miércoles, 9 de mayo de 2012

La primera vez que tuve que cortarme un pelo de la oreja o el vértigo de la madurez




A mi amigo Alejandro, que cumple 30 años



Más allá de que me digan fatalista creo firmemente que el único periodo de felicidad plena en la vida de un hombre es una breve sucesión de días o años que se encuentra delimitada por 2 etapas cruciales e ineludibles. Naturalmente la tenacidad, la duración  y las condiciones de ese periodo son variables en demasía, aunque, en términos generales, es posible decir que existen determinaciones y características comunes, al menos, para  todos los hombres occidentales de clase media. Por ejemplo, en alto grado consensual podemos sostener que el límite inferior de ese periodo de gozo infinito, al que llamaremos la edad de las eyaculaciones sin culpa,  está asociado a la etapa ferviente de la vida en la que uno solo se preocupa de evitar la natilla en el desayuno y la masturbación excesiva para que no le salgan espinillas. Si bien existen casos notabilísimos de maes que podían hartar natilla y empanadas de Chopan y jalársela como simios sin que su cutis se viera mancillado por el acné, en gran medida, durante dicha etapa, los chavalos nos destacamos por ser celosos observantes de esa mitología dermatológica que se nutre de las abuelas y las recetas de sabila y aguarraz y las toallitas oxy.  

El límite superior de la edad de las eyaculaciones sin culpa vendría dado por esa otra fase de la vida, por demás ominosa, en la que uno se ve en la necesidad de comprar aparatos especializados en la remoción de las incipientes (o profusas, según sea el caso)  vellosidades que aparecen en sitios donde nunca antes hubo vello (tal es el caso de los pelos de las orejas). Son frecuentes, además, los casos de verrugas y cabezas de vena y varicoceles, sin olvidar, por supuesto, las afecciones, otrora inusitadas, como por ejemplo las prostatitis o los malestares vinculados al colon. Cuando uno supera el umbral de esa etapa tiene absoluta certeza de que las resacas ahora son un asunto de vida o muerte y de que las birritas de la tarde se traducen operacionalmente en flatulencias y aumento de peso.  

Existe un indicador infalible para detectar la culminación de esa etapa de prosperidad, que  tiene una íntima relación con los cuidados en la elección de las ropas y los peinados. Efectivamente, uno empieza a abandonar el país de las sonrisas y los polvos de una noche cuando no quiere usar ropa vintage ni peinados extravagantes y cuando los señores del barrio que uno se topa en las mañanas le dicen: "puta, como te estás pareciendo a tu tata". Así las cosas, resulta verdaderamente difícil de creer que alguien pueda negar que uno solo se siente plena y enteramente feliz cuando las espinillas dejan de ser un disuasivo para ir a hablarle a una chica y cuando aún no es preciso levantarse el cuello de la camisa en el bus a fin de que las chicas del asiento de atrás no vean alguna verruga o cabeza de vena. No nos vamos a detener en la elaboración de diatribas ni sortilegios contra quienes pudieran tildarnos de frívolos y turros, tan solo porque reducimos la vida a un afán seductor. A decir verdad no era necesario esperar hasta que naciera Freud para darse cuenta de que a la gente, básicamente, le interesa follar, desear  y ser deseado.   

Si observamos la vida de cualquier mae  nacido en la segunda mitad del siglo XX podemos identificar donde comienza y donde términa  la edad de las eyaculaciones sin culpa. Algunos fueron verdaderamente afortunados y crecieron con el Estado Benefactor y con el temor a la bomba atómica y sortearon abismos sin mayor dificultad hasta que la era del VIH los encontró cultivando sus primeras cabezas de vena, al tiempo que el mundo abrazaba la fe de los Chicago Boys. Otros jugaron super nintendo y play station y creyeron en el grunge y llegaron a la segunda década del siglo XXI sin darse cuenta que la vida era otra cosa muy distinta a la edad de las eyaculaciones sin culpa y a las canciones de Nirvana, a pesar, incluso,  de que la música de los 90 siguiera sonando igual que la del 2010. Muchos se descubrieron un día con un dolor lumbar y una decepción inmensa, metidos en un cubículo con un pantalón dockers de paletones y con la certeza de que la vida los había alcanzado y les había rayado en curva para luego anularse en una vereda donde un carajillo pecoso y feo les sacaba la lengua. 

La gran mayoría, pese a todo,  todavía transita por el ministerio de la vida sin caer en cuenta de que el mundo no puede ser un lugar amable si, como dice la moralidad burguesa, es preciso quedarse estudiando en casa o trabajando por el futuro en una zona franca en vez de salir todas las noches a bailar y a tomar tragos con los compas. Sin duda todos pasamos por ese transito oprobioso y un día comparecemos ante el espejo del baño y decimos "ha llegado el día" y decidimos cortar nuestro primer pelo de la oreja con una sensación parecida a la vergüenza de un gatillazo, pero peor. Después de ese día, empezamos a sentir que cada eyaculación puede ser el hijo que nunca tendremos. Eso, más o menos, significa madurar en esta parte del mundo y en este momento histórico. 

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