lunes, 17 de agosto de 2009

Fabula de Ricardo


Cuando hablaba solo parecía que hablaba con un ángel. No hablaba solo, exactamente, pero no hablaba con alguien específico. Desde su confinamiento de soledad, Ricardo hablaba con su sombra, con el lapicero, con el escritorio, con la ducha y, mientras caminaba hasta el trabajo, conversaba con los zapatos y los perros. Mientras se peinaba hablaba con la caspa que caía en su violenta tempestad de abandono. Las personas veían en aquel extraño proceder, signos de una angustia o, acaso, de un padecimiento. Pero quién podría imputarle estar loco a un hombre que cumplía con sus labores, pagaba sus impuestos, saludaba a los vecinos, se masturbaba desde joven, sonreía frente a los niños y visitaba a sus padres, rigurosamente, el día domingo. Sus raras conversaciones por lo general eran joviales. Se le veía muy alegre platicando frente al grifo y, especialmente, sentía profundo regocijo en las conversaciones con el escritorio de caoba. A muchos les molestaba el inusual comportamiento de Ricardo y por eso algún especialista en recursos humanos recomendó girar su orden de despedido. Le confesó su angustia al sobre de manila que albergó la cruda carta, conversó con los sellos postales, con la tinta negra y con la firma de su jefe. Platicó durante horas con cada una de las letras que anunciaban su cesantía involuntaria. Ese día habló con todo lo que pudo y fue al teatro y no paró de hablar y fue al cine y no paró de hablar y lanzó piedras a los lagos y, enternecidamente, habló entre sollozos con los patos collarejos que allí nadaban. Al día siguiente habló con su periódico y con la computadora charló por largo rato y hasta le comentó del tiempo. Era octubre y llovía entonces. Ricardo platicaba con las gotas y platicaba con el frío. Progresivamente sus conversaciones ocuparon de interlocutores cada vez más abstractos. Nunca antes había conversado con las nubes y ahora lo hacía. Nunca conversó con el pasado ni con los segundos ni con los estornudos o la tos. Sin embargo, ahora lo hacía. Pese a sus particularidades, la suerte de este hombre no podía ser distinta a la común. Cierta vez llegó la muerte hasta su lecho y le abordó con frío entre sus febricitantes charlas donde, incluso, habló con el dolor que le punzaba el pecho. Le habló a la fiebre, al sudor, al miedo y le habló a la muerte durante largas e interminables horas. Le habló durante días, durante años y durante siglos. Extrañamente, en el mundo las personas seguían muriendo.

Imagen tomada de Zona Libre

3 comentarios:

Marga dijo...

Me encanta la idea de poder sostener una conversación con lo abstracto... con la tristeza.
Que lindo está!

Pelele dijo...

Joder, es que la muerte no escucha... para qué iba a tomarse la molestia.

"Era extraño aquel hombre, o por tal lo tomaron..." me recordó esta pieza

Jenaro dijo...

De hecho el ritmo lo tomé prestado de esa pieza!!!!