
Ignoro cuál es el procedimiento que permite tomar un sujeto de la calle y volverlo despojo en cuestión de horas. En sentido estricto, y más allá de toda disquisición gastada, desconozco cómo se le asigna valor a ese otro sujeto que, pese a dispensarle un tercio de su vida a la ominosa industria del “laburo”, no logra procurarse sus anhelos.
Para muchos es difícil vivir en estas calles llenas de profilácticos y cajeros automáticos. Se tiene un trabajo que te proporciona mensualmente un miserable cheque con unos pocos ceros y siguen ahí “estas alas tan cortas y estas nubes tan altas…”
Y quizás envidiamos la ropa de esas otras gentes y nos gusta escucharles hablar en las cantinas. Pero tu salario no alcanza para tales prerrogativas. Y la palabra crisis salta de boca en boca hasta el mantel de esas mesas importantes donde la palabra crisis es, así sin más, un argumento para decidir esto o aquello: aquel movimiento o este otro.
La insatisfacción del mundo debe ser mayor a la suma aritmética de las insatisfacciones individuales. Y los números llegan hasta sitios donde no llegan los presidentes ni la televisión por cable y establecen su tiranía del orden. Se realizan inventarios de desolación. Así pues, las abstracciones puras del pensamiento no funcionan para describir esos pájaros pobres que nunca han presenciado el nacimiento de un cielo. Pero yo no quiero hablar de esos mismos lugares de los que se sabe tanto y a la vez tan poco.
En las calles madura otro tipo de sujetos hechos ruina que mira y se pregunta frente a los ventanales ¿quién es el hijue puta culpable de todo esto? Y ese es el sujeto común que sostiene los andamiajes del planeta. El sujeto inferior. Porque las calles están hechas para otros sujetos aunque sea él quien usufructúe su nostalgia. Y entonces otros adustos individuos se rascan el mentón y se lamentan por la estupidez de las personas. Y esos mismos individuos volátiles suman réditos que restan de bolsillos más profundos y se sienten protagonizando el destino de una patria toda vez que emplean alocuciones criollas. Las tasas de interés pasivas siguen subiendo y dentro de mi sombra cabría un condominio.
En tránsitos contiguos a tu vida hay otros ministerios menos escrupulosos y entonces sos consciente de que, dentro de poco, aquel mismo idiota que lamió los zapatos adecuados en el momento adecuado, se dirigirá a vos con su zapato. Y lo peor de todo es que el individuo inferior no tiene las agallas para hacer las veces de un iraquí frenético que sabe emplear su calzado de maneras menos ortodoxas. Y quizás vos estarás ahí, mirando telenoticias, cuando entrevisten al buen lamedor de zapatos que conociste en la universidad. El mismo imbécil que leyó a Sartori y a Umberto Eco para sentirse una joya de la intelectualidad. Y luego supo decir “tiene usted razón, señor diputado” y se consiguió una novia linda y lo suficientemente boba como para engrosar su ego, porque ante todo hay que decir (parafraseando a Balzac) que un idiota siempre requiere de otro idiota más idiota que él para engalanarse y creerse inteligente.
El infeliz que adquiere estatus en las tiendas y coteja sus facciones con las de los acreedores de un Golden Globe Award, luego cree que la vida es una fiesta únicamente porque su noviecita estúpida le dijo que se parecía a Brad Pitt. Y luego te topás con esas frecuentes encrucijadas en las que debés decidir entre cenar una empanada argentina con cerveza o una botella de vino barato y pan añejo. Optás por el vino y esperás a tu mujer y caés en cuenta de que no tenés nada que ofrecerle además de desayunos con yogurt de fresa y frutas y, de vez en cuando, huevos con tostadas. Pero la amás. Y quizás ella te ama. O quizás no. Pero no importa. Entonces recordás ese bolero exquisitamente demagogo “yo no engaño a nadie porque soy sincero/ y cuando me entrego en una pasión/ no me importa cómo, quiero cuando quiero/ a mi manera doy el corazón” y sentís que vale la pena vivir (ignorás porqué pero sospechás que vale la pena). Y te sentís absurdamente abrigado por esa otra gran mentira que llaman “Latinoamérica”.
Y luego recordás ese personaje extraño que tuvo la oportunidad de ser el primer y último hombre a la vez y que después de todos los vaivenes suspiró un día y dijo “it is good to have been a man”. Los confines de eso que llaman “tu vida”, no obstante, están poblados por cosas que, sin ser exactamente fantasmagóricas, llegan desde un lugar lejano y frío. Y llegan como llegaría una sonrisa mientras cruzás una calle al final de tus días. Como una tristeza dulce. Te arropa el alma y poco importa que tu jefa se comporte como si asistiera a un ministerio de colonias. A propósito: debo a la conjunción de la ética protestante y una máquina de vapor (en palabras de los clásicos) su devoción al trabajo. Aunque pensándolo bien, en sentido estricto, ella no es una mujer muy laboriosa: únicamente se ocupa de proteger su patrimonio. En tal caso, si ser cristiano supusiera soltar todo y largarse y exigirle al mundo que se ocupe de vos mientras jugás a ser palabrista en una montaña, entonces, yo sería un fundamentalista.
Así se está mientras se piensa en que así se hace la literatura. Así se está, o así se estoy, inclinado sobre un escritorio. Tengo frente a mi cara una nota periodística cuyo titular sugiere que los fumadores pierden 13 años de vida. Y los artículos posesivos lucen acaso como abusos lingüísticos. Tanta veneración por la propiedad privada y, pese a todo, ésta no pasa de ser poco más que un medio de coacción.
Hay una realidad marginal y otra presurosa y otra desafiante y otras tantas. Los tomates del supermercado no admiten miramientos cuando esperás en una de las cajas y adelante tuyo hay una pareja de esas que debieran llamarse couple y que pagan con tarjeta platino.
Quizás el domingo pasado pasaste frente a esa misma escuela donde tantas veces sonreíste a las maestras con tus camanances tiernos y tus ojos rapaces. Las instalaciones de dicho centro educativo eran empleadas como recintos electorales donde una constelación de imbéciles y mercachifles de bienes intangibles invitaban a los transeúntes a ejercer su legítimo derecho de elegir electores. Formulas y papeletas con numeraciones asignadas de maneras arbitrarias o por consenso de unos cuantos. Acaso algún ex suegro millonario derrochando su fortuna. La hija de aquél colega suyo que mudó sus opulentos glúteos a fuerza de asistir a clínicas para tratar desordenes alimenticios. El profesor de matemática con su virilidad puesta en entredicho y con el auspicio de caciques menos escrupulosos.
Pero sabés que el show de la política en tu país así lo establece. Se toma partido según filiaciones de tipo más afectivo que efectivo. A lo mejor se trata del hermano de aquel excompañero de clases que fue tan buen anfitrión cuando te invitó a su casa de veraneo. Y los ves salir de sus cubiles. Esas mismas personas pertenecientes a una raza vil de hombres y mujeres tenaces, de sí propios inflados, que tienen el futuro tomado por los cuernos y al pasado le tiran de una oreja.
Y no obstante se respira un ambiente frío. No es una fiesta electoral, en sentido estricto. Asisten pues y ya. Y está el candidato a síndico que ambiciona una plaza de cuarto de tiempo en el MEP para su cuñado, claro está. Y el otro candidato a síndico que coordina las bases y los comités vecinales de barrios miserables donde siempre hay una antena de Direct TV y una banderita de su partido político. Este último obtendrá un puesto de guarda para su primo en la escuela del circuito. Pero también asisten peces menos achacosos y más robustos.
Y los precandidatos a la presidencia opinan y (literalmente) se lavan las manos después de opinar. Están de moda los comicios donde participan representantes de una minoría y por eso la candidata oficialista (que dice no ser oficialista sino auténtica) califica como exitosa la jornada.
Que diminuta luce tu escuela cuando volvés después de veinte años y cuando la totalidad celular de tu cuerpo es casi otra. Ya no queda nada de tus juegos de escondite ni de las rebook rosadas que lucía tu compañerita más linda. Quizás dentro de veinte años las distritales de Liberación Nacional serán así de diminutas. Como luce hoy tu escuela con su patio medio anegado por los aguaceros de comienzo de año. Quizás las distritales serán así tan pequeñitas que casi no te será posible imaginar que un alcalde y un millonario cabían en una papeleta junto a dos síndicos afeminados. Entonces pensarás que tu presidente deberá ser enterrado en una cajita de fósforos. O a lo mejor te has ido a cazar comadrejas y no sabés nada de nada. Y tu mujer, talvez, seguirá diciendo que te quiere.
3 comentarios:
la imagen fue tomada de www.e-kontuz.org/
Qué bueno poder leerte en stereo. Y que hayas sacado la imagen de Kontuz ("cuidado", en euskera) para ilustrar un post que, además, me recuerda a una estrofa de Su Ta Gar:
Kalea bustitzen duen euriak ez dik orain hire kotxea garbitzen, agian besteok ez gaituk askoz hobeagoak egia esan ez diat tutik gogoratzen atzo gauean egin nuenaz baina igande goizetan etxeratzerakoan pasaiatzen ikusten haut emaztegaz zintzo-zintzo
Que en lengua vernácula vendría a ser:
La lluvia que moja la calle ya no lava tu coche; tal vez los demás no seamos mucho mejores -lo cierto es que no recuerdo bien qué hice ayer por la noche-, pero el domingo por la mañana, cuando vuelvo a casa, te veo pasear con tu mujer, todo formal.
Irse a cazar comadrejas...
ya no recuerdo el número del bus que hacía parada en desolation row.
ya no recuerdo, si por lo menos pasara un taxi!
Publicar un comentario en la entrada