Era tardísimo. Superado el plazo mínimo (las 7:35 a.m.) no tenía otra alternativa más que tomar un taxi y asumir las desafortunadas consecuencias financieras que residen en una decisión como esa. Cuando se tiene 20 años cruzar San José puede ser un divertido pasatiempo o un trámite formal después de un polvo. Cuando se tiene 30 años y una jefa histérica, mitad holandesa, mitad filipina, cruzar San José es una actividad de suyo agobiante. Estoy frente al Taco Bell y una viejita me sonríe. Le sonrío. La vida no es un valle de lágrimas, pienso, es un archipiélago de ironías.
Mi plan es sencillo: tomar un bus desde Curridabat hasta Chepe Centro y luego tomar un taxi que me conduzca, más temprano que tarde, a la casa maltrecha que me sirve de oficina. Estas mañanas de julio tienen tacto de humillación. A las 8 y pico de la mañana transpiro como si habitara una olla de presión en vez de un país.
Subo al bus de Concepción; el mismo bus que pude haber tomado 800 metros antes, cuando la eglógica placidez de la casa de los Figueres y la ausencia de tráfico me permiten escuchar ipod a la mitad del volumen. ¡Las barras! ¡Las barras! Todos los peatones deberían saber que el responsable de la existencia de las barras de los buses es un batracio (un auténtico sapazo, no uno de los batracios que le roban el sueño a Óscar Arias) de Cartago que estudiaba ingeniería en el TEC.
Cuando el bus pasa frente a EPA la voz de Paul Mcarteney en mi ipod es apenas una leve textura que se desdibuja cuando el chofer conduce el motor a 3000 revoluciones. “Una razón más para arrepentirme de no escuchar thrash metal", pienso. De repente caigo en cuenta de que hay un espacio disponible. Pocas cosas de la vida diaria me molestan tanto como viajar de pie en el bus. Enseguida me cercioro de que mi posible compañero no es portador de alguna enfermedad contagiosa de obvia sintomatología. No tose ni estornuda ni parece sufrir congestión nasal. Tampoco se observan salpullidos ni otra afección cutánea. Finalmente llego al asiento, después de incomodar a media docena de personas inexplicablemente dispuestas en un tramo aproximado de 1.5 m. Digo “gracias” de manera gentil luego de que el presunto funcionario bancario me ofrece el asiento de la ventana. Me embarga un austero sentimiento de alegría al ser consciente de que podré continuar leyendo esa novela de Hammet en la que el “Agente de la Continental” cree pelear con un espectro.
Para el momento en que mi bus se detiene frente al Mas X Menos de Cuesta de Moras en la novela ya todos los sospechosos, excepto la sirvienta negra, están muertos. Pienso en la mejor ruta para tomar un taxi que me pueda a llevar a Los Anonos. Registro los bolsillos en busca de monedas. Camino, me detengo, vacilo, camino de nuevo, me detengo en una esquina, silbo, estiro la mano y subo al taxi que para. Le indico que necesito llegar a Los Anonos lo antes posible y me quejo del clima. El taxista le llama la guapilización de San José y se pone a tararear una canción de Los Galos. Luego hablamos de fútbol. El taxista es saprissista y, a pesar de esa condición, de suyo degradante, el hombre asegura que su selección de fútbol favorita es Alemania. De inmediato me siento cómodo, le pido permiso para encender un cigarro y escucho felizmente a Los Galos. “Sin duda”, pienso, “este es un buen tipo”.
Cuando veo el titular de Diario Extra que el taxista tiene en el regazo pienso en el mundial pasado y en el marxismo. Muy a nuestro pesar hay que reconocer que los vaticinios de Carlitos Marx en cuanto a la evolución histórica de la humanidad, por lo pronto, pueden ser considerados escandalosamente menos efectivos que los pronósticos futbolísticos del pulpo Paul en el mundial pasado. Por supuesto es preciso tomar en cuenta que estamos hablando de reinos de probabilidades muy diversos entre sí. Pero ya que estamos revolviendo mangos con chayotes de manera indiscriminada, a lo mejor, resulte lícito también, a modo de ejercicio contrafactual, preguntarse cómo habría sido el mundial de fútbol en una sociedad global igualitaria como la que proponen los marxistas.
El taxista cambia de disco y ahora suena Nino Bravo hablando de una América paradisíaca que nadie, salvo los representantes del FMI, conoce ni conocerá. Lo ignoro y sigo pensando en el mundial hipotético de la sociedad comunista. Creo que un rasgo muy atractivo de un mundial en una sociedad con tales atributos, ante todo, se relaciona con el hecho de que en una sociedad comunista no tendrían cabida los arrebatos de fascinación ética que suelen caracterizar las filiaciones a determinada selección de fútbol o las simpatías extrafutbolísticas con tal o cual país. En la sociedad comunista (esa que pudo ser pero que no fue) el hecho de que una persona se sienta identificada, digamos, con un equipo africano, no obedece, bajo ninguna circunstancia, a una necesidad reprimida de expiar sus culpas. Es decir, en una sociedad comunista, la acción de Luis Suarez (quien fue expulsado luego de obstaculizar con su mano el cabezazo de Dominic Adiyiah) no despertaría la acritud de presuntos abanderados de la justicia, pues, como dijo mi amigo Alejandro Marín, “no hay en la acción de Suárez más que el deseo de anteponer el interés y bienestar grupal al propio”.
Me imagino, además, que en una sociedad comunista la FIFA no tendría que interpretar esa pose de esperpento civilizatorio que condena a un jugador solo porque le dice "negro" a otro jugador. En una sociedad comunista, a lo mejor, la mitad del mundo aceptaría que el mejor fútbol lo juega la selección de Alemania y nadie se sentiría nazi por eso. En una sociedad comunista, de repente, se le puede decir negro al negro, pan al pan, vino al vino y mujer a la mujer.
El taxista me cuenta que uno de sus sueños más dulces es ir a Alemania para ver jugar a Schweinsteiger en el Bayern de Múnich. “Este es un tipazo” digo para mis adentros. Llegamos a mi oficina y el taxista me cuenta que su mujer lo acaba de abandonar y que su madre está enferma pero que nada de eso importa, según dice, porque, quizás, en la próxima fecha Saprissa llegue al primer lugar y Cartaguito acabe de enterrar a La Liga. “Mi segundo equipo siempre ha sido Cartago” me dice. Yo le pago los 4 rojos que costó la carrera, consciente de que, muy a nuestro pesar, habitamos un mundo en el que los chicos progre se creen muy progre cuando le van a los equipos africanos y cuando votan por el Frente Amplio o el PAC. En el fondo, Lucho Múñoz sigue cantándole a ese minuto de amor que nadie le querrá dar después de tomar su dosis de viagra y el taxista germanofílico se diluye en la ruta 27 como si el mundo fuera un bonito lugar para cultivar sueños.
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