
Luciendo un traje opaco tipo sastre, Theodor Adorno se aproxima a un quiosco en la Avenida Segunda. Solicita una botella de agua en un castellano que deja entrever su procedencia germánica. Pese a que Adorno no suda, se dijera que se muestra indignado con el clima de esta San José que en nada se parece a Zurich ni a Berna. Adorno piensa que en el proceso de centroamericanización de Suiza opera una verdadera dialéctica negativa. Cruza la Avenida Segunda a la altura de la calle 8 toda vez que uno de los semáforos inteligentes se lo indica. Camina hasta llegar al Paseo La Unión Europea. El sugerente nombre de un passage lo conmueve durante unos segundos y se ve transportado a las lecturas de Benjamín; un esfuerzo imaginativo portentoso que se ve estruendosamente interrumpido por el anuncio publicitario de un almacén. La contemplación del edificio de Gollo lo trae de vuelta al sitio que ocupan sus pies. Todas las tardes nubladas, en alguna frontera del mundo, Benjamín se suicida de nuevo. El "algo" del pensamiento es Suiza y esta ciudad, piensa, es pura abstracción. Evoca a Fichte hasta que tropieza con un estropajo maloliente que está tendido a un costado del Almacén Jerusalén. Si fuera jazz lo que se escucha dentro del bar La Sustancia, Adorno recordaría que la “música genuina”, a diferencia del jazz, no constituye una representación de los intereses capitalistas del Estado. Pese a ello, la música que suena en el bar La Sustancia, piensa, se trata de una vulgar muestra de "Gerbrauchmusik", cuyo fin no es más que el divertimento de una plétora de nicas indocumentados y ciudadanos costarricenses venidos a menos. “Divertirse implica no pensar”, dice para sí mismo mientras patea un recipiente de tropical. Durante su caminata reflexiona sobre la situación de las tardes nubladas y los refugiados y se detiene a contemplar un titular de Diario Extra en el que se indica que “Angelina Jolie y Brad Pitt pasaron la Navidad con refugiados en Costa Rica”. Adorno piensa que este periódico es una lamentable expresión del totalitarismo fascista adoptado por el capitalismo y legitimado en los marcos de la cultura de masas. En la portada se observa una mujer semidesnuda al lado de otra mujer que viste uniforme de Saprissa y Adorno masculla maldiciones y piensa que ese tal Diario Extra es en verdad repulsivo. Recuerda esa diatriba que esgrimió un año antes de morir contra el accionismo de algunos jóvenes durante las protestas del 68. ¿Y cómo serán los jóvenes intelectuales del siglo XXI en este lugar?, se pregunta al mismo tiempo que cree comprender el significado de meterse una cogorza de los diablos mientras mira los ojos de la mujer que está a su lado. Por un momento se sintió protagonizando un cuento de Boris Vian en el que un grupo de ciegos autoconvocados se palpara los genitales para reconocerse. La contemplación de una pareja de indigentes lascivos que se frotan en el Parque Solón Núñez lo distrae por un momento. El autobús de San Antonio de Escazú se marcha intempestivamente. Adorno nunca ha subido al autobús que se dirige a San Antonio de Escazú, sin embargo, sospecha que éste es conducido por un gordo malhumorado que sufre insuficiencia hepática y que no saluda a las ancianas. Adorno también sospecha que en este momento y en este lugar podrían existir jóvenes intelectuales que parecen calcados de un Manual para Intelectuales Progresistas del Siglo XXI; jóvenes intelectuales que fetichizan las reivindicaciones populares y que le imputan a las palomas de los parques el ser sexistas, homofóbicas y mosóginas. Menos mal, piensa Adorna, que todavía cuento con la muerte y que la música dodecafónica no se conoce en este país.