domingo, 11 de octubre de 2009

Postal de La Habana (con un final tomado de Ernesto Pérez Chang)*


Era como un desvencijado Whitman perdido en medio del caribe. El niño que sale en la mañana estaba hecho girones y ahora asumía la forma de la ropa tendida en las balaustradas de los balcones. Lejos quedaba la encrucijada de 23 y G en La Habana y aquella horda de universitarios que bebía ron en tetra brik con sus converse y sus canciones de Lou Reed y Patti Smith. Lejos estaba también la negra que cantó Rabo de nube en un parquecito y el avistamiento del malecón con su gasolinera y sus tratantes unanimemente disidentes. Lejos estaba la cena en El Hurón Azul y las pinturas de Víctor Manuel Velázquez Mirabal. Y la evocación de una tarde que se estrellaba contra el muelle mientras un cuarteto interpretaba canciones del Benny. "Yo no sé, no sé decirte como fue, no sé explicarte qué pasó, pero de tí me enamoré". Por la noche la final de Industriales vs Santiago y uno de los meseros que presumía de haber sido el mejor pelotero de su barrio. Ahora la figura triste y pequeña de un pícaro refugiado de la Guerra Civil Española cuya autenticidad podría poner en entredicho. No niego, sin embargo, que su trato era simpático: "hijo, comprame una cerveza y te leo mis poemas". Luego añadiría que conservaba un ejemplar de La amada inmóvil de Nervo y que lo utilizaba como libro de cabecera. Yo ignoraba qué raras singladuras lo condujeron hasta La Habana pero le compré un six pack de birra cristal. Leyó dos o tres poemas de los cuales no guardo recuerdo alguno. Era un Whitman en miniatura que vestía de azul y que disimulaba su calvicie con una boina como la del Che. Cerca de nosotros un grupo de médicos aseguraba que el ron era menos perjudicial para la salud que la cerveza. Yo, sin embargo, prefería la cerveza. Quizás esa ropa permanentemente tendida en los balcones era como una barba llena de mariposas (la que hablaba Lorca) y quizás Whitman si estaba miniaturizado frente al malecón con una horda de adolescentes musculosos. Debe ser que ya no soportamos que le pongan más mitos y ángeles de muerte en la mejilla. El pequeño viejo refugiado de la Guerra Civil Española se marcharía de la mano con uno de los adolescentes a quien le iriía presionando un muslo. Al día siguiente ambos estarían robando mangos en el jardín de Academos a fin de que éste los sentara en su regazo y les diera sexo oral.



* Imagen de Víctor Manuel Velázquez Mirabal