jueves, 23 de febrero de 2012

Crítica de la racionalidad sex and the city tropical: ¡es el bidé, estúpida!

En este momento cualquier país que tenga una mujer de mandatario corre el riesgo de ser considerado un país progre o, cuando menos, de centro izquierda. La racionalidad sex and the city tropical del siglo XXI ha convertido el ámbito de acción de los homo ethicus en un sitio donde la nube con pantalones de Maikovski es una apología del patriarcado y la evolución es necesidad de  convertirse en caballito de mar o equinodermo.

Los planteamientos fundamentales de esta concepción de mundo reducen la emancipación de las mujeres al par antitético superhombre-polvo´e gallo. El análisis materialista no existe.  No importa que una mujer se vea en la necesidad de pedirle plata a su compañero para ir al salón de belleza, mientras éste sepa hacerle un buen brete bajo las cobijas. Es comprensible, todos queremos un buen brete bajo las cobijas.

Posiblemente haya días en que hasta los más civilizados egresados de las facultades de ciencias sociales del universo sienten fastidio de la racionalidad sex and the city tropical y de sus múltiples expresiones punitivas. Quizás por eso, a veces, en el mundo se percibe una sensación de que no solamente los malos polvos somos chauvinistas y de que nadie está dispuesto a comprar otro libro de Marcela Serrano para su tía solterona.

En cierto modo muchos consideran que la profusión de chicas sex and the city costarricenses se explica a partir de la creciente simpatía de los gays por la derecha. Sin embargo, ese razonamiento ignora  la crisis del fútbol costarricense, que ha convertido a los heredianos y a los saprissistas de barrio marginal en misoginos fast and furios. También existen determinaciones globalizantes y culturales que no me interesa traer a cuento, pues estoy más preocupado de los condicionamientos tecnológicos que prohíben que muchas chicas sean, en rigor, chicas sex and the city de avanzada.

“Es el bidé, estúpida”.  Eso quería escribir en el muro de facebook de una chica sex and the city costarricense, que abogaba abiertamente por un mundo con más orgasmos y con menos hijos. De repente la enunciación se nos revela como algo seductor pero creo que, a su vez, es preciso detenerse en sus matices. Existen muchísimas tesis de licenciatura y páginas web que insisten en destacar que las instituciones culturales instilan lo qué entendemos por condición humana. Ya todos sabemos que la noción de mujer es una construcción histórica y ya sabemos qué diablos es género y qué putas  es sexo. Sin embargo, una cosa es una picha y otra cosa es un coño. De eso no hay duda. Y más allá de que ahora esté de moda pensar que el lenguaje y el poder construyen la realidad de una picha o un coño, no podemos negar que existe una dimensión objetiva y extralingüística (más allá del poder) que los trasciende en la naturaleza. Por eso es  verdaderamente interesante reparar en que la racionalidad sex and the city tropical constituye una clara negación de las determinaciones naturales humanas.

“Es el bidé, estúpida”. Estuve a punto de escribir eso en el muro de facebook de esa otra chica con la que pasé 3 días y 3 noches en un congreso en Tegucigalpa. Estuvimos compartiendo habitación en un hotel y al final de cada una de las jornadas del dichoso congreso yo intenté persuadirla para que me permitiera metérsela. Pese a que se la pasó toda una madrugada chupándomela y pese a que después del congreso me enviaba canciones de La Mala Rodríguez y pasajes guarros de Jodorowsky, no me dejó, ni siquiera, quitarle los calzones.  Y por supuesto  que ella era una de esas chicas sex and the city que aboga por un mundo con más orgasmos y menos hijos.

Circunstancias como esta, más desafortunadas o más felices, nos hacen pensar que, quizás, de veras, todo se deba al uso bidé. Las mujeres occidentales más autodeterminadas sexualmente y menos conservadoras que uno puede conocer, en su mayoría,  han crecido en regiones en las que el uso del bidé es, más o menos,  generalizado. Tal vez sea una coincidencia, una mera correlación o tal vez no. De cualquier manera deviene imperativo recordar una obviedad antes de continuar: el bidé, en caso de ser un condicionante,  es incapaz de hacer las cosas por sí mismo, más bien su uso, bajo determinados patrones culturales y condiciones históricas específicas, establece un indicio de análisis de la racionalidad sex and the city.

Todo parece indicar que el bidé puede propiciar un conocimiento cabal de los  genitales (tanto en hombres como en mujeres). Es muy sencillo. En su afán de que el chorrito de agua atine donde debe atinar se desarrolla toda una experiencia exploratoria de la genitalidad, basada en cadenciosos movimientos de cintura y cadera. Y todo ello, además, se lleva a cabo en un contexto de intimidad muy favorable. Resulta perfectamente comprensible que una actividad, de suyo escencial y cotidiana, auspicie tan felices ejercicios de exploración erógena.

Por el contrario, el papel higiénico constituye una negación semántica de las zonas erógenas. Independientemente de que tenga doble hoja o dibujos de perritos, el papel higiénico borra, invisibiliza, cercena  y, algunas veces, incluso, irrita. Tal vez los sectores progresistas de Costa Rica podrían hacerle una jugada ajedrecística sorpresiva a la Iglesia: en vez de cabildear el uso de folletines serios de educación sexual, quizás, podrían lograr que el Estado otorgue subsidios a la industria de los menesteres excretorios y patrocine la instalación de bidés en las viviendas más humildes. Yo dudo que Monseñor Ulloa tenga argumentos convincentes contra una iniciativa aparentemente tan inocua.

En cuanto a los machitos y a los fast and furious el bidé no deja de ser un elemento liberador. Pese a que muchos de estos machitos enloquecen cuando se topan con una de esas chicas guarras (que regularmente no transan con las chicas sex and the city) aficionadas a calzar y mancillar la virilidad de sus parejas ocasionales, en su mayoría, estos simpáticos sujetos llegan a los 40 imbuidos del horror, casi metafísico, de someterse a un examen de prostata. El bidé, en cierto modo, contribuiría a atenuar tales veleidades.

“Es el bidé, estúpida”. Eso quería decirle a todos y todas las que cifraron sus mezquinas esperanzas emancipatorias en Laua Chinchilla o en Gloria Valerín o en la transmisión de Canal 7 de un grupo de toreros transexuales. “Es el bidé, estúpida”. Eso queria escribir en el muro de facebook de esa chica que vilipendiaba a las amas de casa por no tener estudios universitarios, a pesar de que ella solo era capaz de follar con la luz apagada y con alguien con credenciales de cursi sensiblero...

martes, 21 de febrero de 2012

Critica de la racionalidad global/ticaza: de la nostalgia del gallo pinto y la fraternidad patriótica en el exterior





La racionalidad global/ticaza supone que en cada una de las ciudades del mundo, cuando menos,  hay uno o dos ticos arrechos que se las sabe de todas todas. Son los batmans o los chapulines colorados de las grandes ciudades. Son expeditos, solidarios y poseen una capacidad extraordinaria para identificar situaciones de infortunio, siempre y cuando, por supuesto, se constate la participación de individuos con su mismo pasaporte.


Casi todo mundo los conoce y quizás tengan una bandera de Costa Rica en la sala de su apartamento. Si fuera posible contarían con el favor de un soplón de las autoridades migratorias que les informe acerca del ingreso de posibles compatriotas. Son sospechosamente atentos y tienen una mezquindad espiritual tan atroz  que su cuota de paraíso resulta perfectamente conmutable por un par de volados sobre alquileres o unas tres o cuatro referencias de hostales baratos. Cuando los veo en algún bar, inevitablemente pienso que preferiría ir a realizar un gesto humanitario (por ejemplo asear los estigmas al Padre Pío con agua oxigenada)  antes de invitarlos a mi casa a tomar un whiskey y a escuchar a mi papá cantar boleros (y posiblemente ni les interese ir).


Más allá de los escollos históricos que ha enfrentado nuestro proceso de construcción de Nación, debemos reconocer que, en la actualidad, en caso de existir tal cosa,  el “ ser costarricense” tiene mucho que ver con esos batmans o chapulines colorados de las ciudades extranjeras. Curiosamente, a día de hoy nuestro país es incapaz de propiciar espacios de interlocución fraterna entre sus habitantes, que permitan crear sentido en torno a la idea de una comunidad-nación. Y pese a los los bailarines de salsa y reguetón que se rasgan las vestiduras por los garrotazos que Johnny Araya  le manda a vendedores ambulantes, las relaciones sociales en Costa Rica cada vez se parecen más a la  carnicería que tenía Macho Coto a un costado del Mercado Central de Cartago. Sin ser, en rigor, un país con apabullantes oleadas de inmigrantes, Costa Rica, en tanto refugio y abuso semántico,  existe por obra y gracia de los que viven en el extranjero con cabangas y ganas de atún sardimar. Por eso los padres de la patria posmoderna, en el mejor de los casos,  alquilan un piso cerca de Alfonso XIII o un monoambiente en Palermo.


Los desmitificadores de nuestro país (cuyo adalid estrella es, sin duda, Iván Molina) han persistido tanto en descalificar cualquier arrebato de identidad nacional (haciéndola coincidir, indiferentemente, con procesos  enajenantes y mecanismos ideológicos/ideologizantes) que ya no somos capaces de reivindicar nada parecido al Estado-Nación sin ser tildados de sindicalistas obtusos o de liberacionistas cooptados. Y sin embargo, para la mayoría de aquellos quienes se han visto beneficiados de la charlatanería de la cooperación internacional y las becas diplomáticas, la noción de la patria sigue siendo un regazo cálido a la hora de bailar bachata, escuchar Malpaís o hablar de la comida del Caribe.


Los costarricenses que viven en el exterior (debido a motivos de estudio o enamoramiento)  resucitan un patriotismo idealista que se conecta con el vacío simbólico que provocaron las invasiones napoleónicas. Independientemente de que Costa Rica no haya conocido de comuneros ni juntas de gobierno, cuando alguno de estos inmigrantes felices  acaricia el anhelo de un plato de cubaces o un chifrijo, en realidad, está clamando por el anacronismo sentimental del retorno de Fernando VII, El Rey Bueno. Y, aunque cueste trabajo creerlo, todos ellos son más plenos cuando Nery Brenes obtiene una medalla que cuando logran darle un orgasmo a su pareja.


Más allá de las sofistificaciones y las filiaciones partidarias, los batmans o chapulines colorados de las grandes ciudades son conscientes de que habitan un mundo propicio para el revisionismo laxo y la melancolía. Si Costa Rica no fuera esa marginal acumulación de sedimentos, suampos, rocas intrusivas, charrales, potreros, plantaciones de piña, rotondas, parqueos, casas rostipollescas, tugurios  y moles, de seguro tendríamos un episodio a lo Iruña Veleia y los batmans o chapulines colorados se inventarían sus propios Cantos de Ossián. Y sin duda, ese sería un buen momento para clonar a Carlos Gagini y urdir un nacionalismo tico jacobino, destacando la grandeza ética de los indios que sembraron yuca y tiquisque en Ujarraz.


Los batmans o chapulines colorados ticazos son susceptibles de asumir la pose retrofuturista de apoyo al desarrollo de una sociedad con gobiernos integrados por cuasi robots,  excomunistas, neohippies y personas con orientación sexual y estado civil diverso. Abogan por la intervención del Estado en los asuntos de los ciudadanos porque, ante todo, son nostálgicos que glorifican los poderes sentimentales del nuevo milenio: nostalgia del Estado Benefactor, del Parque de Diversiones, de los anuncios de Comelón de Harrick´s, de las canciones de La Pandilla, del ácido wash, del Hotel Tioga, de la Soda Palace y de Macho Carazo, en caso de simpatizar con el socialismo de mercado.


Estos pilares de la neonacionalidad costarricense son, a su vez, expresiones timoratas del homo ethicus contemporáneo. Cuando pasan por la Plaza de Mayo sienten fascinación ética por los infortunios del mundo aunque no sepan cómo interpretar las carpas miserables de los veteranos de Las Malvinas, que preparan bifes a la intemperie para desafiar a los presidentes que se van. Cuando pasan por Sol se conmueven con los indignados del 15-M, cuyas credenciales, aptitudes cívicas y reivindicaciones de pequeños burgueses les resultan familiares y llenas de ternura. Cuando ven a las feministas catalanas (tan llenas de orgasmos y maestrías) escupir y despreciar a las mujeres gitanas que las increpan con ramitas de romero no saben qué pensar. No obstante,  si tienen que pasársela 3 horas en La Uruca, porque un grupo de señoras conservadoras está protestando por el retorno de la jareta de algún profesor del MEP, sienten que se los lleva puta y maldicen y despotrican contra Albino Vargas.


Es posible que el siglo XXI haya resucitado y mistificado la deriva germánica del nacionalismo, abstrayéndolo de historia y tiempo. Los batmans y chapulines colorados ticazos son militantes del ahora y el acá porque no saben qué hacer con la historia. Por eso, en el mejor de los casos, leen las guarradas de los sucedáneos de Jung y creen en las psico terapias alternativas y le dicen a la gente que “viva el presente” y que le haga caso a las pasiones. Son seres multimediáticos que cuando consumen un producto cultural sienten que participan de una experiencia planetaria. Para ellos las fronteras no existen siempre y cuando puedan comer un kebab en Times Square o un vigorón en Granada. Y cuando escuchan Calle 13 y bailan salsa son más latinos que la desigualdad social.


Nadie sería capaz de construir una impostura tan ético/políticamente correcta como la de los batmans y chapulines colorados ticazos. Si fuera posible conmutar opiniones inocuas y perogrullescas por deuda griega, ellos salvarían la eurozona y comprarían un starbusck´s en alguna remota población de Tesalia para alimentar corzos huérfanos. No se sabe a ciencia cierta qué ocurrirá cuándo todos estos superhombres y supermujeres eticamente infalibles regresen (si es que regresan). Quizás para ese entonces en Costa Rica ya sea un sitio mucho más cosmopolita donde existan cafés con mesitas en la acera donde sea prohibido fumar y decirle piropos a las chicas.



*Imagen tomada de Ticos por el Mundo

jueves, 9 de febrero de 2012

Tarde japonesa y sopor de COMEX: reflexiones baldías en torno a la güesada de nuestros políticos




El aire era tan pesado que daba la impresión de que bastaba sacar una mano por la ventana para capturar una papaya cayendo del cielo. El color de las paredes, propio de una institución gubernamental, contribuía a la industria del aburrimiento y la mala leche. El sonido de una impresora de pines me trajo de vuelta a esa sala en la que había dos japoneses hablando ceremoniosamente. "¿Cómo es posible que aún existan impresoras matriciales?", me pregunté al tiempo que encerraba en un circulito la última palabra "integral" que había encontrado en el Plan Nacional de Desarrollo del Gobierno. La impresora se detuvo y la voz de los japoneses constituía un acertijo de mal gusto. Para ese momento ya había encerrado cerca de 487 círculos con la palabrita "integral" en un documento de 30 páginas.


"¿De qué hablará este par de hijue putas?" pensaba mientras miraba por la ventana y escuchaba el crujir de los vidrios de la Sala 1 del 5 piso de COMEX. "Posiblemente hablan del viaje de la presidenta, o de que China  los está vergueando o de que la guerra en Irán sería un buen pretexto para cerrar mi oficina, que, por cierto,  no sirve para una picha". Yo continuaba con mis  divagaciones y la impresora sonaba de nuevo y el calor me agobiaba y los dos japoneses hablaban ceremoniosamente y me ignoraban con una elegancia atroz. "En este momento", pensé,  "tengo la relevancia de una grapadora".

El tedio también se decía en otro idioma. Sin duda "overseas" podía ser una categoría susceptible de adquirir infinidad de significados. En esa oficina de COMEX "overseas" era un país con su premio nobel y sus real states, con sus call centers, sus presas, sus parques nacionales, sus cañales, sus plantaciones de piña y sus exportaciones de llantas usadas y chatarra. Un país en el que los think tanks creían posible distribuir la riqueza con garrotazos fiscales y donde las decisiones más importantes las toma un conciliábulo de mercachifles y perforadores de aranceles. Pero también era una tarde llena de sopor y un mae aburridísimo, sentado en una de esas oficinas gubernamentales que destilan un pasado ruinoso y tienen un aparato de aire acondicionado deficiente.

Hace un par de años COMEX era la cartera gubernamental que más muchachas ricas y tartamudos tenía en planilla.  Pero la titular actual, que es una vieja tonta y fea,  pecosa y antipática, decidió quedarse con los tartamudos y cambiar a las muchachas ricas por lesbianas feas y abogadas histéricas. Quizás eso deba al hecho de que el esposo de la ministra es un renco hartero  y moreno que amasó su patrimonio defendiendo trasnacionales y tartamudeándole al Estado. O tal vez porque la ministra tiene una mamá esnob que pretende que las familias costarricenses de clase media coman plátano maduro gurmet y ensaladas de pejibayes con rúgula (a pesar de que sea practicamente imposible encontrar rúgula en los supermercados ticos). La ministra y su madre, quizás, deberían hablar más a menudo sobre las limitaciones en el acceso a ciertos productos importados de primer orden.

Si los dos japoneses estaban decidiendo el futuro de las relaciones comerciales entre Japón y Costa Rica  o si estaban urdiendo un plan para asesinarme era imposible saberlo. Llevaba casi 2 horas ahí sentado. "Ni siquiera las viejas más ricas del cole me ignoraban de un modo tan atroz". Creí escuchar que uno de los japoneses pronunciaba el nombre de René Castro. Enseguida pensé en el excanciller: un completo imbécil cuya manera de articular las palabras (tan propia de los políticos  que quieren parecerse a José María Figueres Olsen) no es más que una impostura de folclorismo y una hiperactividad de bigote. Por otro lado es verdaderamente risible constatar que el correlato del tránsito de René Castro de la Cancillería al MINAET es una cuenta de twitter degradada en la  que los mensajes cosmopolitas dieron paso a algo parecido a una agenda de funcionaria regional del MEP. “Rene Castro pasó de las reuniones en Doha a las inauguraciones de Programas de Bandera Verde en el Liceo  de Tabarcia”  me dije a mí mismo  poco antes de que una señora entrara a la oficina para ofrecernos algo de beber

- Sin azúcar, por favor, negro y sin azúcar - esas fueron las únicas palabras que había pronunciado desde que entré a la oficina

"Ese mal parido siempre me ha parecido un completo freak" pensé luego de ofrecerle un sobre de splenda. A menudo me figuraba a mi jefe  trabajando 70 horas a la semana y masturbándose mientras veía videos de pies de colegiales en youtube. En definitiva era imposible dialogar con un sujeto como  ese.  

“Diálogo es, sin duda, una bonita palabra" pensé luego. Naturalmente "diálogo" dista mucho de ser como esas malas palabras de las que hablaba Fontanarosa y que uno se las imagina grandotas y peleonas. Por el contrario, “diálogo” es una palabra que se nos antoja simpática y buena gente.  Por supuesto que es susceptible de sufrir saturaciones lingüísticas e indiscriminados manoseos. Los políticos contemporáneos, por ejemplo, le han dado un uso particularmente reiterado. Sucede que hoy en día el liderazgo político no se concibe como una vocación para contagiar multitudes sino, precisamente, como la capacidad de “dialogar” con los presuntos enemigos y los detractores coyunturales a efecto de establecer alianzas y propiciar algo que han dado en llamar "gobernabilidad".  “Laura Chinchilla,” mascullé disimuladamente,  “es una de esas brutas-ingenuas que se tragó el cuentazo de que un país se gobierna dialogando”.  

La Presidenta llegó al poder porque un señor muy cachondo y adinerado, que ha sido dos veces Presidente,  así lo dispuso. La Presidenta proviene de una familia sin mayor capital económico pero ella y algunos de sus allegados tienen suficiente capital social como para ser beneficiarios de ciertas minúsculas cuotas de poder. Quizás por eso la Presidenta, y las personas como el excanciller, necesitan que unas cuantas instituciones del Estado sean máquinas de despilfarro de recursos, pues de otro modo, se verían en la necesidad de trabajar para poder vivir como burgueses.  Podría decir fríamente que, de no ser por las consultorías o los puestos en juntas directivas o las contrataciones en despachos ministeriales, las personas como el excanciller no pasarían de ser ingenieros de cuarta y aficionados al alcohol, a quienes se les infla la panza cuando consumen productos con lactosa y harina de trigo; es decir, que su condición de celiaco, puede considerarse, en rigor, un asunto de Estado.

Y pese a todo yo estaba seguro de que los japoneses se sentían más cómodos con la Presidenta actual que con el señor cachondo y adinerado que fue Presidente dos veces y que le quiso regalar el país a los chinos. Además, la Presidenta había preparado un viaje oficial a Japón, el cual fue particularmente importante para lucir sus vestidos de invierno. A los ellos les importaba poco que la Presidenta creyera que su visita iba a ser la antesala de una negociación de TLC que, a decir verdad, no representa ni siquiera una remota posibilidad de interés  para Japón. Sin embargo, repito, a ellos les resultó agradable que ella fuera a pasear, a estrenar abrigos y a cenar a Genyadana Hadaya.  

Durante la cobertura del viaje de la Presidenta a Japón, la pulpería panfletaria de René Picado se dejó decir que la Toyota no quería invertir en Costa Rica debido a la incertidumbre jurídica que genera la propuesta de plan fiscal del gobierno. “Que concha de hijos de puta” pensé mientras veía que los japoneses empezaban un nuevo rito, que bien podía ser una despedida o un duelo. La reforma fiscal, sin duda,  obedece a la necesidad de transferir recursos a ciertos sectores de la economía que permanecen deprimidos y a ciertos ejes de chantaje y clientelismo político necesarios para que Rigo Arias o Johnny Araya ganen las elecciones. Está claro que si la Presidenta hubiese sido nieta de Juan Rafael Arias Bonilla y si René Castro hubiese tenido una cónyugue que se llame Laetitia Bayle no tendríamos discusión alguna sobre reforma tributaria.  En definitiva, la reforma fiscal de la Presidenta entraña un propósito familiar muy legítimo: darle de comer a los muertos de hambre guana bi que tiene por hermanos y girar un cheque mensual para la gente como René Castro que les permita comer en el restaurante para celiacos que tiene doña Gloria Bejarano.

Ahora estoy seguro. Los japoneses se están despidiendo. Pero como es usual son incapaces de tocarse. En el fondo sé bien que ellos detestan todo aquello que tiene nombre, apellidos,  pasaporte y ganas de ser feliz.  Quizás por eso pueden llegar a ser tan cortésmente hostiles como un cobro judicial y tan dulcemente inoportunos como un condón roto. El ambiente, según los ellos,  seguirá caluroso por y gracia del carácter caribeño de los funcionarios públicos. A lo mejor alguno de los japoneses se irá a casa pensando que, pese a todo, las cosas iban mejor cuando los otros jerarcas canjeaban ascensos por felaciones. Eso me tiene sin cuidado. En lo que a mí respecta sé que debo llamar un taxi para que mi jefe vaya al Hotel Corobici y debo preparar una minuta en la que no podré decir nada sobre esta tarde. Y mañana ire a Matsuri con mi esposa y pediré una sopa negra antes de escupir el piso.