
A veces uno está verdaderamente agüevado y no sé sabe si atribuirlo al fin de mes o a la ya reconocida incapacidad de llegar incólume (¡victorioso!) hasta él. No se sabe si atribuirlo, por otro lado, a ciertas carestías que empiezan a implicarse raramente en la vida: el fin de mes epilogando los veintipico y prologando los casi treinta, el fin de mes con su avalancha de mes, el fin de mes así sin más… Pero más allá del habitual bache existencial que se abalanza siempre a fin de mes (especialmente cuando eso significa sobriedad) creo que hay un desorden vital que crece y que se olvida a diario de manera, digamos, peligrosamente deliberada. Supongamos, pues, que se lleva varios años sin ordenar ciertas cosas imperativas. Supongamos que cada mañana se guarda ese desorden bajo la alfombra, o se cierra la puerta del cuarto para que nadie vea lo que hay adentro (desorden), y se sale al mundo.Claro, la respuesta es sencilla y de sobra conocida: “¡Pues ordenalo de una vez! ¡Pero hacelo ya!” Como una fatal fuga, a la mejor guisa bachiana, esa sentencia salta de una boca a otra con sus diversos matices de oboes, cuerdas, bronces y hasta de labios maternos. Lo han dicho todos: ¡Ordenate! ¡Ordenate! ¡Ordenate! ¿Pero qué es ordenarse? Concedo a mi padre su acostumbrada replica cuando empiezo por esto. “A mí no me venga con silogismos ni con filosofías”, dice él. La pregunta es retórica (borgeseana, también), sé bien la respuesta y mi padre nunca lee Borges ni padece de insomnio. Ciertamente es muy cómodo atrincherarse en vanidosos cuestionamientos y apelaciones a la imaginación… a la incomprensión… al capitalismo… a Dios… a Faulkner… a Anatole France quien también tuvo una madre sobre-protectora (igual a Proust, según dicen)… a la picha entera… al biberón que se enfrío en el seno materno… al rock o a la poesía. Trataré de no ser tramposo. Sé que “ordenarse” requiere un esfuerzo prodigioso toda vez que los días, conforme pasan, acumulan entrópicamente más desorden. Los ventipico años de consumada inutilidad han demostrado que, a día de hoy, no somos capaces de realizar tales emprendimientos. Esto, de antemano, sé que resulta un baladí resabio de pretensión romántica. Pero si de verdad interesara tanto me la guardaría o haría algo por él. Es más, sí por casualidad tan dudoso acto comunicativo fuera impostergable, el último lugar donde se debería ventilar sería un blog. Para eso están los periódicos (o para la prosa, según Apollinaire) y las numerosas editoriales que ansiarían publicar todo tipo de soserías chillonas o testimonios de adolescente tardíos: ¡Incomprensión! ¡Por la puta! ¡Eso vende! Chavalitos recién ingresando al mercado laboral (con salarios, a menudo, superiores a los $2000 al mes, según el INEC) y con frustraciones de adolescente sin atari, sin nintendo, sin super nintendo, sin play station… Tomemos gin-tonic y hagamos festivales de adultos-niños-que-se-resisten-a-ser-adultos-mayores. ¡Festivales retro! Al menos venden más que las gestas revolucionarias y las camisas del Che. Mi país (desde mi modesta perspectiva) se caracteriza por reunir los más provincianos, sectarios y marginales espacios de comunión (con dichosas y lamentablemente escasas excepciones). Nuestro trainspoting descendido (¿o elevado?) a la miseria tropical de los bananos mosqueados: con sus matices posmodernísimos de pesquisas entre tribus urbanas (la imbecilidad que te hace odiar a un tipo por tal o cual peinado) y epígonos eurocentristas que convierten un garaje en un pub y el otrora “polo” en ídolo. ¡Periferia! ¡Periferia! Los menos “limpios” (de bolsillo, la limpieza es una categoría reducida a lo cosmético-pecuniario) irán a París, Oslo, Buenos Aires, Ámsterdam o New York (y los muy cabrones, cuando lo son, ni siquiera tienen la delicadeza de masturbarse en un baño del Waldorf Astoria) para importar proyectos civilizatorios y para enseñar, luego, a sus acólitos qué hacer con la basura, con las ciudades, con la música, con las bebidas, con las comidas, con la bicicleta de papá y, sobre todo, para anunciarnos los últimos sucesos en la moda psicoactiva y el arte conceptual. La verdad no sé si el fin de mes agrava los pesares o hincha las pelotas. Mi desorden es el desorden de esta ergástula mediocre y mi mediocridad es media prima del país.
Julio 2007
3 comentarios:
ergástula mediocre es una fórmula lindísima -digo como quien detracta de las esdrújulas.
Entre el desorden de mi vida y la crisis de los veintitantos... por lo menos el fin de mes no me ataca.
Entre el desorden de mi vida y la crisis de los veintitantos... por lo menos el fin de mes no me ataca.
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