lunes, 23 de noviembre de 2009

Crónica de un lunes


Mi jefe tuvo un sueño que, según él dice, debe interpretarse como la inminencia de mi muerte. Olvidándome del rigor científico trato de interpretar qué rara cadena de coincidencias lo condujeron a tales conclusiones. Algunas consideraciones. Hace días tuve lumbalgia y me ausenté del trabajo. Eso motivó, además de las suspicacias de los jefes, numerosas advertencias acerca del cuidado de mi salud. Habría que añadir que soy una persona hipocondríaca cuya obsesión raya en el paroxismo. Mi jefe es consciente de ello. Y también es consciente de que las condiciones en las que trabajamos nos son las más afortunadas y que por esa misma razón uno de mis compañeros decidió renunciar y regresar a su país. Poco antes de que este compañero anunciara su partida mi jefe, según dijo luego, había soñado con una situación similar. Continúo. Mi jefe conoce de mi afición a la bebida y mi tabaquismo. Aunque su gusto por el alcohol puede considerarse escandaloso, mi jefe nunca ha escatimado en impartir cátedra de vida para mí, advirtiéndome del riesgo de lo todo tipo de excesos. Curiosamente ayer volvía ver el Séptimo Sello de Bergman. Durante toda la película pensé en la muerte. R siempre trabaja los domingos, ocasión que aprovecho para visitar a mis padres. Ayer no fue la excepción. Sin embargo únicamente fui a desayunar pues mis padres tenían que asistir al almuerzo de una amiga suya. Regresé a medio y almorcé con R y su hermano. Ambos retomaron su jornada laboral a eso de la una y pico y me quedé lavando platos. Estuve debatiéndome entre hacer una caminata o no. Al final me incliné por la idea de fumar un puro y salí a comprar cigarros (R me había pedido que fuera al supermercado). Durante el camino fui víctima de un pequeño ataque de pánico. Pensé en sufrir un paro cardíaco en perder la razón en tener cáncer o en ser atropellado por un carro. Que quede claro que son cosas que pienso a menudo, aún sin los efectos de la marihuana. Hace poco menos de 4 años acostumbraba salir a caminar por Cartago luego de fumar un puro. Un exalumno del colegio donde impartí clases había adquirido la sana costumbre de obsequiarme marihuana de manera ocasional. Entonces yo llegaba a casa y tomaba un café con mis padres, leía un poco (en aquel tiempo leía a Severo Sarduy y a Lezama Lima), fumaba un puro y salía a caminar. Regularmente caminaba desde la antigua casa de mis padres (la que convirtieron en un edificio de alquiler donde hay un abogado amanerado y una veterinaria) hasta la Plaza de la Independencia, o lo que es igual, La Iglesia de María Auxiliadora. Huelga decir que sentarme en ese parque a leer o a escribir algo o simplemente a ver la gente constituía un grato divertimento. Ayer, por el contrario, fue algo terrible. Llegué al cruce de Concepción y el sonido de los carros era insoportable. Me extravié al llegar al video club Orion y me desconcerté mientras intentaba comprar cigarros en el AMPM. Nunca me he considerado un asiduo fumador de marihuana. Cuando hay fumo y si no hay no me importa. La primera vez que fumé tenía 16 años. No obstante la primera vez que sentí los efectos verdaderos fue un 31 de diciembre de 1998, es decir, cuando tenía 17 años. Aquella vez me fui de pálidazo y me cagué en la fiesta de fin de año de mis amigas, María y Lorea. Después de ese episodio sucedió una especie de estrés postraumático que me impidió volver a fumar hasta el año 2000. El temor a la muerte es un seudo temor, pero es real. Como la nada, que es una seudo idea y a la vez es real. Acercarse a los treinta puede ser algo desolador. En realidad, es bien jodido. Los compañeros que tuve en la U (los que, a diferencia de vos, sí se graduaron) empiezan a ocupar cargos públicos y empiezan a tomar decisiones que me afectan. Algunos son asesores otros empiezan en la retaguardia de alguna nómina diputadil y otros son candidatos a regidores o alcaldes. Otros compañeros y amigos cursan posgrados en el exterior, imparten clases en la U y otros ya son empresarios o laboran para alguna buena compañía. La mayoría de las personas con quien me relacioné en los últimos 10 años supo traducir operacionalmente el mito del éxito y ahora están, como quien dice, sssssúper bien. De repente pienso que lo que más me molesta de la gente emprendedora, (los que en repetidas ocasiones he llamado “precursores de sí mismos”) se relaciona con el hecho de que nunca he culminado ningún proyecto en mi vida (las únicas dos cosas en las que he sido constante son: la música y la lectura.). En al año 2001 un sujeto diminuto me condujo hasta la casa de un mae que tenía equipo para grabación y me puso a cantar canciones de Silvio Rodríguez para grabarlas. El resultado fue ominoso. Un disco con más o menos 7 falsificaciones. De lo peor. El lugar donde se cometió tal infamia (es decir, donde “grabamos”) era una casa muy humilde que estaba ubicada al costado sur del “Fello” Meza (R se ríe cuando yo le digo que ese barrio se parece a La Boca). Me dieron una guitarra y me pusieron un micrófono y me preguntaron si quería algo (respondí que una gin ginger ale) y me pidieron que tocara lo que quisiera en la salita de aquella casa llena de recortes de periódico y fotografías de policías. El mae que tenía el equipo para grabación se convirtió en cantautor aunque, en mi opinión, eso equivale a ser una suerte de Ricardo Montaner acústico. “Mi disco” fue distribuido con escasa fortuna en el café Ti Ama y, si el hongo no ha acabado con todas las copias, por ahí debe andar alguna (en la guantera del carro de algún familiar, sobre todo). A veces trato de buscar en qué recodo de mi rostro está el carajillo que quiso ser físico o ingeniero o músico o historiador o periodista o escritor o montañés o explorador. A veces trato de buscar en qué recodo del rostro está el viejo que aún no sé si llegaré a ser. Todos los locos del mundo nacieron un lunes igual a este.