Es un gaznápiro despreciable en cuya cabeza se empieza a adivinar una incipiente calvicie. Y por si fuera poco es pelirrojo. Al escucharle hablar uno podría imaginar que vive en Bosques de Lindora y que brinda asesoría legal a alguna trasnacional. Pero vive en el Barrio El Molino de Cartago y trabaja como técnico de computación en su propia casa. Al escucharle despotricar contra José Feliciano uno podría imaginar que escucha metal noruego y que tocó batería con Mantra. Pero tiene todos los discos de Claudio Baglione y tocaba covers de Air Suply cuando los ochentas (ni lo retro) no estaban de moda. Sus anteojos de pasta y sus gesticulaciones hacen suponer que estudió en Essex y que conoce todos los museos de Europa occidental. Pero ingresó a bibliotecología en la UCR con firmes, aunque porfiadas, intenciones de trasladarse a ingeniería civil y no puede diferenciar un Goya de un Magritte. Nunca se graduó y considera que comer en Pan e Vino lo convierte en referente cosmopolita. Empezó vendiendo computadoras clonadas a familias de clase media y así amasó un pequeño capital. Lo suficiente para pagar los marchamos atrasados del honda que le heredó su padre antes de morir. Se autodefine como un joven empresario y, sin embargo, todos los sábados en la madrugada pide prestado para pagar la cuenta del gallo pinto de La Feria de Churruca, alegando no tener menudo. Su bebida favorita es el Jack Daniel’s y es uno de esos graves señoritos que siempre se dirige a los meseros de los bares como si éstos le dispensaran votos de obediencia. Es un pelirrojo nefasto que sueña con una utopía neoliberal en la que no existan las mujeres que se quejan de los polvo ´e gallo. En las mesas de tragos asegura que nunca pierde el tiempo con negocios que no excedan los $1000. Pero lo cierto es que todas las semanas anda pulseando una formateada de disco duro o una instalación de antivirus a efecto de reunir el dinero suficiente para pagar sus lujitos y la cuenta de Orquídeas, una vez al mes, cuando su novia “se lo presta”. Si bien no existe nada (salvo el número de cromosomas, quizás) que lo haga semejante a Samuel Yankelewitz, cada vez que habla de política pareciera que anuncia la convergencia entre sus intereses y los de las cámaras empresariales. Cuando está con sus amigos presume de un vigor sexual (por demás dudoso) que haría enloquecer a Nefertiti. Muy a pesar suyo las conversaciones de su novia y su mejor amigo (el cual siempre se ha caracterizado por una rara propensión a saltar tapias) revelan lo contrario. Se le pone la piel de gallina y se estremece cada vez que escucha el himno nacional o la patriótica costarricense. Considera que el chifrijo es un referente nacional infinitamente superior al vigorón que venden los nicas el 1 de agosto. Es de ese tipo de personas que suele atenuar el sentido de las cosas mediante el uso generalizado diminutivos o sustituciones abusivas. Se refiere a Saprissa (se equipo) como “La S” y cuando habla del presidente le dice “Don Óscar”. Antes de que su calvicie lo excluyera de tan fortuitas prebendas salió en anuncios de Dos Pinos y tuvo novias que eran hijas de señores y señoras adineradas. Durante este efímero periodo se esmeró en caerle bien a los suegros pero éstos últimos, por unanimidad, lo consideraban un auténtico vividor (un jaretazo, un totogol). Se sienta en la barra del bar “El Sitio” con otros “principales” y, pese a que durante toda su juventud fue un mariguano poco exigente, ahora asegura que la cajeta es sólo para los muertos de hambre. Toda la gente como él nació en Cartago y compró tacos donde Doña Marta y los domingos fue a misa de 6:30 a los capuchinos y luego fue a Mc Donald´s y después llegó a su casa y se masturbó con el recuerdo de alguna de las chicas más tetonas del Colegio Sagrado (cuando corrían los 90 y las chicas lindas de Cartago eran adoctrinadas en integrita carnis por las monjas betlemitas). Presume de haber compartido mesas de tragos con los mercachifles más distinguidos de la provincia y se figura ocupando un cargo en la junta directiva del Club Social. Toda la gente como él nació en Cartago y considera que, a excepción de Costa Rica y Argentina, América Latina está integrada por puros indios y negros. Participó en esos retiros espirituales donde los chicos malos se arrepienten y juran no volver a oler perico y hacen votos de renovación acariciando la posibilidad de pedirle cacao a la hija de algún terrateniente. El éxito de sus conquistas suele atribuirlo a que la primera cita cosiste en “llevarla” a Tony Roma´s y pagar la cuenta mediante quien sabe qué ignoto mecanismo de endeudamiento. Toda la gente como él nació en Cartago y considera que trabajar en Forum es un paradigma del triunfo y que los problemas más fundamentales del ser humano se resuelven con estatus. Cada vez que lo veo pienso en la necesidad de que la filosofía analítica se olvide de Witgensttein y que de una vez por todas se ocupe de la fenomenología de las cuentas por pagar.
Bárbaro Jenaro! Está buenísimo! Cuando escribís con odio en el corazón te sale más sabroso. Ya quisiera yo hablar la mitad de hermoso de todos los que se me atraviesan en el hígado.
2 comentarios:
Bárbaro Jenaro! Está buenísimo! Cuando escribís con odio en el corazón te sale más sabroso. Ya quisiera yo hablar la mitad de hermoso de todos los que se me atraviesan en el hígado.
Qué risa ese mae. Hay una sucesión de rostros posibles para encajarle, no obstante la descripción.
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