulperías en las que, por un resto de piedad, aun se expendan cigarrillos. La antena de televisión, como un obsoleto símbolo de estatus abolido por Ted Turner, sobresale en el paisaje de los domingos de fin de mes. Láminas de zinc oxidado y una extraña fluidez vial a su vez son elementos característicos de este tipo de domingos. Y bandadas de aves migratorias que llevan una prisa de aguaceros en las alas, que tratan inútilmente de escapar de todo. No obstante, podría decirse cualquier cosa de esos domingos excepto que son pródigos en astucias o milagros. Y a pesar de ello, fue precisamente un día domingo cuando todos se percataron del hombre que estaba encerrado en el quiosco del parque John F. Kennedy. Y no por mera casualidad tan repentino suceso fue de ordinario conocido a la salida de la Misa de 8. Al principio logró ocupar la atención nada más que de los niños (que recién habían clamado por la paz del mundo en virtud de una subrepticia estratagema del cura párroco, quien se había percatado de que los feligreses dispensaban sumas menos mezquinas cuando los niños tenían voz en la eucaristía). Luego las madres de los niños repararon en que nunca antes se había visto a un hombre en tan insólito cautiverio. Y el domingo imponiéndose entre la sorpresa y la curiosidad no permitió que los esposos miraran de inmediato, preocupados, como estaban, de otras tareas propias del domingo. Más que a la humillante situación del hombre, los esposos prestaron atención a su extraordinario parecido con un caballo. No faltó quién asegurara luego que en realidad no se trataba de que un hombre apareciera encerrado en el quiosco, sino que el quiosco apareció en derredor del hombre. Siendo como son los parques, espacios idóneos para el tránsito peatonal, los ciudadanos que por allí pasaron no dejaban de asombrarse con el hombre encerrado en el quiosco. No hablaba ni lloraba. No se lamentaba. Entre las pocas cosas que dijo, una de ellas revistió una singular relevancia debido a su carácter, digamos, poético. Luego de que alguien le ofreciera agua, el hombre encerrado en el quiosco aseguró que después de 24 horas sin probar cosa alguna el agua adquiere sabor. Algunos otros vecinos propensos a las especulaciones lanzaron la hipótesis de que el hombre encerrado en el quiosco no era más que un resultado de los ritos de aquellas tribus marginales de domingo. Otros aseguraron que era el primer milagro de domingo y propusieron ofrendarlo, ante lo cual, el cautivo replicó con sutil negativa. El cura, advirtiendo el inminente riesgo que representaba tal asunto para las santas finanzas de su parroquia, profirió un pomposo sermón contra la idolatría, evocando, para ello, la figura del becerro de oro (variada representación de la diosa baal). Si bien el sermón tuvo esa efímera efectividad de cualquier sentencia, no dejó de traer importantes consecuencias, especialmente para las solteronas tristes de domingo que habían hallado en la contemplación del hombre un entretenido pasatiempo. No por mera referencia fortuita, cabe señalar que los esposos intuían y extrapolaban la similitud equina del hombre al tiempo que introducían su mano en el bolsillo. Ciertos representantes de la marginalidad imperante se inclinaron por la idea de que el hombre encerrado en el quiosco coexistía con el quiosco y que, por una conjetura de azares, se había vuelto contingente un domingo a fines de mes. Sin embargo, aseguraron los detractores, cuando el Ing. Roberto Jiménez Martén diseñó el quiosco en el año 1934 nunca figuró la idea de que éste fuera empleado como prisión. Mucho menos como prisión de un hombre que se parecía a un caballo y que había aparecido repentinamente un día domingo. De cualquier modo algunos otros se quedaron convencidos por la teoría estética de la recepción y la plurisemia de los quioscos. El hombre, por su parte, se hizo viejo y familiar. Luego, demolieron la pulperia de la esquina y todo mundo se sintió mejor.