Como
dijo el santo Fray Bartolomé "todas las cosas que han acaecido en las
Indias, desde su maravilloso descubrimiento y del principio que a ellas
fueron españoles para estar tiempo alguno, y después, en el proceso
adelante hasta los días de agora, han sido tan admirables y tan no
creíbles en todo género a quien no las vido, que parece haber añublado".
Y pareciera que tales cosas maravillosas, después de tanta agua corrida
bajos los dudosos puentes y autopistas de estas tierras, siguen
sorprendiendo y abrumando, tanto la mente del perezoso cholo de
reducción, como a la del más avisorado cristiano. Es por eso que
resulta, por demás oportuno y lícito, referir, aunque sea sumariamente,
los hechos acaecidos en las villas antes referidas y, en especial, los
hallazgos portensosos del ahora celéberrimo Paracelso Arias de Sánchez,
una suerte de hermano oculto de los reconocidos adelantados oligárquicos
del Barreal y tierras allende, que, en virtud de sus reales
credenciales y su poder irrefrenable, han gozado del favor de los
electores y la admiración de los salvajes que habitan tales lares.
No
cabe duda de que en el preliminar anonimato del dichoso Paracelso
ruedan los molinos del Altísimo y que todo ello no es otra más que obra
de su misericordia e infinita sabiduría. En un principio, valga añadir,
los rumores acerca de los móviles que subyacen en las fatigas
misteriosos del sabio fueron poderosas a que los veedores destacados y
el mismísimo Obispo sobresaltaran sus reposadas y santificadas vidas y
decidieran destacar a sendos comisarios para determinar si en la obra
del alquimista se vislumbraba la huella del maligno. Pero a toda obra
ignota la luz llega y alumbra hasta los musgosos meandros de la
actividad pagana y en ella se solaza la bondad ulterior. Y además la
Providencia Divina tiene dispuesto que en el mundo, para direción y
común utilidad del linaje humano, se constituyan reinos y pueblos,
reyes, países, villas con centros comerciales, zonas francas y call
centers, capitales con diputados dueños de parqueos, como padres y
pastores y ovejas y lobos, además de sabios conocedores de los
misterios. Así se colige que Paracelso Arias de Sánchez, el sabio de la
villa vieja, deba ser concebido, en sí mismo, como una más de las
ofrendas ininteligibles del Divino Creador, como la peste y la
enfermedad, como los ingenieros del MOPT y las espinillasde en la
adolescencia, como los pelos de las orejas y las cabezas de vena.
Relatan
los indios y demás salvajes de Lalajuela que el sabio Paracelso redundó
en tantos intentos como yerros para la consecución de su obra . Una vez
hubo elucubrado cuál iba a ser la suerte de los futuros gobiernos en
aquellas tierras malsanas, Paracelso decidió mostrar los resultados de
sus ejercicios alquimistas y enseñó a todos quienes habitaban allí la
insospechada muestra de su ingenio, que, por obra de Dios, quiso
anticipar la llegada de elecciones y posibles fallos constitucionales no
favorables. Así pues, fue como los salvajes y cristianos contemplaron
por vez primera vez desde el incio de los tiempos las travesuras y
gracias que podía hacer aquél que los alquimistas antiguos llamaron
"homúnculo" y que la posteridad conocería como Fabio de Molina.
Muchos
eruditos conocían el procedimiento de la receta tradicional para
fabricar un homúnculo, la cual exige la combinación de una bolsa de
carbon, mercurio, fragmentos de piel o pelo de cualquier humano o animal
del que el homúnculo sería un híbrido. Empero, ninguno de ellos logró
llevar el proceso a cabalidad y, por el contrario, derrocharon tiempo y
sudores en la elaboración de fétidas mezclas y nefandas alquimias
carentes de inteligencia. Se supo luego que el secreto de Paracelso
Arias de Sánchez fue combinar diferentes elementos de tradiciones
variados, tal es el caso de la audaz sustitución de la mandrágora por
una raíz de chayote y el empleo de vino de coyol y guaro de contrabando
en vez de semen de ahorcado.
El homúnculo, o Fabio de Molina como
se le conoció desde el inicio, incurrió en gracias y travesuras
inofensivas valiéndose del aprecio que le profesaban todos los salvajes y
cristianos de entender limitado. Llegó a ser diputado y dueño de una
ferreteria pero su vertiginoso despegar empezó a despertar suspicacias
en otros adelantados que por allá merodeaban. No se sabe a ciencia
cierta qué suerte corrió al final pues luego de tales sucesos sobrevino
un periodo en el que las fuentes resultan inaccesibles y escasamente
fidedignas. Se sabe que los adelantados Arias de Sánchez, hermanos de
Paracelso, el alquimista, tomaron el poder desatando la ira de Dios por
los males y daños, perdición y jacturas que infringieron a tales reinos,
y, por mejor decir, de aquel nuevo mundo,
concedidos y encomendados por Dios y las empresas trasnacionales para
que se los reeligiese y adorase. Del dichoso alquimista se supo que
lloró y sufrió por las vilezas hechas por sus hermanos y su homúnculo
contra aquellas indianas gentes, pacíficas, humildes y mansas que a
nadie ofenden. Pero, como decían los antiguos, no sirve llorar sobre la
leche derramada y las líneas con las que escribe el Señor son a veces
inexpugnables, más allá de que nos resulten, a veces, inicuas,
tiránicas y por toda ley natural, divina y humana, condenadas,
detestadas y malditas.
Mi libro
Hace 11 años
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